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Capítulo 3: Términos y condiciones

Author: Premah Dale
last update publish date: 2026-10-12 20:28:23

La oficina de Saint ocupaba la última planta del Chains, y parecía que un hombre hubiera diseñado una habitación para contener su propio silencio.

Escritorio negro, cuero negro. Una pared de cristal que mostraba la ciudad entera como si la hubiera pagado él. Un solo vaso de whisky descansaba intacto junto a su codo.

—Siéntate —dijo.

—Prefiero quedarme de pie.

—Pues de pie. —Se acomodó en la silla tras el escritorio y entrelazó los dedos—. Llevas dos noches en mi club y sé muy poco de ti. Eso me molesta.

—Soy un libro abierto.

—Eres una página en blanco. —Deslizó una carpeta por el escritorio—. Red, sin apellido. Sin historial fiscal. Una dirección que pertenece a una lavandería. Mi gente no encontró nada, Red. Nadie está tan limpio a menos que lo hayan borrado.

Se me disparó el pulso, y mantuve el rostro inmóvil.

—Quizá me guste mi privacidad.

—Quizá. —Me estudió con aquellos ojos grises—. No me importa lo que escondes. Todo el mundo esconde algo. Me importa lo que harás con ello en mi casa.

—¿Su casa?

—Esa es la propuesta. —Se recostó—. Necesito una acompañante. No una amante ni una novia. Una presencia pagada.

Lo miré fijamente.

—¿Quiere pagarme para que... le haga compañía?

—Quiero a alguien en mi mesa. Alguien que asista a las cenas cuando necesite a una mujer del brazo, y que se siente en silencio cuando no. Alguien que escuche cuando hablo y responda cuando pregunto. —Apenas movió la boca—. Discreción absoluta. Nada sale del ático.

—¿Y qué haría yo, exactamente, en ese ático?

—Existir. Tendrás el ala este. Tus propias habitaciones, tu propia cerradura. Nadie entra sin tu permiso, yo incluido. —Su mirada no vaciló—. No te tocarán a menos que lo pidas.

Esa frase me dejó sin aire. Después de las manos de Knox y de su oferta, era lo último que esperaba.

—¿Eso es todo? —pregunté—. ¿Ese es todo el trabajo?

—El pago es de trescientos mil al mes.

Me reí antes de poder evitarlo. Me salió fina.

—Nadie paga trescientos mil dólares por conversación.

—Yo sí. —Ladeó la cabeza—. ¿Te asusta?

—Me hace desconfiar.

—Bien. La desconfianza mantiene a la gente con vida. —Tomó el whisky, lo observó y volvió a dejarlo sin beber—. Te preguntas por qué. Un hombre como yo podría contratar a una docena de mujeres, y ninguna haría preguntas.

—Eso se me pasó por la cabeza.

—No quiero a una mujer que no pregunte. —Su voz bajó, plana y fría—. Hace tres años confié en alguien. Se sentó en esa silla. Se rio de mis chistes, aprendió mis contraseñas y me dijo que me amaba. Luego entregó los libros de cuentas de mi familia a quienes querían vernos muertos.

No dije nada. Detrás de mis costillas, algo se retorció.

—Mi padre murió en la guerra que siguió —dijo Saint—. Once de nuestros hombres con él. Los enterré yo mismo. —Alzó la vista, y el hielo de sus ojos no tenía fondo—. Así que entiéndeme, Red. Te ofrezco dinero y un techo. No te ofrezco confianza. No me queda para dar.

—Entonces, ¿por qué contratarme?

—Porque rechazaste a mi hermano. —Un atisbo de algo seco cruzó su rostro—. En mi experiencia, las mujeres que quieren usarme aceptan primero lo que se les ofrece. Tú te alejaste de una fortuna. Quiero saber por qué.

*Porque tú eres la cámara acorazada,* pensé. *Porque Knox es solo una puerta.*

—Quizá no me gusta que me compren —dije.

—Te compraría yo.

—Dijo que no me tocarían.

—Correcto. —Asintió—. Mi hermano quería poseerte. Yo ofrezco alquilar tu tiempo. Es otra transacción. Me parece más clara.

Casi sonreí. Casi.

—Es lo más romántico que un hombre me ha dicho jamás.

—No soy romántico.

—No —convine—. La verdad es que no.

Por un latido, algo cambió en su rostro, tan pequeño que podría haberlo imaginado. Luego desapareció.

Detrás de los ojos, hice los cálculos como si fueran código. Acceso a su ático. Acceso a su red. Acceso a todas las cuentas que me habían enviado a robar, mientras el propio objetivo me entregaba una llave y lo llamaba un favor. Mi padre jamás habría podido diseñar una trampa mejor, y Saint la estaba tendiendo él solo.

*Theo.* Pensé en paredes azules y en una habitación tranquila con enfermeras de voz suave.

—Lo quiero por escrito —dije—. Cada término. El ala, la cerradura, lo de no tocarme. Y si me voy, me voy. Sin preguntas, sin perseguirme.

Saint me consideró un largo momento. Luego sacó una hoja de un cajón y me la pasó con una pluma.

—Ya está redactado —dijo.

—Esperaba que dijera que sí.

—Esperaba que negociaras. —Casi sonrió, y no le sentaba bien—. Me alegra haber acertado.

Repasé la página. Era sencilla y brutalmente justa. Cada condición que había nombrado ya estaba ahí, además de una cláusula que establecía que podía rescindir el acuerdo en cualquier momento y por cualquier motivo. Jamás había leído un contrato tan honesto. Me hizo confiar menos en él.

Firmé. *Red* se veía ridículo en un documento legal.

—Bienvenida —dijo Saint, y recuperó el papel sin rozarme los dedos—. Te mudas esta noche. Mi chófer recogerá tus cosas.

—No tengo muchas cosas.

—Entonces será rápido.

Me giré hacia la puerta. Mi mano acababa de encontrar el picaporte cuando su voz me detuvo.

—Una cosa más.

Miré atrás. Se había levantado y ahora estaba junto al cristal con las manos en los bolsillos, la ciudad centelleando a su espalda como una corona.

—El teléfono de mi hermano —dijo en voz baja—. Knox lo perdió anoche. Puso el club patas arriba. Mis hombres registraron el Reservado Cuatro dos veces, del suelo al techo, y no encontraron nada.

Se me heló la sangre.

—Esta noche apareció bajo un cojín —continuó—, justo donde tú le dijiste que mirara.

—Se habrá deslizado —dije. Mi voz sonó más pequeña de lo que quería—. Quizá sus hombres lo pasaron por alto.

—Mis hombres no pasan nada por alto. —Se volvió, y su rostro no mostraba nada en absoluto—. Quizá simplemente tengas suerte, Red.

—Quizá.

—Eso espero. —Caminó hasta el escritorio y se sentó, acercándose un expediente como si la conversación lo aburriera—. Porque si eres algo más, lo descubriré. Siempre lo hago.

Salí de su oficina con las piernas de cristal, con un contrato firmado en el aire a mi espalda y la sensación de haber entrado en una jaula abierta por todos los costados.

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