LOGINNo dormí. Al amanecer, mi portátil estaba abierto sobre la mesa de la cocina de mi diminuto apartamento, y el teléfono de Knox Petrov descansaba a su lado, conectado por un cable y un script de clonación que escribí años atrás por diversión. Tres horas de trabajo. Contactos, registros de llamadas, un centenar de conversaciones de hombres hablando a medias palabras.
Ni una sola palabra sobre dinero. Ni un solo número de cuenta. —Vamos —murmuré, desplazando la pantalla—. Nadie es tan cuidadoso. Mi teléfono vibró. Un video, sin texto. Le di al play con el estómago ya encogido. Theo estaba sentado con las piernas cruzadas sobre un suelo frío, abrazándose las rodillas. Alguien le había devuelto los audífonos, lo que significaba que mi padre quería que le estuviera agradecida. —Petra —dijo Theo, mirándose los zapatos—. Papá dice que vas lenta. —No voy lenta, bichito. Voy con cuidado. —Papá dice que con cuidado es lo mismo que lenta. —Se meció—. Dice que si vas lenta, no me dan mi cuarto con las paredes azules. —¿Quién te habló de las paredes azules? —Papá. Quiero las paredes azules, Petra. Me apreté el puño contra la boca. —Las tendrás. Te lo prometo. —Siempre dices «te lo prometo». —Se le quebró la voz en la palabra—. Prometo es una palabra que significa quizá. El video terminó. Me quedé allí sentada hasta que el sol tiñó la ventana de dorado, y entonces me levanté, me froté la brillantina del cuello y volví al trabajo. El Chains a medianoche olía a perfume y a malas decisiones. Había metido el teléfono de Knox en mi bolso antes del turno, y encontré mi momento a mitad de la noche, cuando pasó a zancadas frente al camerino buscando a la persona que ya había decidido que yo era. —Red. —Se detuvo en la puerta, sin corbata, con las mangas remangadas hasta los codos—. ¿Te falta algo? El corazón me dio un golpe. —¿A mí? —Mi teléfono. Desapareció anoche. Puse mi apartamento patas arriba. —Entrecerró los ojos—. Pensé que quizá cierta bailarina se llevó un recuerdo. Dejé la cara en blanco y la voz plana. —Mira debajo de los cojines del Reservado Cuatro. Vi algo brillante cuando me fui. Me sostuvo la mirada un segundo de más. Luego soltó una risa áspera y breve, y siguió mis indicaciones. Diez minutos después estaba de vuelta con el teléfono en el puño y una expresión distinta, con una curiosidad que no me gustó. —Debajo del cojín —dijo—. Tal como dijiste. —Qué suerte. —Mm. —Se lo guardó en el bolsillo—. Ven conmigo. —Salgo a la pista en cinco minutos. —Ya no. —Me tomó de la muñeca, sin fuerza, solo seguro—. Reservado Cuatro. Ahora. Debí negarme. Pero Red no se negaba a los Petrov. Red se acercaba a ellos. La pared de cristal volvía a dar al club, con el balcón vacío esta vez. Knox corrió la cortina hasta la mitad y me sentó en su regazo como si siempre hubiera pertenecido allí. —No lo planeé —dijo contra mi garganta—. Vine esta noche a hablar. —Pues habla. —Lo intento. —Su mano subió por mi muslo, y me tragué un sonido que no había querido hacer—. Me lo pones difícil. —Knox... —Dime que pare. No lo hice. Se me entrecortó el aliento cuando sus dedos me encontraron, lentos, despiadados y demasiado hábiles, y le agarré los hombros e intenté hacer cálculos mentales. Perdí los números más o menos cuando susurró: —Eso es, Red. Déjate ir. Lo hice. Que Dios me ayude, lo hice. Cuando por fin se me pasó el temblor, me acunó la mandíbula y me volvió hacia él. Sus ojos se habían oscurecido y vuelto extrañamente suaves. —Sé mía. Parpadeé. —¿Qué? —En exclusiva. Solo mía. —Sacó una tarjeta de su chaqueta y me la puso en la palma. El número impreso bajo su nombre tenía más ceros de los que había visto nunca—. Deja la barra. Quédate en un apartamento que pagaré yo. Te daré en un mes más de lo que este sitio te da en un año. —Me estás ofreciendo comprarme. —Te ofrezco quedarme contigo. —Frunció el ceño, como si la diferencia debiera ser obvia—. Nadie te toca salvo yo. Eso es lo que quiero. Por medio segundo, algo en mí quiso decir que sí. Era cálido, me deseaba, y no me asustaba como su hermano. Pero Saint era el de las cuentas. Saint era la cámara acorazada, y Knox solo la puerta lateral. —No —dije. La habitación quedó en silencio. —¿No? —repitió Knox. —Me halagas. De verdad. Pero no pertenezco a nadie. —Todo el mundo pertenece a alguien, Red. —Su voz bajó, peligrosa ahora—. ¿Quién es? ¿Quién más te está pagando? —Nadie. —Entonces, ¿por qué demonios dices que no? —Porque lo digo yo. —Me bajé de su regazo con unas piernas que no parecían mías—. No soy una compra, Knox. Busca otro juguete. Me miró como si le hubiera dado una bofetada. Despacio, se puso en pie, imponente, con la mandíbula tensa. —¿Crees que eres la primera mujer que me dice que no? —Creo que soy la primera que lo dice en serio. —Cuidado —dijo en voz baja—. Las mujeres que juegan conmigo se queman. —Entonces es buena cosa que no estoy jugando. Salí antes de que pudiera responder, y la cortina susurró al cerrarse a mi espalda. Directa contra el pecho de un desconocido. Era alto, ancho y estaba vestido a medida de pies a cabeza, con un rostro tallado en invierno. Saint Petrov no se apartó. Me miró a mí, luego la cortina, luego la silueta de Knox tras ella, y algo indescifrable cruzó sus ojos. —Red —dijo. Su voz era queda y absoluta, de las que nunca necesitan alzarse—. Has rechazado a mi hermano. —¿Aquí es un delito? —Es una elección interesante. —Me estudió como a un problema de ajedrez—. La mayoría de las mujeres habrían aceptado el dinero. —No soy como la mayoría. —No —coincidió Saint—. No lo eres. Llevo desde anoche intentando averiguar qué eres. El frío me tocó la nuca. *Averigua quién es en realidad.* Mantuve la sonrisa exactamente donde estaba. —Quizá solo sea una chica que quiere bailar. —Quizá. —Extendió la mano, con la palma hacia arriba, una invitación y una orden a la vez—. Mi oficina. Cinco minutos. Tengo una propuesta y, a diferencia de mi hermano, no me tomo los rechazos como algo personal. A mi espalda, la cortina se movió. La voz de Knox atravesó, baja y furiosa. —Saint. No lo hagas. Saint nunca miró atrás. Mantuvo los ojos en los míos, firmes como un arma cargada. —¿Y bien, Red? La voz de mi padre resonó en mi cráneo. *Si me decepcionas, dejo de ser amable.* Y la de Theo, justo detrás. *Prometo es una palabra que significa quizá.* Puse la mano en la de Saint Petrov y dejé que me guiara escaleras arriba.El desayuno con Saint Petrov se servía a las seis y media en punto, y nadie me había avisado.Entré en el comedor con el suéter de ayer y el pelo todavía húmedo, y lo encontré a la cabecera de una mesa lo bastante larga para sentar a veinte personas. Vestía un traje gris marengo. Leía una tableta. Una taza de café negro humeaba junto a su codo, y a su derecha habían puesto un segundo cubierto, con una taza que no humeaba en absoluto.—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.—Nadie dijo que hubiera hora.—Seis y media. Todos los días. —Pasó una página—. Añádelo a los términos.—Sus términos decían que solo tendría que sentarme en silencio.—Pues siéntate. —Sus ojos se posaron un instante en mí, grises e ilegibles, y volvieron a la pantalla—. En silencio.Me senté. El café que tenía delante se había enfriado. Me lo bebí de todos modos, porque llevaba despierta casi toda la noche y de pronto sentí un miedo absurdo a pedir otro.Durante diez minutos, el único sonido fue el suave golpete
El ático tenía un nombre para cada habitación, y ninguna parecía un lugar donde pudiera vivir una persona.—La biblioteca —dijo el chófer, un hombre silencioso llamado Dmitri, que cargaba mis dos bolsos como si no pesaran nada—. El gimnasio. La terraza. El estudio del señor Petrov, al que usted no entra.—Anotado.—El ala este. —Se detuvo ante unas puertas blancas y extendió una única llave—. Suya.La tomé. El metal aún estaba tibio de su bolsillo.—¿El señor Petrov tiene copia?—No, señorita. —Algo casi parecido al respeto cruzó su rostro severo—. Hizo cambiar la cerradura esta tarde.Me dejó allí. Giré la llave y las puertas se abrieron sobre una suite más grande que todo mi apartamento: una cama del tamaño de un país pequeño, un baño con una bañera lo bastante honda para ahogarse y una pared de ventanales que hacía que la ciudad pareciera joyas derramadas.Cerré con llave a mi espalda. Luego me senté en el suelo, apoyada contra la puerta, y dejé que me temblaran las manos.*Trescie
La oficina de Saint ocupaba la última planta del Chains, y parecía que un hombre hubiera diseñado una habitación para contener su propio silencio.Escritorio negro, cuero negro. Una pared de cristal que mostraba la ciudad entera como si la hubiera pagado él. Un solo vaso de whisky descansaba intacto junto a su codo.—Siéntate —dijo.—Prefiero quedarme de pie.—Pues de pie. —Se acomodó en la silla tras el escritorio y entrelazó los dedos—. Llevas dos noches en mi club y sé muy poco de ti. Eso me molesta.—Soy un libro abierto.—Eres una página en blanco. —Deslizó una carpeta por el escritorio—. Red, sin apellido. Sin historial fiscal. Una dirección que pertenece a una lavandería. Mi gente no encontró nada, Red. Nadie está tan limpio a menos que lo hayan borrado.Se me disparó el pulso, y mantuve el rostro inmóvil.—Quizá me guste mi privacidad.—Quizá. —Me estudió con aquellos ojos grises—. No me importa lo que escondes. Todo el mundo esconde algo. Me importa lo que harás con ello en m
No dormí. Al amanecer, mi portátil estaba abierto sobre la mesa de la cocina de mi diminuto apartamento, y el teléfono de Knox Petrov descansaba a su lado, conectado por un cable y un script de clonación que escribí años atrás por diversión. Tres horas de trabajo. Contactos, registros de llamadas, un centenar de conversaciones de hombres hablando a medias palabras.Ni una sola palabra sobre dinero. Ni un solo número de cuenta.—Vamos —murmuré, desplazando la pantalla—. Nadie es tan cuidadoso.Mi teléfono vibró. Un video, sin texto. Le di al play con el estómago ya encogido.Theo estaba sentado con las piernas cruzadas sobre un suelo frío, abrazándose las rodillas. Alguien le había devuelto los audífonos, lo que significaba que mi padre quería que le estuviera agradecida.—Petra —dijo Theo, mirándose los zapatos—. Papá dice que vas lenta.—No voy lenta, bichito. Voy con cuidado.—Papá dice que con cuidado es lo mismo que lenta. —Se meció—. Dice que si vas lenta, no me dan mi cuarto con
El video empezó como siempre, con el pulgar de mi padre tapando la mitad del lente.—Saluda a tu hermana, Theo.Estaba en el baño del personal del Chains, con el teléfono tan apretado contra la oreja que me dejó una marca, y veía a mi hermano mecerse sobre un colchón manchado. Ya no tenía los audífonos. Claro que no. Theo no soportaba un sonido que no hubiera elegido él, y mi padre lo sabía.—Petra —susurró Theo, con la mirada fija en la pared—. Hay mucho ruido. Dile que hay mucho ruido.—Aquí estoy, bichito. Mira a la cámara. Cuenta conmigo. Uno, dos.—Papá cuenta mal. —Se meció más rápido—. Cuenta mal. Cuenta mal.—Ya basta —dijo Ryker, y su cara devoró la pantalla, sin afeitar y sonriente, la misma cara que nos leía cuentos antes de dormir cuando todavía no existían las deudas—. ¿Ves cómo se pone sin sus rutinas, princesa? Imagínatelo dentro de un mes.—Ya estoy dentro. Te dije que esta noche lo estaría.—Entonces haz algo útil. Tres hermanos. Saint, Knox, Nikolai. Sus teléfonos, s







