LOGINEl desayuno con Saint Petrov se servía a las seis y media en punto, y nadie me había avisado.
Entré en el comedor con el suéter de ayer y el pelo todavía húmedo, y lo encontré a la cabecera de una mesa lo bastante larga para sentar a veinte personas. Vestía un traje gris marengo. Leía una tableta. Una taza de café negro humeaba junto a su codo, y a su derecha habían puesto un segundo cubierto, con una taza que no humeaba en absoluto. —Llegas tarde —dijo sin levantar la vista. —Nadie dijo que hubiera hora. —Seis y media. Todos los días. —Pasó una página—. Añádelo a los términos. —Sus términos decían que solo tendría que sentarme en silencio. —Pues siéntate. —Sus ojos se posaron un instante en mí, grises e ilegibles, y volvieron a la pantalla—. En silencio. Me senté. El café que tenía delante se había enfriado. Me lo bebí de todos modos, porque llevaba despierta casi toda la noche y de pronto sentí un miedo absurdo a pedir otro. Durante diez minutos, el único sonido fue el suave golpeteo de su dedo sobre el cristal. Conté las sillas. Conté las luces de la lámpara de araña. Había empezado a contar las baldosas del suelo cuando habló. —No dormiste. —Dormí bien. —Llevas despierta desde las cuatro. La puerta del ala este registró dos aperturas. —Dejó la tableta—. Fuiste a la cocina. Volviste. Te quedaste una hora junto a la ventana. Se me puso la columna rígida. —¿Rastrea mi puerta? —Rastreo todas las puertas. —Su voz se mantuvo perfectamente nivelada—. Te dije que no te tocaría. Nunca dije que no te vigilaría. —Eso no está en el contrato. —Lee la tercera página. —Levantó su taza—. La seguridad es una condición de residencia. —Eso es una laguna escalofriante. —Es una precaución. —Me estudió por encima del borde, y por un segundo creí ver algo moverse tras el hielo, cansado y levemente irónico—. Estás enfadada. Bien. La gente enfadada dice cosas ciertas. —No estoy enfadada. Estoy molesta. —Lo mismo, con mejores modales. Antes de que pudiera responder, las puertas se abrieron de golpe. Knox llenó el marco, desaliñado y furioso, con la camisa de ayer y la cara de un hombre que tampoco había pisado la cama. Sus ojos me encontraron a mí, luego a Saint, luego la silla vacía de la mesa, y se le tensó la mandíbula. —Así que es verdad —dijo. —Siéntate, Knox —dijo Saint. —Vive aquí. —La voz de Knox restalló como un látigo—. Me desperté con tres mensajes. Dmitri subió sus maletas a medianoche. La instalaste en el ala este. El ala este, Saint. —Soy consciente de dónde la puse. —¡Le diste el ala donde dormía mamá! El silencio cayó sobre la sala como una losa. El rostro de Saint no cambió, pero la mano que sujetaba la taza se le puso blanca en los nudillos. —Era la única ala con cerradura propia —dijo en voz baja. —Mentira. —Cuida tu lenguaje en mi mesa. —Tu mesa. —Knox rio, amargo y desgarrado—. Qué gracioso. Ni siquiera me dejaste sentarme en el ala este después del funeral, y ahora se la entregas a una stripper a la que conoces desde hace dos días. —Knox —dije. Se volvió hacia mí. —No. No digas mi nombre como si lo sintieras. —No lo siento. —¿No? —Cruzó la sala en tres zancadas y se detuvo a centímetros de mi silla, tan cerca que olí el whisky y el insomnio—. Te ofrecí el mundo. Dos veces. Y me dijiste que no pertenecías a nadie, y luego te mudaste a su casa. —No es así. —Entonces, ¿cómo es? —Es un trabajo. —Obligué a las palabras a pasar el nudo de la garganta—. Me paga por sentarme aquí. Eso es todo. Knox me miró fijamente. Algo en carne viva destelló en sus ojos, el dolor vestido de ira como con un abrigo. —Un trabajo. —Sí. —¿Y yo qué soy? ¿El tipo que ofreció demasiado? —Eres el tipo que quería poseerme —dije, más suave de lo que pretendía—. Te lo dije. Yo no hago eso. —Pero a él sí te lo harás. —Basta —dijo Saint. No alzó la voz. No le hizo falta. La palabra cayó en la sala y Knox se quedó quieto. —Siéntate, hermano —dijo Saint—. O vete. Durante un largo momento, pensé que Knox haría algo temerario. Se le cerraron las manos. Le subía y bajaba el pecho. Luego arrastró la silla frente a mí, se sentó y fulminó con la mirada el plato vacío como si hubiera insultado a su familia. —Quiero café —masculló. —Pues pídele que lo sirva —dijo una voz alegre desde la puerta—. Es claramente la única persona civilizada aquí. Nikolai entró paseando con un plato de tostadas y una cantidad poco razonable de buen humor. Se dejó caer en el asiento a mi lado, apartó mi taza fría y la sustituyó por la suya, humeante. —Bebe —susurró—. El café de Saint es un crimen de guerra. —Te he oído —dijo Saint. —Era la idea. —Nikolai sonrió de oreja a oreja—. Buenos días a todos. Observo que todavía no han asesinado a nadie. Excelente comienzo. Knox resopló a pesar de sí mismo, y a Saint le tembló la boca, apenas. El aire de la sala se aflojó un grado. Envolví la taza de Nikolai con ambas manos, aspiré canela y calidez, y me dije que los ojos me escocían por el vapor. No toqué el portátil hasta medianoche. El ático se había quedado a oscuras para entonces, con todas las luces atenuadas y cada hermano en su rincón del edificio. Me senté con las piernas cruzadas en la enorme cama, con la pantalla brillándome en la cara y el último mensaje de mi padre fijado arriba en el teléfono. *El estudio de Saint. Su caja fuerte. Todo.* La red del estudio era una fortaleza comparada con el resto de la casa, pero las fortalezas tenían puertas, y llevaba todo el día reuniendo llaves. La contraseña del router que vi teclear a Dmitri. Un patrón de clave que atisbé por encima del hombro de Saint durante el desayuno. Tres hábitos pequeños, y con ellos, un hilo del que tirar. A la 1:14 de la madrugada, la cerradura cedió. Dejé de respirar. Un directorio se desplegó por mi pantalla: cargamentos, nóminas, empresas fantasma, carpetas ordenadas y numeradas desfilando por la página como soldados. Empecé por el dinero, porque el dinero era a lo que había venido, y desvié la porción más pequeña que pude, una cifra demasiado pequeña para que nadie la echara de menos, a una cuenta que había creado semanas atrás para el centro que algún día acogería a mi hermano. *Transferencia completada.* Me tapé la boca con la mano. No era mucho. Era una sola gota, la primera. Pero por primera vez desde el video de Theo con el pulgar tapando el lente, pude imaginar aquellas paredes azules. Entonces vi la carpeta del final de la lista. No estaba numerada. Llevaba solo un nombre, en mayúsculas sencillas. *KATYA.* Mi mano se quedó suspendida sobre el trackpad. Conocía ese nombre. Saint nunca lo había dicho, pero lo había llevado a su oficina, a su silencio, a cada frase que empezaba hacía tres años. Hice clic. La carpeta estaba bloqueada, y una sola línea de texto palpitaba en la pantalla. *Intento de acceso registrado.**Ábrelo.*Leí el mensaje tres veces. Las palabras no cambiaron. Mi padre nunca había estado en esta casa, y aun así sabía exactamente qué archivo había tocado.*¿Cómo lo sabes?*, escribí, con los dedos torpes.*Ryker: Lo sé todo sobre el trabajo de mi hija. Ábrelo.*Puse el teléfono boca abajo sobre el escritorio. Nikolai seguía en cuclillas junto a mi silla, mirándome con aquellos ojos color té, sin preguntar.—¿Malas noticias? —dijo con suavidad.—Familia. —Forcé una sonrisa—. Son como el clima.—Mm. —Se levantó, se sacudió las rodillas y me apretó el hombro una sola vez, ligero y rápido—. Come algo a mediodía. Órdenes del médico.—No eres médico.—Casi lo fui. —Me guiñó un ojo y se marchó, y la biblioteca volvió a respirar.Me quedé mirando la puerta cerrada y pensé en cuántas personas podrían haberle contado a mi padre lo ocurrido en el servidor de Saint. La lista era corta. También era aterradora.---Al caer la tarde, había pelado dos capas del libro de cuentas de los Volkov y h
Cerré el portátil tan rápido que la pantalla me pilló el pulgar.*Intento de acceso registrado.*Tres palabras. Tres palabras, y el cuerpo entero se me quedó helado, como si alguien hubiera abierto una ventana a pleno enero. Me quedé inmóvil sobre la enorme cama con el corazón martilleándome las costillas, atenta a pasos en el pasillo. No llegó nada. Solo el zumbido silencioso y caro de un edificio que nunca dormía.Piensa, Petra. Piensa.Volví a abrir el portátil e hice lo que sabía hacer. Borré mi punto de entrada. Falsifiqué la marca de tiempo. Hice pasar la conexión por dos servidores muertos en Reikiavik y por el router olvidado de una cafetería en Lagos. Cuando terminé, eran casi las cuatro de la madrugada, y el rastro no llevaba a nadie.A nadie. Ese era el problema. Un fantasma deja una forma.No dormí. Me duché hasta que el agua caliente se volvió tibia, me puse un sencillo suéter gris y le dije a mi reflejo que dejara de parecer alguien que acababa de cometer un delito.—Ere
El desayuno con Saint Petrov se servía a las seis y media en punto, y nadie me había avisado.Entré en el comedor con el suéter de ayer y el pelo todavía húmedo, y lo encontré a la cabecera de una mesa lo bastante larga para sentar a veinte personas. Vestía un traje gris marengo. Leía una tableta. Una taza de café negro humeaba junto a su codo, y a su derecha habían puesto un segundo cubierto, con una taza que no humeaba en absoluto.—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.—Nadie dijo que hubiera hora.—Seis y media. Todos los días. —Pasó una página—. Añádelo a los términos.—Sus términos decían que solo tendría que sentarme en silencio.—Pues siéntate. —Sus ojos se posaron un instante en mí, grises e ilegibles, y volvieron a la pantalla—. En silencio.Me senté. El café que tenía delante se había enfriado. Me lo bebí de todos modos, porque llevaba despierta casi toda la noche y de pronto sentí un miedo absurdo a pedir otro.Durante diez minutos, el único sonido fue el suave golpete
El ático tenía un nombre para cada habitación, y ninguna parecía un lugar donde pudiera vivir una persona.—La biblioteca —dijo el chófer, un hombre silencioso llamado Dmitri, que cargaba mis dos bolsos como si no pesaran nada—. El gimnasio. La terraza. El estudio del señor Petrov, al que usted no entra.—Anotado.—El ala este. —Se detuvo ante unas puertas blancas y extendió una única llave—. Suya.La tomé. El metal aún estaba tibio de su bolsillo.—¿El señor Petrov tiene copia?—No, señorita. —Algo casi parecido al respeto cruzó su rostro severo—. Hizo cambiar la cerradura esta tarde.Me dejó allí. Giré la llave y las puertas se abrieron sobre una suite más grande que todo mi apartamento: una cama del tamaño de un país pequeño, un baño con una bañera lo bastante honda para ahogarse y una pared de ventanales que hacía que la ciudad pareciera joyas derramadas.Cerré con llave a mi espalda. Luego me senté en el suelo, apoyada contra la puerta, y dejé que me temblaran las manos.*Trescie
La oficina de Saint ocupaba la última planta del Chains, y parecía que un hombre hubiera diseñado una habitación para contener su propio silencio.Escritorio negro, cuero negro. Una pared de cristal que mostraba la ciudad entera como si la hubiera pagado él. Un solo vaso de whisky descansaba intacto junto a su codo.—Siéntate —dijo.—Prefiero quedarme de pie.—Pues de pie. —Se acomodó en la silla tras el escritorio y entrelazó los dedos—. Llevas dos noches en mi club y sé muy poco de ti. Eso me molesta.—Soy un libro abierto.—Eres una página en blanco. —Deslizó una carpeta por el escritorio—. Red, sin apellido. Sin historial fiscal. Una dirección que pertenece a una lavandería. Mi gente no encontró nada, Red. Nadie está tan limpio a menos que lo hayan borrado.Se me disparó el pulso, y mantuve el rostro inmóvil.—Quizá me guste mi privacidad.—Quizá. —Me estudió con aquellos ojos grises—. No me importa lo que escondes. Todo el mundo esconde algo. Me importa lo que harás con ello en m
No dormí. Al amanecer, mi portátil estaba abierto sobre la mesa de la cocina de mi diminuto apartamento, y el teléfono de Knox Petrov descansaba a su lado, conectado por un cable y un script de clonación que escribí años atrás por diversión. Tres horas de trabajo. Contactos, registros de llamadas, un centenar de conversaciones de hombres hablando a medias palabras.Ni una sola palabra sobre dinero. Ni un solo número de cuenta.—Vamos —murmuré, desplazando la pantalla—. Nadie es tan cuidadoso.Mi teléfono vibró. Un video, sin texto. Le di al play con el estómago ya encogido.Theo estaba sentado con las piernas cruzadas sobre un suelo frío, abrazándose las rodillas. Alguien le había devuelto los audífonos, lo que significaba que mi padre quería que le estuviera agradecida.—Petra —dijo Theo, mirándose los zapatos—. Papá dice que vas lenta.—No voy lenta, bichito. Voy con cuidado.—Papá dice que con cuidado es lo mismo que lenta. —Se meció—. Dice que si vas lenta, no me dan mi cuarto con







