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Capítulo 3

ผู้เขียน: Luna V
Desperté con el olor de los cataplasmas: musgo, milenrama machacada y algo amargo. El dolor era un latido sordo que me recorría todo el cuerpo.

Me obligué a abrir los ojos.

Estaba en una habitación oscura, de paredes terrosas. El Viejo Grey estaba arrodillado junto al jergón bajo, aplicando con cuidado una pasta fría sobre las quemaduras de mi brazo con sus manos nudosas.

—Grey… —mi voz se quebró.

—Shh, cachorra —murmuró sin levantar la vista. Sus ojos, cansados y bondadosos, seguían fijos en su trabajo—. Ya lo sé. Tienes que aguantar hasta el amanecer después de su cumpleaños.

La puerta estalló hacia adentro.

No fue un golpe para llamar. Fue el sonido de la madera partiéndose en astillas. Seis ejecutores de la manada, encabezados por el Beta de León, llenaron el pequeño espacio. Me arrancaron del jergón. Otro sujetó al Viejo Grey, inmovilizándole los brazos.

León entró a grandes pasos. Me dio una bofetada con el dorso de la mano. La fuerza del golpe me lanzó de bruces contra el suelo de tierra, y el dolor me hizo vibrar toda la mandíbula.

—Así que aquí estaba la madriguera de la rata —se burló, mirando alrededor de la humilde guarida—. Me preguntaba de dónde sacabas tu veneno.

Se acercó a donde retenían a Grey. Sin decir palabra, sacó una daga delgada con filo de plata del cinturón y se la hundió en el hombro, muy cerca del corazón.

Un grito me desgarró la garganta, áspero y salvaje.

Me arrastré hacia él, pero el pie de León cayó sobre mi espalda y me aplastó contra el suelo.

—Dime —dijo León, apoyando más peso sobre la daga clavada en la carne de Grey. Grey jadeó, y el color se le borró del rostro—. ¿Fue idea de él? ¿Enseñarte a falsificar los rituales?

—¡Suéltalo! —sollocé, con la tierra áspera entre los labios—. ¡Él te salvó la vida! ¡Me ayudó a preparar los tónicos cuando yo estaba demasiado débil!

León bajó la mirada hacia mí. En sus ojos brilló una crueldad fría y calculadora.

—Está bien.

Sacó el teléfono y me lo lanzó a la cabeza. El aparato rebotó y se deslizó por el suelo.

—Graba una confesión. Admite que eres una farsante. Que este viejo Omega te enseñó trucos para atrapar a un Alfa. Hazlo, y dejaré que el Sanador de la Manada lo atienda.

—Elara, no… —alcanzó a decir Grey, atragantándose. La sangre le burbujeó en los labios. Negó débilmente con la cabeza.

León giró la daga.

Una nueva oleada de sangre, más oscura esta vez, empapó el pecho de Grey. Sus ojos empezaron a perder el enfoque.

—¡Basta! ¡Lo haré! —grité.

Tomé el teléfono a tientas. Me temblaban tanto las manos que apenas pude presionar el botón de grabar. Lo sostuve frente a mi rostro, con las lágrimas y la suciedad dejando surcos en mi cara.

—Yo… yo confieso. No soy una verdadera heredera del Lobo Blanco. La curación… era un truco. El Viejo Grey me enseñó… a falsificar las señales… a ligar a un Alfa…

Las palabras me sabían a ceniza.

León sonrió. Por fin sacó la daga y asintió con frialdad.

—Lleven al viejo idiota a la enfermería de la manada.

Se llevaron a Grey arrastrándolo. Yo fui detrás, tambaleándome, con el teléfono aferrado en la mano como si fuera un cadáver.

La casa del Sanador de la Manada era fría. Un joven aprendiz me puso en las manos una gruesa tablilla de piedra grabada.

—Los ritos de curación requieren plata lunar y musgo de sangre. Las reservas están bajas. Entrega el pago, o la curación profunda no podrá comenzar.

Me quedé helada.

No tenía nada. La manada me había quitado el acceso a todo.

Poco a poco, me volví hacia León. Estaba de pie en la entrada, con Selene enroscada a su lado como una enredadera.

—León… mis cuentas… por favor…

Se echó a reír. El eco de su risa resonó en la sala de piedra.

—¿Un favor? ¿Tú pidiéndome un favor? Está bien. Pero los mendigos tienen que adoptar la postura correcta. —Alzó una ceja—. Tu gente ha estado chupándole la sangre a mi manada durante un siglo. Un video no baste. Ponte de rodillas. Discúlpate conmigo, con mis ancestros, cuya confianza traicionaste.

Miré más allá de él, a través de la puerta abierta, donde podía ver el cuerpo inmóvil de Grey sobre una camilla, con las vendas ya empapadas de sangre y mis rodillas golpearon la piedra dura del sueño.

—Lo siento. Los engañé… —La voz dulce y clara de Selene cortó la mía.

—¿Solo palabras? ¿No debería una disculpa de verdad ser… física?

La sonrisa de León se ensanchó.

—Ya la oíste. Cien veces. Y que se note.

Me incliné hacia adelante y golpeé la frente contra la piedra.

Crack.

—Una.

Crack.

—Dos.

Perdí la cuenta. El mundo se redujo al impacto, al calor de la sangre extendiéndose por mi rostro, al sonido del hueso chocando contra la roca. Al final, ya me movía solo por instinto.

—Cien —anunció León, con aburrimiento en la voz.

Gateé, con la vista nublada, hasta el lado de Grey. Alcé la cabeza hacia León, y un gruñido subió por mi garganta destrozada.

—¡Ahora! ¡Págales!

—Está bien. Iré por la plata a mi bóveda.

Dicho esto, se dio la vuelta para irse.

Entonces un frío absoluto me recorrió de pies a cabeza, cuando lo entendí.

Me lancé y le agarré el tobillo.

—¡Solo estás ganando tiempo! ¡Nunca pensaste hacerlo de verdad…!

—Tss. —Se sacudió de mí con facilidad—. ¿Así le hablas a tu Alfa? ¿Quieres el pago o no?

La furia me abandonó, de pronto, y los dedos se me aflojaron.—Lo quiero. Por favor. Date prisa.

Tardó una hora. Una hora en la que la respiración de Grey se volvió cada vez más tenue, más áspera.

Cuando León regresó, arrojó a mis pies una pequeña bolsa de polvo bruto de plata lunar.

Gateé con ella hasta el aprendiz del Sanador.

El joven lobo la tomó, revisó a Grey y negó con la cabeza.

—El vínculo con la vida es demasiado tenue. La plata ya no puede anclarlo. Se ha ido.

Algo dentro de mí se rompió.

Me lancé sobre León, con las manos curvadas como garras, apuntando a sus ojos.

—¡Lo mataste! ¡Asesino! ¡Te voy a arrancar la garganta!

Él me atrapó las muñecas sin esfuerzo, con una fuerza de hierro. Sus ojos brillaban con una amenaza pura.

—¿Matarme? Elara, antes me debes.

Arrojó un pergamino a mis pies. Se desenrolló sobre el suelo, cubierto de una escritura densa y oficial.

—Un siglo de apoyo para tu “noble” linaje. Comida, protección, derechos sobre la tierra. Ya que admitiste que todo fue un fraude, es hora de devolverlo. Con intereses.

»Y si te niegas… —levantó el teléfono, con mi confesión ensangrentada y llena de lágrimas congelada en la pantalla—… esto irá a todos los ancianos de la manada. Y entonces veremos cuánto le gusta a la “familia” que aún te queda en las montañas recibir la justicia de la manada.

Todo mi cuerpo tembló.

Saboreé sangre y derrota.

—Lo pagaré. Después de tu cumpleaños. Encontraré la manera.

—¿Después de mi cumpleaños? —León soltó una carcajada desdeñosa—. ¿Crees que te voy a dar más tiempo para que sigas conspirando?

—¡Ahora no tengo nada!

—Entonces cobraré lo que sí esté disponible.

Les hizo una seña a sus ejecutores. Me ataron las manos con una cuerda áspera y me empujaron a la parte trasera de un vehículo todoterreno.

Un miedo profundo, primitivo, empezó a enroscarse en mi vientre.

Conocía esos bosques.

Nos dirigíamos hacia los terrenos sagrados de entierro.

Hacia el lugar donde descansaba mi madre.
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