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Capítulo 2

Author: Luna V
Adentro estaba todo.

Los pergaminos antiguos que había transcrito con paciencia, usando tinta mezclada con mi propia sangre. Los atados de amuletos con acónito y hebra de plata bendecida por la luna. Tres años de mi vida, de mi esencia, manteniendo a la Muerte lejos de la puerta de León.

No pensé. Simplemente corrí hacia las llamas.

El fuego rugió a mi encuentro. Trepó por mi brazo, atravesando el vestido sencillo que llevaba puesto. La piel se ampolló y se desprendió, dejando al descubierto la carne viva y brillante que había debajo. Una lágrima resbaló entre el hollín y cayó sobre la herida expuesta. El dolor fue tan agudo, tan limpio, que me arrancó el aliento.

—Vaya, mira nada más. La gran heredera del Lobo Blanco sí que puede arder.

La voz de León vino desde atrás.

Estaba allí, con Selene acomodada contra su costado. Su mirada recorrió mi brazo destrozado, y una sonrisa torcida deformó su hermoso rostro.

—Yo pensé que practicabas magia negra. ¿Qué pasó? ¿La magia negra no evita que sientas dolor?

—León, ¿cómo pudiste? —mi voz salió como un susurro rasposo—. Esos pergaminos… sin ellos, habrías muerto hace un año.

—¡Cállate!

Se abalanzó sobre mí en un instante. Su mano me rodeó la garganta y me estrelló contra la pared ardiente. Sus ojos brillaban dorados, encendidos por la furia de su lobo.

—¡No vuelvas a hablar de tu brujería inmunda delante de mí! ¡Me da asco!

—No solo la estoy quemando. Voy a hacer que toda la manada vea lo que en verdad eres.

Antes de que pudiera procesar sus palabras, el estrecho pasillo se llenó de cuerpos. Docenas. Miembros de la manada. Guerreros, ancianos, Omegas curiosos. En sus ojos no había piedad, solo una avidez cruel.

—¿Es verdad? —rugió un guerrero corpulento, con el hocico a medio formar—. ¿Has estado drenando la fuerza del Alfa con tus trucos? ¿Robando recursos de la manada?

—¡Es una sanguijuela de linaje! ¡Una farsante! —chilló una loba.

—¡Intentó atrapar a nuestro Alfa! ¡No merece juicio, merece una jaula de plata!

La loba que había gritado se lanzó sobre mí. Sus uñas —todavía humanas, pero afiladas— se clavaron en la carne quemada de mi brazo.

Grité.

El mundo se disolvió en una agonía blanca y abrasadora. Me deslicé por la pared hasta quedar hecha un montón roto sobre el suelo.

Entonces llegaron las patadas y los golpes. No de todos, pero sí de suficientes. Una bota pesada contra las costillas. Una bofetada que me lanzó la cabeza hacia atrás.

A través de la neblina del dolor, vi a León sonreír. Se inclinó y besó a Selene, profunda y posesivamente, allí mismo, entre el humo y la violencia. Luego se la llevó, y sus risas quedaron flotando detrás de ellos.

Aquella noche, el juicio fue formal.

Me arrastraron ante el Consejo de la Manada, en la gran sala de piedra. Mi vestido quemado y desgarrado era la única ropa que me cubría. El anciano mayor, un lobo de rostro severo y barba salpicada de plata, habló con una voz que resonó hasta las vigas.

—Elara, del oculto linaje del Lobo Blanco. Se te acusa de fraude, de debilitar a tu Alfa jurado con ritos falsos y de blasfemia contra el verdadero designio de la Luna. Tu «sanación» es un veneno. Tu linaje no es más que un mito.

La multitud rugió en aprobación.

Vi a Liana en la primera fila, con el rostro pálido y los ojos clavados en el suelo.

—La verdadera compañera del Alfa, Selene, instruida en las artes del Aquelarre, ha demostrado la vitalidad de él. Tus mentiras han quedado expuestas. En la víspera del trigésimo año del Alfa, quedarás retenida para el juicio de la Luna. Si tu sangre no es pura… serás ofrecida para purgar esta ofensa.

Querían sacrificarme. Convertirme en chivo expiatorio. Me expulsaron de la sala y me redujeron a la condición de Omega. Sin guarida. Sin protección. Sin derechos.

Avancé tambaleándome por el bosque helado, con los jirones de mi vestido enganchándose en las espinas. Necesitaba refugio. Ropa. Me dirigí a un puesto comercial del barrio bajo donde a veces daban techo a lobos errantes.

La hembra detrás del mostrador me vio una sola vez, miró mi rostro y mis heridas, y escupió un gargajo que me golpeó en el pecho.

—Lárgate, cosa maldita. Aquí no queremos tu magia negra.

El cuerpo me ardía de fiebre. Mis heridas supuraban una pus hedionda. El hambre era un nudo afilado en el estómago. Tropecé hasta un callejón detrás de los contenedores de basura y me desplomé.

Algunos de los que pasaban me reconocieron.

Una manzana podrida me golpeó en la sien. Alguien vació un cubo de agua grasienta sobre mis piernas, y la suciedad se filtró en mis quemaduras abiertas.

Pensé en las montañas lejanas y silenciosas de mi familia.

Pensé en el Viejo Grey, el sirviente Omega que me había criado después de que mi madre murió.

Pero no podía volver.

Al día siguiente, era el cumpleaños de León.

Cuando me estranguló, lo sentí.

Sentí bajo mis dedos el tropiezo salvaje y frenético de su fuerza vital. La maldición no estaba satisfecha. Estaba esperando.

Yo tenía que verlo.

Apretando los dientes, intenté incorporarme apoyándome en la pared de ladrillo helado.

Mi visión se apagó hasta volverse negra.

Y ya no supe nada más.
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