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Capítulo 4

ผู้เขียน: Luna V
A cada Lobo Blanco lo enterraban con un fragmento de su piedra corazón, un cristal tocado por la luna que contenía una parte de su esencia.

Era un secreto sagrado, reservado solo para los miembros del linaje.

Yo se lo había contado a León una noche, en un momento de intimidad insensata y confiada.

La noche en que nos prometimos el uno al otro por primera vez.

El vehículo se detuvo al borde del bosque sagrado.

León me arrastró hacia afuera.

Luego hizo una seña a los ejecutores. Dos de ellos cargaban pesadas herramientas para cavar.

—Desentiérrenla.

—¡León, no! ¡Ella descansa bajo la paz de la Luna! ¡No puedes hacer esto!

Intenté lanzarme sobre él, pero uno de los ejecutores me sujetó con fuerza.

La primera palada de tierra oscura y fértil salió despedida de la tumba de mi madre y cayó directamente sobre mis zapatos.

León alzó su teléfono, con el video de mi confesión listo para enviarse.

—Compórtate, Omega. O tu vergüenza se convertirá en un legado público.

Me quedé inmóvil, paralizada, mientras profanaban la tumba.

Selene observaba la escena acurrucada bajo el brazo de León, con una pequeña sonrisa satisfecha en los labios.

Vi el destello blanco de los huesos.

Y allí, acomodada junto a la cavidad del pecho del esqueleto, estaba la piedra corazón.

Pulsaba con una suave luz interior, intacta a pesar de los años bajo tierra.

León soltó una exclamación jubilosa.

La arrebató de un tirón, sintiendo su calor en la palma antes de guardársela dentro de la chaqueta. Luego pateó los huesos, dispersándolos.

—¡Vas a morir aullando por esto! —grité, y la promesa me desgarró la garganta al salir.

—Mi destino me pertenece —dijo él, limpiándose las manos—. Y esta noche lo reclamaré.

Selene dio un paso al frente. Con sus dedos delicados, me sujetó el mentón y me obligó a mirarla.

—La reunión de cumpleaños ya va a comenzar. El Consejo y toda la manada están esperando. Es hora del acto final, farsante.

Una hora después, yo estaba de pie en el borde del gran círculo de fuego, en el claro principal de la manada.

Habían instalado una pantalla enorme, donde se mostraban los signos vitales de León —ritmo cardíaco, niveles de energía de transformación— transmitidos por los monitores que Selene le había colocado.

Toda la manada estaba allí. El aire crepitaba de tensión. Todos conocían la leyenda.

Y esa noche serían testigos de su final.

Selene condujo a León hasta el centro. Luego señaló un gran y ornamentado reloj lunar, cuya aguja se acercaba al punto más alto de la medianoche.

—¡En unos momentos, la mentira llegará a su fin! —anunció, con una voz que resonó por todo el lugar—. ¡Mis métodos, junto con la sabiduría del Aquelarre, han demostrado la fortaleza del Alfa! ¡Miren y comprueben cómo se rompe la maldición!

El silencio cayó, denso y absoluto. Cientos de ojos iban y venían entre el reloj lunar y el ritmo firme y estable de la pantalla, hasta que la aguja encajó en su lugar.

Era medianoche.

La pantalla mostraba un pulso perfecto y constante.

León seguía erguido, con las mejillas encendidas y una sonrisa triunfal en el rostro.

Un rugido de júbilo estalló entre la multitud.

Hasta Liana empezó a llorar de alivio, avanzando desde su lugar de honor para abrazar a su hijo.

Pero, con solo dar un paso sobre las piedras centrales, la sonrisa de León se congeló y sus ojos se abrieron de par en par, antes de quedar vacíos, tras lo cual, sin emitir el más mínimo sonido, se desplomó. Su cuerpo golpeó el suelo con un ruido sordo, enfermizamente definitivo.
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