LOGINEl sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de seda, pero no traía calidez a la suite principal de la mansión Cavallaro. Alessia no había pegado ojo; se había quedado sentada en el borde de la cama, vigilando el sueño de Daniela como si el simple acto de parpadear pudiera hacer que la niña desapareciera.
Un golpe seco en la puerta la sobresaltó. No esperaron a que ella respondiera. Killian entró, ya vestido con un traje negro a medida que acentuaba su figura imponente. Sus ojos dorados recorrieron la habitación hasta posarse en Alessia. Se veía cansada, despeinada, pero con una mirada de acero que lo fascinaba y lo irritaba a partes iguales.
—Daniela sigue durmiendo —dijo él, su voz era un murmullo bajo que vibró en el aire—. Ven conmigo. Ahora.
—No voy a dejarla sola —replicó ella, poniéndose de pie con actitud defensiva.
Killian se acercó con pasos lentos, como un depredador acorralando a su presa. La tomó del mentón, obligándola a sostenerle la mirada. Sus dedos estaban fríos, pero su contacto quemaba.
—Hay cámaras en cada rincón, escoltas en cada pasillo y una niñera esperando en la puerta. Nadie la tocará, Alessia. Pero tú y yo tenemos asuntos pendientes. No me hagas repetirlo.
Alessia sintió un escalofrío. La forma en que él la dominaba, esa mezcla de autoridad absoluta y una chispa de posesión oscura, la hacía sentir pequeña y, al mismo tiempo, extrañamente viva. Lo siguió fuera de la habitación, descendiendo a un despacho que olía a madera vieja y peligro. Sobre el escritorio de caoba descansaba un documento legal y un pequeño kit médico.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, retrocediendo.
—Una prueba de ADN —respondió Killian con frialdad—. No porque dude de ti, sino porque necesito el papel que diga que ella es mía. Y una vez que lo tenga, nadie en este mundo podrá quitármela. Ni siquiera tú.
—Ella no es un objeto, Killian. No puedes simplemente reclamarla como si fuera parte de tu inventario criminal.
Killian rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella, tan cerca que Alessia podía sentir el calor de su cuerpo. Se inclinó hacia su oído, y su aliento rozó su piel, causándole una reacción que su mente odiaba pero su cuerpo traicionaba.
—Todo lo que entra en esta casa me pertenece, Alessia. Tú me salvaste la vida hace cinco años y, sin saberlo, sellaste tu destino. Me diste una heredera. Ahora, vas a vivir bajo mis reglas. Si intentas huir de nuevo, el mundo se te hará pequeño para esconderte de mi furia.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió lentamente. Daniela, con su pijama de ositos y el cabello revuelto, entró frotándose un ojo.
—¿Mami? ¿Dónde estamos? —la pequeña se detuvo al ver a Killian. Lo miró fijamente, con esa curiosidad sin miedo que solo los niños poseen.
La mirada de Killian cambió. La dureza de sus facciones se quebró por un instante al ver a la niña en su territorio. Daniela caminó hacia él y le tiró de la manga del saco.
—Eres el hombre que vino a mi casa ese día —dijo la niña con voz dulce—. Eres muy alto.
Alessia contuvo el aliento. Killian se quedó paralizado por un segundo, mirando la mano pequeña de la niña sobre su ropa cara. Lentamente, se puso en cuclillas para quedar a su altura, un gesto de sumisión que Alessia nunca esperó de la "Bestia".
—Sí, soy yo —respondió él, y por primera vez, su voz no sonó a amenaza—. Y a partir de hoy, este es tu castillo.
Alessia observó la escena con el corazón dividido. Odiaba a Killian por lo que le hizo, pero ver la conexión instantánea entre padre e hija la aterraba. Sabía que Killian usaría ese vínculo para encadenarla a él para siempre. El romance no sería un camino de rosas; sería una guerra de voluntades donde el deseo era el arma más peligrosa.
S.P Rivers
"Al final, la Bestia no necesitaba ser domada, solo necesitaba a alguien que no temiera quemarse en su infierno."
El trayecto de regreso fue un viaje a través de las sombras. Killian no soltó a Alessia ni un segundo, manteniéndola apretada contra su pecho en el asiento trasero del blindado. Daniela, que esperaba en el otro vehículo, fue transferida al suyo apenas se detuvieron por seguridad. Al ver a su madre herida, la niña quiso gritar, pero Killian la atrajo hacia ellos con un brazo libre. —Shh, Dani. Mamá necesita silencio. Está descansando —mintió él con la voz ronca, mientras sentía que la respiración de Alessia se volvía cada vez más superficial. El motor del coche rugía en la oscuridad de la noche, rompiendo el silencio de la carretera desierta, mientras el pánico se instalaba como un frío glacial en las venas del capo. Cada bache del camino parecía una amenaza directa a la frágil vida que sostenía entre sus manos.Al cruzar los muros de la mansión, el ambiente era de funeral. Killian bajó del coche con Alessia en brazos; ella ya no respondía, su cuerpo era un peso muerto que enviaba desc
El grito de Alessia cortó la neblina roja que nublaba el juicio de Killian. Él soltó a Lucas, quien cayó como un fardo de carne inútil y sangrante contra el suelo. El traidor intentó balbucear, pero Killian ni siquiera lo miró. Su atención, antes dividida por el odio, se centró con una intensidad devastadora en la mujer que intentaba mantenerse erguida entre los escombros.—Llévenselo —ordenó Killian. Su voz no era un grito, era un trueno sordo que hizo vibrar las paredes—. No lo maten. No todavía. Quiero que cada minuto que pase hasta el amanecer sea un recordatorio de por qué nunca debió nacer. Entréguenlo a los hombres del sótano. Que aprendan de él lo que significa la agonía.Dos guardias entraron como sombras y arrastraron a un Lucas suplicante fuera de la oficina. Los gritos del traidor se fueron apagando por el pasillo, pero Killian ya no escuchaba.Él se dejó caer de rodillas frente a Alessia. Sus manos, que hace un segundo estaban listas para arrancar una vida, ahora temblaba
El silencio que siguió al estruendo de la puerta fue más aterrador que los disparos exteriores. Killian se quedó inmóvil en el umbral, su figura recortada por la luz mortecina del pasillo. Sus ojos no eran los de un hombre; eran dos abismos dorados fijos en la escena que tenía delante. Alessia, tirada en el suelo, con el rostro hinchado y la ropa desgarrada, intentaba tomar aire desesperadamente mientras Lucas, aún con el gancho clavado en el muslo, retrocedía arrastrándose por el suelo, presa de un pánico primario.—K-Killian... puedo explicarlo... —balbuceó Lucas, buscando a ciegas su arma, que había caído a unos metros.Killian no respondió con palabras. Caminó hacia él con una lentitud tortuosa, cada paso resonando como el martilleo de un ataúd. Ignoró las súplicas del traidor, sus ojos solo tenían espacio para los moratones que florecían en la piel de Alessia. “La tocaste”, rugía una voz dentro de su cabeza, una voz que exigía una carnicería que el mundo nunca había visto. “Manch
Daniela corría por los pasillos del aserradero como una exhalación de terror. Sus pequeñas botas resonaban contra la madera vieja, esquivando escombros y cables sueltos. El aire estaba saturado de un humo grisáceo que le quemaba la garganta, y el eco de los disparos la hacía saltar, pero las palabras de su madre ardían en su mente: “Corre hacia el ruido”.“Papá, por favor, papá...”, repetía como un mantra, con el pecho a punto de estallar.De pronto, al doblar una última esquina, el asfixiante escenario cambió por completo, una explanada descubierta que se encontraba bañada por la fría luz de la luna. Allí, esparcidos entre los cuerpos inertes y ensangrentados de los hombres que habían osado traicionarlo, estaba él. Killian avanzaba entre la destrucción con una calma verdaderamente aterradora, rodeado por un aura de muerte tan densa y pesada que habría espantado a cualquier ser humano. Pero no a ella.—¡PAPÁ! —el grito de la niña cortó el fragor de la batalla.Killian se detuvo en sec
El estruendo de la guerra exterior se acercaba, pero dentro de aquella oficina mugrienta, el aire se había vuelto denso y letal. Lucas, presa del pánico al escuchar la carnicería que Killian estaba desatando afuera, perdió toda su fachada de galán oscuro. Sus ojos bailaban erráticos, inyectados en sangre y desesperación. Sabía que si Killian lo encontraba, no habría una muerte rápida.—¡Ven aquí! —rugió Lucas, lanzándose sobre ellas con el arma en la mano. Su plan de gloria se había esfumado; ahora solo buscaba un seguro de vida.Alessia reaccionó por puro instinto materno. Empujó a Daniela detrás de ella, usando su cuerpo como un escudo de carne y hueso. El impacto del cuerpo de Lucas contra el suyo la dejó sin aire, pero ella no cedió ni un centímetro.—¡Daniela, ahora! —gritó Alessia, su voz rasgando el aire—. ¡Corre hacia el ruido! ¡Busca a tu padre! ¡Corre y no mires atrás!La niña se quedó paralizada, con los ojos desorbitados por el terror. Sus pequeñas manos se aferraban a la
El aserradero abandonado en el sector norte era un esqueleto de madera y metal que crujía bajo el viento helado de la madrugada. El olor a serrín podrido y aceite de motor inundaba el ambiente, mezclándose con el aroma metálico de la sangre que aún goteaba del labio de Alessia.Dentro de la oficina del capataz, convertida en una celda improvisada, Alessia mantenía a Daniela envuelta en sus brazos. Sus pensamientos eran un torbellino de culpa y furia. “Debí ser más rápida, debí matarlos a todos en la habitación”, se recriminaba mientras sentía el latido acelerado del corazón de su hija contra su pecho. Daniela ya no lloraba con ruido; solo sollozaba en silencio, un sonido que desgarraba a Alessia más que cualquier golpe.—Escúchame, Dani —susurró Alessia, obligando a la niña a mirarla a los ojos a pesar de que la luz parpadeante le daba a su propio rostro un aspecto espectral—. En cuanto esa puerta se abra, quiero que te escondas debajo de esa mesa vieja del rincón. No salgas, no impor







