LOGINEl trayecto hacia la mansión Cavallaro transcurrió en un silencio asfixiante, interrumpido solo por la respiración acompasada de Daniela, que se había vuelto a dormir en el regazo de su madre. Alessia miraba por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad se desvanecían para dar paso a los altos muros de piedra y los jardines perfectamente podados que custodiaban la propiedad de Killian. Sentía que cada kilómetro que avanzaban era un clavo más en el ataúd de su libertad.
Al detenerse frente a la imponente entrada, Killian bajó del auto y, sin esperar, abrió la puerta del lado de Alessia.
—Baja —ordenó él, extendiendo una mano que ella ignoró por completo.
Alessia salió del vehículo estrechando a su hija contra su pecho, sintiendo el frío mármol bajo sus pies al entrar al vestíbulo. El lugar era frío, majestuoso y aterrador, tal como el hombre que lo poseía. Killian hizo una señal a una de las empleadas.
—Prepara la habitación contigua a la mía para la niña. Y que la señorita Alessia se instale en la suite principal.
—¡No! —replicó Alessia, su voz resonando en el gran salón—. No la vas a separar de mí. No te atrevas, Killian. No permitiré que despierte en un lugar extraño sin verme.
Killian se giró lentamente. La luz de las arañas de cristal de la entrada hacía que sus ojos dorados brillaran con una intensidad depredadora. Se acercó a ella, reduciendo el espacio hasta que Alessia pudo oler su perfume: una mezcla de sándalo, tabaco caro y peligro.
—Escúchame bien, Alessia —susurró él, inclinándose sobre ella—. Aquí se hace lo que yo digo. Pero... —su mirada bajó por un segundo a la pequeña Daniela—, no soy un salvaje. Dormirá contigo esta noche, pero mañana las cosas cambiarán. Tienes mucho que explicarle y yo tengo mucho que reclamar.
Caminaron por pasillos interminables hasta llegar a una habitación que parecía sacada de un sueño, si no fuera porque se sentía como una jaula de oro. Alessia acostó a Daniela con una delicadeza infinita, arropándola y besando su frente, temiendo que al despertar, el mundo que conocían hubiera desaparecido para siempre.
Cuando se dio la vuelta, Killian seguía allí, apoyado en el marco de la puerta, observando la escena con una expresión indescifrable. Había algo en su rostro, una sombra de duda, como si ver a la niña en su entorno despertara fantasmas que él no sabía cómo manejar.
—¿Por qué te fuiste sin dejar rastro? —preguntó él de repente, su voz apenas un susurro—. Esa mañana... cuando mis hombres me sacaron de tu casa, volví por ti poco después, pero ya no estabas. Te habías esfumado.
—¿Qué esperabas, Killian? ¿Que te esperara con el desayuno después de lo que me hiciste? —Alessia caminó hacia él, la ira dándole una fuerza que no sabía que tenía—. Desperté sola, rota y con miedo. Me fui de la ciudad porque no quería que me encontraras nunca. Intenté enterrar esa noche y convertirme en una sombra para que el monstruo que entró en mi casa no volviera a cruzarse en mi camino. Yo solo intenté salvar lo que quedaba de mi dignidad y proteger mi futuro. Ella es mi vida. Si intentas quitármela, te juro que...
—No voy a quitártela —la interrumpió él, dando un paso hacia el interior de la habitación y cerrando la puerta tras de sí—. Pero ella es una Cavallaro. Y tú... tú vas a aprender cuál es tu lugar en mi mundo.
Alessia retrocedió hasta que su espalda tocó la cama, atrapada entre el hombre que una vez fue su pesadilla y el futuro incierto que ahora la encadenaba a él. La tensión entre ambos era un cable de alta tensión a punto de romperse; un choque de voluntades donde el odio y una atracción oscura e inevitable empezaban a mezclarse.
S.P Rivers
"Al final, la Bestia no necesitaba ser domada, solo necesitaba a alguien que no temiera quemarse en su infierno."
El trayecto de regreso fue un viaje a través de las sombras. Killian no soltó a Alessia ni un segundo, manteniéndola apretada contra su pecho en el asiento trasero del blindado. Daniela, que esperaba en el otro vehículo, fue transferida al suyo apenas se detuvieron por seguridad. Al ver a su madre herida, la niña quiso gritar, pero Killian la atrajo hacia ellos con un brazo libre. —Shh, Dani. Mamá necesita silencio. Está descansando —mintió él con la voz ronca, mientras sentía que la respiración de Alessia se volvía cada vez más superficial. El motor del coche rugía en la oscuridad de la noche, rompiendo el silencio de la carretera desierta, mientras el pánico se instalaba como un frío glacial en las venas del capo. Cada bache del camino parecía una amenaza directa a la frágil vida que sostenía entre sus manos.Al cruzar los muros de la mansión, el ambiente era de funeral. Killian bajó del coche con Alessia en brazos; ella ya no respondía, su cuerpo era un peso muerto que enviaba desc
El grito de Alessia cortó la neblina roja que nublaba el juicio de Killian. Él soltó a Lucas, quien cayó como un fardo de carne inútil y sangrante contra el suelo. El traidor intentó balbucear, pero Killian ni siquiera lo miró. Su atención, antes dividida por el odio, se centró con una intensidad devastadora en la mujer que intentaba mantenerse erguida entre los escombros.—Llévenselo —ordenó Killian. Su voz no era un grito, era un trueno sordo que hizo vibrar las paredes—. No lo maten. No todavía. Quiero que cada minuto que pase hasta el amanecer sea un recordatorio de por qué nunca debió nacer. Entréguenlo a los hombres del sótano. Que aprendan de él lo que significa la agonía.Dos guardias entraron como sombras y arrastraron a un Lucas suplicante fuera de la oficina. Los gritos del traidor se fueron apagando por el pasillo, pero Killian ya no escuchaba.Él se dejó caer de rodillas frente a Alessia. Sus manos, que hace un segundo estaban listas para arrancar una vida, ahora temblaba
El silencio que siguió al estruendo de la puerta fue más aterrador que los disparos exteriores. Killian se quedó inmóvil en el umbral, su figura recortada por la luz mortecina del pasillo. Sus ojos no eran los de un hombre; eran dos abismos dorados fijos en la escena que tenía delante. Alessia, tirada en el suelo, con el rostro hinchado y la ropa desgarrada, intentaba tomar aire desesperadamente mientras Lucas, aún con el gancho clavado en el muslo, retrocedía arrastrándose por el suelo, presa de un pánico primario.—K-Killian... puedo explicarlo... —balbuceó Lucas, buscando a ciegas su arma, que había caído a unos metros.Killian no respondió con palabras. Caminó hacia él con una lentitud tortuosa, cada paso resonando como el martilleo de un ataúd. Ignoró las súplicas del traidor, sus ojos solo tenían espacio para los moratones que florecían en la piel de Alessia. “La tocaste”, rugía una voz dentro de su cabeza, una voz que exigía una carnicería que el mundo nunca había visto. “Manch
Daniela corría por los pasillos del aserradero como una exhalación de terror. Sus pequeñas botas resonaban contra la madera vieja, esquivando escombros y cables sueltos. El aire estaba saturado de un humo grisáceo que le quemaba la garganta, y el eco de los disparos la hacía saltar, pero las palabras de su madre ardían en su mente: “Corre hacia el ruido”.“Papá, por favor, papá...”, repetía como un mantra, con el pecho a punto de estallar.De pronto, al doblar una última esquina, el asfixiante escenario cambió por completo, una explanada descubierta que se encontraba bañada por la fría luz de la luna. Allí, esparcidos entre los cuerpos inertes y ensangrentados de los hombres que habían osado traicionarlo, estaba él. Killian avanzaba entre la destrucción con una calma verdaderamente aterradora, rodeado por un aura de muerte tan densa y pesada que habría espantado a cualquier ser humano. Pero no a ella.—¡PAPÁ! —el grito de la niña cortó el fragor de la batalla.Killian se detuvo en sec
El estruendo de la guerra exterior se acercaba, pero dentro de aquella oficina mugrienta, el aire se había vuelto denso y letal. Lucas, presa del pánico al escuchar la carnicería que Killian estaba desatando afuera, perdió toda su fachada de galán oscuro. Sus ojos bailaban erráticos, inyectados en sangre y desesperación. Sabía que si Killian lo encontraba, no habría una muerte rápida.—¡Ven aquí! —rugió Lucas, lanzándose sobre ellas con el arma en la mano. Su plan de gloria se había esfumado; ahora solo buscaba un seguro de vida.Alessia reaccionó por puro instinto materno. Empujó a Daniela detrás de ella, usando su cuerpo como un escudo de carne y hueso. El impacto del cuerpo de Lucas contra el suyo la dejó sin aire, pero ella no cedió ni un centímetro.—¡Daniela, ahora! —gritó Alessia, su voz rasgando el aire—. ¡Corre hacia el ruido! ¡Busca a tu padre! ¡Corre y no mires atrás!La niña se quedó paralizada, con los ojos desorbitados por el terror. Sus pequeñas manos se aferraban a la
El aserradero abandonado en el sector norte era un esqueleto de madera y metal que crujía bajo el viento helado de la madrugada. El olor a serrín podrido y aceite de motor inundaba el ambiente, mezclándose con el aroma metálico de la sangre que aún goteaba del labio de Alessia.Dentro de la oficina del capataz, convertida en una celda improvisada, Alessia mantenía a Daniela envuelta en sus brazos. Sus pensamientos eran un torbellino de culpa y furia. “Debí ser más rápida, debí matarlos a todos en la habitación”, se recriminaba mientras sentía el latido acelerado del corazón de su hija contra su pecho. Daniela ya no lloraba con ruido; solo sollozaba en silencio, un sonido que desgarraba a Alessia más que cualquier golpe.—Escúchame, Dani —susurró Alessia, obligando a la niña a mirarla a los ojos a pesar de que la luz parpadeante le daba a su propio rostro un aspecto espectral—. En cuanto esa puerta se abra, quiero que te escondas debajo de esa mesa vieja del rincón. No salgas, no impor







