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3. Guiso de arroz

last update publish date: 2026-05-08 06:47:37

Descansaron bajo de un arce japonés donde el atardecer caía desde las sierras pintando todo de un rojo pasión como un volcán en erupción. El perro olfateaba las manos de su dueño convidándole pan casero y queso azul. Arek le gustaba mucho este sitio del campo. No hizo cambios en el lugar, lo aceptó tal cual era. Eso si cuidaba al arce japonés siendo su dueño. Lo plantó allí a los trece años, un recuerdo que cambio todo en su rebeldía.

—Estuviste sobresaliente, pensé que hoy ibas a renunciar. —dijo Arek. Gwen tragó su comida con un vaso de té frío. Lo miró con una sonrisa orgullosa y llena de fe.

Gwen no tenía que demostrar nada, estaba en su sangre ser leal y servicial. Era enfermera. Ayudó a esa gallina, que descansaba en sus piernas como reposo, aun no estaba recuperada al cien.

—Soy una Dupont, claro. No voy a renunciar tan rápido ni nunca lo haré.

— Veras que solo fue un precalentamiento. —le dijo Arek acariciando la cabeza de su perro.

—¿Acaso quieres alejarme, Arek? No entiendo por qué reaccionas así.

—Porque no es un juego. Es trabajo serio.

Gwen lo miró un momento buscando el motivo de esa actitud. Arek no dijo más, la miró y vio el brillo del atardecer en la mirada de Gwen, sintiendo algo en su pecho frío y solitario. Desvió la mirada rápido hacia el horizonte.

—No sigas alejándome. El abuelo me eligió, lo sabes.

—Por suerte, estoy tranquilo que no seas alguno de tus padres porque no sabría cómo manejar eso que quieran vender todo.

—Cierto. Mi padre hace tiempo que quiere vender todo, ¿por qué el abuelo no lo metió en el testamento? ¡claro, se dio cuenta que es un idiota!

—Me sorprende que hables así de tus padres.

—Es lo que demuestran, Arek. Simple.

Arek lo entendía. Había conocido al padre de ella, solo le interesaba el dinero y mejorar su casa, sus viajes y más lujos que pronto se acabarían. Por eso, Jonas no quiso meter a sus hijos más egoístas en sus decisiones del campo que tanto esfuerzo y dedicación hizo desde 1964.

Ya eran las siete de la tarde, perdiendo el tiempo entre el atardecer y la caída del sol rojizo en el horizonte. Volvieron disfrutando de la brisa fría en el camino a la casa. Owen iba por delante de ellos, olfateando el suelo en busca de depredadores que amenazaran la granja.

—¿Cocinas tú?—preguntó Arek.—Voy a relajarme un poco en el living. Hoy fue duro.

—Claro, no hay problema. Haré la cena y te aviso.

—Gracias, Gwen. Es un gesto que se agradece.

Ella le sonrió, como esas sonrisas que pueden recuperarte de una tristeza de días. Arek parecía estar encariñándose con ella, notando el tipo de mujer que era Gwen realmente, al contrario de su primer encuentro no fue el más adelantador para sacar conclusiones tan pronto.

Llegaron a la casa. Cada uno partió a sus tareas y descansos. El gran perro se quedó en la cocina esperando poder atrapar algún bocado de comida mientras Gwen pensaba que podría hacer con la mercadería que había allí. Arek tardó en irse, perdiendo su mirada en los pensamientos de creatividad culinaria de la chica. Sinceramente, la enfermera era mucho más de lo que él esperaba, creyendo que podría sorprenderlo mucho más que las tareas realizadas desde la mañana temprano. Además, la gallina fue nombrada como Cloé, parecía formar parte de la familia porque no se despegaba de la chica como intentando darle un mensaje de agradecimiento por cuidarla y no hacerla caldo de sopa para la cena.

—¡Buen trabajo hoy, Gwen!

—¡Oh, gracias, Arek! Aprenderé más, gracias por recibirme.

Arek pegó media vuelta, dejando que la joven comenzará la comida. Más allá de su terquedad, había una herida que estaba curándose hace pocas horas con la llegada de Gwen. Salió de la cocina.

Después de unos minutos, la chica sirvió la cena. Guiso de arroz y vino tinto de las bodegas. Llamo a Arek que estaba en su descanso, fumando y tomando un té helado en la galería.

El humo del cigarrillo de Arek se mezclaba con la niebla fresca que empezaba a bajar de las sierras. Cuando escuchó los pasos de Gwen en la madera de la galería, apagó el pitillo en el cenicero de barro y dejó el vaso de té frío a un lado.

—Está listo —anunció ella desde la puerta, limpiándose las manos en un repasador. Un mechón rebelde se le escapaba de la coleta.

Arek asintió en silencio y la siguió hasta el comedor. Sobre la mesa de madera maciza, dos platos hondos humeaban llenos de un guiso de arroz especiado que inundaba el ambiente con un aroma reconfortante. En el centro, una botella de vino tinto de la bodega local ya estaba abierta, flanqueada por dos copas de cristal grueso. Cloé, la gallina, acomodaba sus plumas sobre una mantita doblada junto a la salamandra, ajena al destino culinario del que se había salvado.

—Huele increíble —admitió Arek, tirando de la silla de cabecera.

—Cortesía de la despensa de tu abuelo y algo de ingenio —respondió Gwen, sentándose frente a él—. Aunque Owen casi se roba el queso mientras cortaba los vegetales.

El perro, al escuchar su nombre desde debajo de la mesa, apoyó el hocico helado sobre la rodilla de Gwen, sacándole una pequeña carcajada. Arek sirvió el vino. El color púrpura oscuro brilló bajo la luz cálida de la lámpara del techo.

—Por el campo —dijo Arek, levantando su copa con una solemnidad casi involuntaria.

—Y por no haberme rendido el primer día —añadió ella, chocando su copa contra la de él.

El primer sorbo fue espeso, frutal y con ese toque amaderado propio de la zona. Mientras comían, el silencio entre ambos dejó de ser incómodo. Arek observó la soltura con la que Gwen se movía, la firmeza en sus manos de enfermera que tan rápido se habían adaptado a la dureza de la tierra.

—Mañana hay que revisar el cerco del potrero norte antes de que baje el ganado —comentó Arek, rompiendo el murmullo del viento afuera—. Vas a necesitar botas más pesadas si no quieres terminar con los pies destruidos.

—Mañana a las seis estoy de pie —respondió ella sin dudar, clavándole la mirada—. Y descuida por mis pies, aguantan más de lo que crees.

Arek dejó el tenedor y la miró fijamente. Por primera vez en años, la vieja casa de Jonas no se sentía abandonada.

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    La oscuridad se asentó sobre las sierras, pero el ambiente en la granja seguía cargado con la electricidad del encuentro de esa tarde. Gwen había insistido en sacar una pequeña mesa de madera al patio, iluminada por dos faroles de aceite de queroseno, colocándola justo debajo de la bóveda de hojas rojizas del antiguo arce japonés. Había preparado un guiso rústico con las verduras de la huerta, buscando ofrecer un momento de tregua, pero el hombre sentado frente a ella apenas había tocado su plato. Arek sostenía el tenedor con una tensión contenida, trazando surcos invisibles sobre la madera de la mesa. Su mirada estaba clavada en la negrura del campo, en dirección a la entrada principal por donde Colemman había desaparecido horas atrás. La calidez y la complicidad que habían compartido durante la mañana parecían haber sido sepultadas bajo una avalancha de recuerdos amargos y la amenaza inminente sobre sus cabezas. —Vas a quebrar el tenedor —murmuró Gwen, rompiendo el espeso silencio

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