LOGINGwen creía que su verdadera vocación era cuidar de otros en la sala de urgencias de un hospital, pero el desgaste de la rutina y los constantes reproches de sus padres terminaron por quebrarla. Desmotivada y dudando de su propio valor, decide dejarlo todo atrás para aceptar el legado de su abuelo: una parte de su histórica granja en medio de las sierras. Allí se encuentra con Arek, un hombre hermético, duro y marcado por un pasado solitario, quien resguarda el campo con celo absoluto. Aunque el primer encuentro entre ambos dista mucho de ser pacífico, la convivencia diaria, las jornadas bajo el sol y las heridas que ambos intentan ocultar irán derribando sus barreras. Entre el aroma a pan casero, el trabajo codo a codo en el potrero y el refugio cálido de un viejo arce japonés, Gwen descubrirá que no ha perdido su vocación de sanar... y Arek comprenderá que la soledad no era su única opción. Una historia envolvente de superación personal, romance a fuego lento, lealtad y el coraje de reconstruirse cuando creías haberlo perdido todo.
View MoreGwen visitó a su abuelo enfermo hace dos meses. Estuvo terminando su carrera de enfermera profesional, hizo pasantías y terminando exámenes para graduarse.
Había recibido la noticia de tener el cincuenta por ciento del campo y la administración de la producción de vinos. Gwen no asimilaba el testamento de Jonas. Nunca imagino ser heredera, era normal que eso era para los hijos de Jonas, sin embargo, su abuelo insistió en sus nietos y empleados de antigüedad. Ella aún vivía con sus padres desde siempre y deseaba su independencia con fuerza. Intento emanciparse a los quince años por los conflictos con sus padres, que manejaba sus tiempos y sus actividades.
Ahora comenzaba una nueva oportunidad para demostrar ser responsable. Un cambio en la vida de Gwen Dupont.
Estaba muy entusiasmada de comenzar su nuevo vida en Pétalos blancos. Sus padres la estaban esperando con panqueques, café y jugo, cuando bajó con su bolso. Volvería para otras de sus cosas; no sería la última vez. Lo necesario durante dos semanas lo cual era el mínimo de su adaptación.
—¡Buen día, Gwen! Tu padre se fue hace rato.
—Trato de hacer lo mejor posible. Terminé de estudiar y ahora estoy lista para regresar Pétalos blancos.—dijo, sentándose a la mesa para desayunar
—Bueno, recuerda ser amable siempre. Arek, tu tío adoptivo te espera.
—Lo sé, mamá.
—De acuerdo, ahora toma tu desayuno. Tu padre salió a una consulta con el cardiólogo.
—¿Él está bien?
—Es rutina, corazón. Después de cinco años de su infarto, está perfecto del corazón, totalmente recuperado.
Desayuno así dicho por Cissy. Disfruto los panqueques de vainilla. Tenía un sabor tradicional con dulce de arándanos. Sentía esa mezcla de sabores diferentes en su paladar, como un viaje a recuerdo de niñez, donde su madre y su abuela, Natalie, preparaban juntas las comidas para toda la familia, en reuniones, eventos y cumpleaños. Eran muy amigas, siempre tuvieron una excelente relación.
—Bueno, mamá, ya me voy.-dijo, dejando los platos en la bacha de la cocina.
—De acuerdo, Gwen. Estamos para lo que necesites.
Se despidieron. Gwen esperaba dar todo lo mejor de ella para Petalos blancos.
Gwen conducía por una ruta de tierra tras hacer doscientos kilómetros en dos horas desde la ciudad. Estaba ansiosa. No tenía dudas pero tampoco certezas, que esto no sería fácil.
Había soñado con ser dueña del campo, con la presencia de su abuelo. Ahora imposible. Solo tenía a su compañero y ¿Tío? Arek. Sonaba raro, sin embargo así era. Su tío. Tenían cerca de la misma edad. Él le llevaba dos años más. Supuso que tenerla de socia no iba a agradarle mucho. Ya que era un muchacho frío, amable y terco, así lo conocían todos en Sonoma. Nunca se fue de la casa de campo. Se dedicó a cuidar a Jonás en el cáncer de estómago. Algo que nadie quiso hacer por el hombre anciano. Ni sus propios hijos.
Mientras el carro se deslizaba entre rocas y pozos de la ruta de tierra, tomó un cigarrillo para quitar su ansiedad. No intento dejar de fumar. Le gustaba. Casi todos en la familia fumaban o fumaron en un pasado. La influencia la tenía desde siempre, hasta caer en la red de vicio. Llevaba media hora recorriendo el camino y no veía nada más que los cultivos de viñedos, ¿Acaso serían las hectáreas correctas, o se perdió?
Por suerte, a lo lejos, vio a un campesino montado a caballo en los cultivos. Gwen se detuvo para preguntar. Bajo del auto y se acercó al hombre.
—¡Buen día! Mí nombre es Gwen.
—¡Buenos días, joven! ¿Qué necesita?
—Voy a la casa de Jonas Dupont, soy familiar ¿Sabe si esté es el camino?
—¿Jonas, pétalos blancos? Sí, lo conozco y lamentó su pérdida. –respondió el campesino con un sombrero de vaquero que cubría el sol sobre su cara. —Le quedan cien kilómetros más, algo así. Pero va bien por acá. Mí nombre es Cristóbal Hernández, trabajé un poco con su pariente hace años.
Algo sonaba raro para Gwen. El sujeto se estaba burlando. Éstas eran las hectáreas de Pétalos blancos, su hogar ¡Al fin llegó después de tres horas conduciendo!
-Gracias, Cristóbal. Un gusto.
-Claro, jovencita. Buen viaje.
Gwen rodeo los ojos al pegar media vuelta a su auto. Quizás el hombre quería ser discreto con la información, ya que Gwen podría tratarse de alguien del gobierno o el municipio. Pero no lo era. Volvió al auto rojo. Era pequeño. Fue un regalo para sus veintiún años cuando terminó una carrera de enfermería auxiliar. No era para tanto, pero estaba agradecida. Aun así, el coche tenía problemas técnicos y costaba mucho repararlo, ¿Por qué no heredó las acciones del viñedo? Sería más útil. Habría sido una buena idea.
Siguió. Había un sol cálido a principios de junio. El calor era insoportable, no podía dejar de transpirar como un jugador de rugby. Era asqueroso. Gwen siempre tuvo muchas hormonas de joven, por lo tanto, era voluptuosa y su cabello era rojo intenso, natural y lacio. Su piel cicatrizaba rápido. Se enfermaba cada rara vez. Y comía sin engordar ¡Parecía magia!
Sintió un golpe fuerte en una rueda, ¡Puff! Se reventó al pasar por un pozo con piedras. Gwen frenó. Y maldijo. Ahora, no podía pasarle esto. Era abrumador este camino. No se terminaba más. Bajó del auto. Nunca tuvo que cambiar un neumático y no sabía cómo hacerlo. Lo peor es que no tenía señal en el teléfono para pedir un auxilio del pueblo o llamar a Arek. Tampoco estaba Cristóbal, se fue apenas dejaron de hablar. Totalmente sola...
No quedaba otra opción que arreglar el neumático pinchado. Buscó las herramientas. Nunca imaginó tener que sacar un gato y una rueda auxilio por su propia cuenta, ni la dificultad del peso del objeto en el baúl, donde demoró veinte minutos en destornillar el encastre del auxilio. Luego, bajarlo del interior fue mucho más pesado de lo que creía. Se ensució las manos. Era un trabajo duro, más bien para un hombre ágil y fuerte. Gwen no pesaba tanto, ni tenía tanta fuerza. Solo que esa media hora pasada en medio del campo de su abuelo fue una tortura, bajo los rayos del sol dañino quemando su piel delicada y de remera de tirantes con unos shorts hasta las rodillas y unas zapatillas, ya sucias de tierra.
—Nadie va a pasar por acá, ¡Qué porquería!—dijo en voz alta, agobiada con la tarea del intercambio de neumáticos en su auto rojo Sedan.—Mujer valiente, mujer que no se arrepiente, decía la abuela.
Por milagro y gracias al cielo, escuchó un vehículo a unos metros, golpeando la tierra y levantando el polvo junto pequeñas piedras que volaron en el aire. Se detuvo frente a ella, con motivo de darle una mano honesta. Se trataba de un hombre joven. Tenía barba negra, ojos oscuros como dos piedras volcánicas amaneciendo en un tormenta y su piel estaba levemente bronceada por la temporada de verano. Se miraron un momento, como hablando con sus ojos. Gwen obviamente le suplicaba que ayudé a cambiar la rueda con su triste y cansada imagen de estar casi dos horas ahí varada en medio del camino menos transitado de la carretera principal.
—Te conozco.—dijo él, mientras apagaba el motor de la Ford.
—¿Qué? ¿Dónde me viste?
—Soy Arek, tu tío, chiquita.
—¿Ah, qué…? Pero…Dios es benévolo
—Dios…¿Crees en la fe, Gwen? ¿No te parecen puras patrañas?
—¿Vas a venir a darme una mano con esto o qué?—dijo fastidiada del primer e inesperado encuentro con su heredero compañero.
Arek sonrió ladeadamente, descendiendo rápidamente como si algo lo impulsará a acercarse a la joven y mirarla como una mujer en apuros. Se inclinó hacia la rueda de auxilio, con gran habilidad masculina colocó el neumático en su lugar y reemplazó todo en cuestión de unos breves minutos. Su sonrisa no se borraba. Obviamente, estaba burlándose de Gwen por no ser suficientemente pueblerina para hacerlo por si misma. La chica de ciudad, así era.
—Te has alejado mucho de nosotros, Gwen, ¿Cuál fue el motivo?
—Me encargué de mis estudios, nomás. He venido a verlos algunas veces cuando tenía un poco de tiempo en mis turnos de trabajo y mis estudios universitarios, al igual que la prepa.
—Sí, es verdad. Pero el abuelo dijo que podrías mudarte con nosotros sin problemas, para que no tuvieras que seguir aguantando los maltratos verbales de tu madre ni el mal humor de tu padre en tu vida, ¿por qué no lo hiciste cuando te dimos esa posibilidad?
—Mujer valiente, nunca se arrepiente, ¿recuerdas eso?
—Eso no aplica.
Se quedó en silencio, decidió no hacer más comentarios. Gwen suspiró, apoyándose contra el auto.
—Lo siento mucho.
El sol ya se habia tragado por completo tras las cumbres de las sierras, dejando un rastro de tonos cobrizos y violetas que se extendían sobre los viñedos de Pétalos Blancos. La camioneta avanzaba por el camino de ripio con el suave ronroneo del motor aliviado por la carga que ya reposaba en la parte trasera. Sin embargo, apenas cruzaron la entrada principal de la granja, la atmósfera apacible que habían traído desde San Ignacio del Monte se disipó de golpe. Un vehículo extranjero, un sedán negro de alta gama y lunas polarizadas que contrastaba grotescamente con el polvo y las piedras del lugar, estaba estacionado justo frente al porche de la casa. Junto a él, un hombre de traje impecable y maletín de cuero esperaba con impaciencia, sacudiéndose una mota de polvo invisible de la solapa. Arek frenó en seco. Su mandíbula se tensó al instante, y la calidez que había compartido con Gwen minutos antes se transformó en una fría rigidez defensiva. —Vaya, parece que el señor Henn ha mandad
El amanecer trajo consigo un frío inusual para la época, escarchando levemente los bordes de las ventanas de la cocina. Gwen llevaba despierta desde las cinco de la mañana. Había descubierto la fecha exacta del cumpleaños de Arek unos días atrás, mientras revisaba los viejos contratos de sucesión durante sus sesiones de estudio nocturnas, aquellas que organizaba bajo el recordatorio. Sabía que él jamás lo mencionaría. Para un hombre acostumbrado a cargar con el peso del mundo en solitario, sumar años probablemente solo significaba contar el tiempo que llevaba luchando contra las deudas de su familia. Pero este año iba a ser distinto. El aroma a café fuerte, pan casero tostado en la plancha de hierro y mermelada de higos derretida llenaba cada rincón de la planta baja. En el centro de la mesa, Gwen había colocado un pequeño pastel rústico de manzanas, horneado en silencio durante la madrugada, coronado con una única vela blanca. Cuando escuchó los pasos pesados de Arek bajando la es
Dos semanas después, el paisaje de la parcela sur había cambiado de forma drástica. Lo que antes era un cementerio de zarzas impenetrables, ahora revelaba el trazado ordenado de las hileras de vides antiguas, respirando por fin bajo el sol de la tarde. El trabajo había sido brutal, dejando a Gwen y Arek con los músculos agotados y las manos curtidas por el roce constante de las herramientas, pero cada metro de esa tierra calcárea al descubierto era una declaración de guerra ganada contra el fantasma de Hann Colemman. Aquel miércoles, el viento soplaba fresco desde las sierras, trayendo consigo el aroma inconfundible de la tierra removida. Habían dejado la vieja camioneta estacionada cerca de la zanja de riego, con las puertas abiertas de par en par para que la música de la radio amenizara la jornada. Gwen estaba sentada en la compuerta trasera, quitándose los gruesos guantes de lona mientras bebía un sorbo largo de la cantimplora. Desde los parlantes gastados del vehículo comenzó a
El reloj de la computadora portátil de Gwen marcó exactamente las seis de la tarde cuando una pequeña alarma rompió el silencio de la cocina. Era su recordatorio programado, una regla inquebrantable que se había autoimpuesto para devorar los viejos manuales de vitivinicultura y los registros de la granja antes de que el invierno les cayera encima. La mesa de madera maciza estaba sepultada bajo una montaña de libretas gastadas, mapas topográficos del valle y tomos pesados sobre acidez del suelo y poda de sarmientos. Gwen se frotó los ojos cansados, estirando la espalda hasta que las vértebras crujieron sutilmente, pero no apartó la vista de la pantalla. Estaba descifrando las anotaciones marginales que el abuelo de Arek había dejado en los bordes de un libro de enología de los años setenta; apuntes crípticos sobre la composición del terreno que Colemman había despreciado deliberadamente durante su supuesta gestión. La puerta mosquitera rechinó sobre sus bisagras, anunciando la entrad






Bienvenido a Goodnovel mundo de ficción. Si te gusta esta novela, o eres un idealista con la esperanza de explorar un mundo perfecto y convertirte en un autor de novelas originales en online para aumentar los ingresos, puedes unirte a nuestra familia para leer o crear varios tipos de libros, como la novela romántica, la novela épica, la novela de hombres lobo, la novela de fantasía, la novela de historia , etc. Si eres un lector, puedes selecionar las novelas de alta calidad aquí. Si eres un autor, puedes insipirarte para crear obras más brillantes, además, tus obras en nuestra plataforma llamarán más la atención y ganarán más los lectores.