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2. La cena

last update publish date: 2026-03-24 09:55:41

El comedor de la finca conservaba el olor a madera vieja y tabaco que Gwen recordaba de su abuelo. Arek había servido una cena sencilla: pan casero, queso casero y, por supuesto, una botella de tinto de Pétalos Blancos. El silencio era denso, interrumpido solo por el crujir de las ramas de la galería abierta, donde un perro gigante estaba recostado observándolos desde la entrada de la puerta.

—No esperabas que el "tío" supiera cocinar, ¿verdad? —soltó Arek, rompiendo el hielo con una sonrisa ladeada mientras llenaba su copa.

Gwen observó sus manos, las de un hombre que no se había ido nunca de la casa de campo para cuidar a Jonas en su enfermedad. No podía juzgar que el joven tuviera sus remordimientos, que incluso intuyera que sus habilidades de ciudad fuesen a abrir problemas en Pétalos blancos.

Arek estaba soltando su certeza a las primeras impresiones propias de la joven ciudadana de San Francisco. Por el encuentro en las hectáreas no había sido todo lo que el muchacho tenía en su mente de los Dupont; pero Gwen era parte del testamento y por lo que, Arek estaba analizándola desde sus perspectivas. Quizás se equivocará, pero las primeras ideas eran aquellas, en una noche fresca de verano.

—Esperaba muchas cosas, pero no que fueras tan eficiente con una rueda de auxilio y una cocina al mismo tiempo —respondió ella, tratando de mantener la compostura tras el agobiante viaje.—Es el queso de Jonas, lo recuerdo.

—En el campo, o eres eficiente o te mueres de hambre —Arek dejó la botella sobre la mesa de forma natural. Solo era objetivo en los comentarios mundanos de la joven. La tensión se sentía entre las brisas veraniegas y los crujidos de los árboles, pronto habría una tormenta eléctrica sobre la zona, pero era lo que ellos estaban ignorando con sus despectivos comentarios familiares.—. Tu abuelo me enseñó todo porque sus propios hijos no quisieron estar aquí cuando el cáncer apretó. Y ahora, apareces tú con tu título de enfermería bajo el brazo para administrar lo que otros sudamos.

Gwen sintió el aguijón del reproche. No era solo dinero; era el tiempo que ella no estuvo.

—Pasé mis pruebas de cuidados intensivos mientras él enfermaba, Arek. El miedo me paralizó, sí, pero no fue desinterés. Si Jonas me dejó el cincuenta por ciento, es porque creía que mi "lógica de ciudad" podía aportar algo que tú no tienes.

Arek se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros como piedras volcánicas brillando bajo la luz tenue. Allí encontró una verdad en la mirada cansada de la joven, cuestionándose si Gwen era justo lo que él creía que podría convertirse viviendo bajo tantos años bajo el mismo techo de sus padres opresores de ideas y actitudes filántropas, discutiendo por la herencia injusta de Jonas.

—¿Y qué es eso que tengo que aprender de ti? ¿A usar shorts en un campo de espinas? —se burló, fijando la vista en sus piernas arañadas por el incidente del neumático.

—A tener paciencia y a ver más allá de lo que tienes enfrente —replicó Gwen, recordando la frase de su abuela—. "Mujer valiente no se arrepiente". He venido a trabajar, no a ser una invitada. Si vamos a ser socios, vas a tener que dejar de llamarme "chiquita".

Arek guardó silencio un momento, evaluando la determinación en la mirada de su sobrina política. Finalmente, levantó su copa en un brindis silencioso.

—Está bien, socia. Mañana a las cinco de la mañana empezamos. Veremos si esa valentía sobrevive al primer turno en los viñedos.

Arek dejó la copa sobre la mesa de madera rústica y se recostó en la silla, observando a Gwen con una mezcla de curiosidad y fastidio.

—Dime una cosa, Gwen —comenzó Arek, su voz bajando de tono—. ¿Qué piensas hacer con tu cincuenta por ciento? ¿Venderlo en cuanto te canses del olor a abono o intentar que estas tierras den el triple para pagar tus deudas de la ciudad?.

—No vine a vender nada, Arek. Vine porque necesito esto tanto como el campo me necesita a mí. Sé que piensas que soy una aparecida, pero el abuelo Jonás insistió en que yo estuviera aquí.—Se defendió a pinzas, apretó las manos en los cubiertos.

—Jonás insistió en muchas cosas porque era un hombre de fe, una fe que yo no comparto. Él creía en la redención; yo creo en los resultados. Él murió mientras yo le limpiaba el sudor de la frente, mientras tus padres discutían por departamentos en la ciudad.

—¡Yo estaba estudiando! —estalló Gwen, su mirada gélida por un segundo se impactó en las actitudes defensivas de Arek. Mal día para dos cabezas huecas, diría Jonas ahora.—. Sé lo que es un cáncer de estómago, Arek. Sé lo que es ver a alguien marchitarse. No creas que mi ausencia fue por falta de amor, fue por cobardía. Al menos tengo la honestidad de admitirlo.

Arek se quedó en silencio, sorprendido por la franqueza del golpe. No esperaba que ella usara su propia vulnerabilidad como arma.

—La cobardía no cosecha uvas, "chiquita" —respondió él finalmente, aunque su tono ya no era tan agresivo—. Mañana veremos si esa "razón pura" de la que tanto te enorgulleces te sirve para levantar cajones de veinte kilos bajo el sol.

—Entonces, deja el vino que ya mañana habrá mucho trabajo, Arek. ¡Qué descanses!

Se levantó de la silla, rodeando la mesa y la habitación, saliendo directamente hacia su cuarto de dormir. Allí, estaban sus maletas. Se vistió para meterse en la cama. Más pensar en Arek ahora le daba dolor de cabeza, más de lo que sus padres podrían generarle. Recibió una llamada de su hermana hace media hora. No quiso responderle, estaba agotada del calor y la carretera, más la dificultad de conocer al Arek adulto, que no mentían de su mal humor los pueblerinos, ni Derek. Su hermano había tenido una charla con Arek hace un tiempo, debía preguntarle más sobre aquel encuentro y el motivo de ello.

Durante la tormenta eléctrica, se oían diferentes ruidos. Los golpes de las ramas sobre las ventanas de la habitación. Las fuertes pisadas de Arek en su habitación, los ladridos de los perros contra los truenos y la naturaleza actuando como si misma. Era imposible dormir de esa forma. Logró descansar, concretamente su cuerpo, solamente que su mente estaba tan a la deriva en un mundo que apenas recordaba, pensando en los errores y las certezas que todo estaba siendo cada más real, más miedo, más dudas de la herencia de Jonas le correspondía poder levantarse mañana y desempeñar las tareas de las tierras.

La tormenta se calmó. Ella logró dormirse entre sus derivados pensamientos intrusivos del error que creía estar viviendo en esta etapa, en este camino que no sabía que esperar. 

Cuando se despertó, un gruñido a unos centímetros de su cama la hizo despabilarse lo más rápido. Arek la estaba esperando en la cocina para empezar con las tareas, imaginando que Gwen iba a quedarse dormida, envío a su perro guardián a esperarla del otro lado del dormitorio. El perro estaba recostado contra el umbral, con una postura firme y obediente a su amo. Gwen no tenía temor, pero la apariencia mórbida del animal, cazador de alimañas y quién peleaba contra los zorros en el corral de las gallinas, le hacía cuestionarse cuánta lealtad y razonamiento sentimental de calma tenía ese perro para vigilarla.

—Lindo perrito…

—¿Qué haces?—intervino Arek, buscándola directamente tras ver que no llegaba a horario.— A las cinco o seis tienes que estar terminando de desayunar o en ello, Gwen. Ya no es la ciudad.

—No pidas peras al olmo, Arek, ¡Amo dormir!

—Pereza, no, jamás. Date una ducha rápida y baja, ya no tienes tiempo del desayuno, vendrás a ayudarme al gallinero.

—¡Puff, en serio!

—Más vale, ¿qué te crees que harás todo el día, chiquita? ¿Dormir? ¡No, aquí trabajas o te vuelves a tu casa!

—No seas tan odioso, tío.

—Entonces, toma la responsabilidad, Gwendoline. No estamos jugando. Te veo en cinco minutos en la galería, ¡Rápido, alístate!

El joven salió, junto a un silbido dirigido al perro. Se llamaba Owen, era un perro alemán de unos cinco años, el último que rescato de la calle. Solo que pocos sabían que el perro siempre había estado en el campo, Arek pudo ver eso, era el perro de una plaza de Sonoma, frente a la iglesia donde lo alimentaban y lo dejaban dormir dentro de la parroquia. Pero esa historia es otra.

Gwen se duchó rápido, se vistió con un mameluco gris y unas botas de trabajo que estaban en el armario, suponiendo que Arek haya preparado un par de atuendos, toallas y demás para recibirla con comodidad. Era muy atento, pero un gruñón de categoría, solamente comprendía el peso de la enfermedad de Jonas y más el trabajo extra del campo y los empleados. Estaba exhausto. 

En la galería de la casa, la esperaban Arek y Owen, mirándola con apremio. Gwen se hundió de hombros, tendría que mejorar en sus tiempos de baño y de descanso. Era cierto que era perezosa, algo podría causarle muchos gritos de su tío por las mañanas, o críticas por la demora de sus tareas lentas.

—¿Por dónde empezamos?—preguntó ella, acercándose, mientras se trenzaba el cabello húmedo y rojo intenso, brillando bajo los débiles rayos de sol que escapaban entre las nubes del día tormentoso.

—Anoche, aparecieron unos zorros más grandes, otra especie. Rompieron los corrales. Owen logró ahuyentarlos durante la tormenta de anoche, —le explicó mientras bajaban la ladera de la cima de la casa, donde allí se ubicaba debido a la protección de sismos.—Mira, anoche fue un caos. Owen casi sale herido, pero lo resolvió como buen guardián. Tenemos que poner otras cercas a las gallinas, reparar algunos huecos del terreno y asegurarnos que no falten ninguna gallina o no estén heridas, pero hemos perdido tiempo; dividiremos tareas ahora.

—¿Dónde me necesitas?

—Tenemos quince gallinas, y un gallo. Cuenta, revisa sus nidos y también que ninguna esté sangrando o con patas rotas.

Gwen se detuvo frente a la entrada del gallinero. El olor era fuerte, una mezcla de paja húmeda, tierra removida por la tormenta y el inconfundible aroma acre de las aves. Arek se quedó un momento observándola, esperando verla arrugar la nariz o dudar, pero Gwen simplemente se ajustó las mangas del mameluco gris y entró.

El caos era evidente. El cercado de madera estaba astillado y las aves, usualmente ruidosas, se amontonaban en un rincón, todavía inquietas por el ataque de los zorros.

—No se van a quedar quietas para que las cuentes como si fueran pacientes en una sala de espera —soltó Arek desde la puerta, cruzándose de brazos—. Si no sabes cómo sujetarlas, mejor apártate.

Gwen no respondió. Sus ojos, acostumbrados a escanear monitores y detectar anomalías en segundos, recorrieron el grupo. Notó a una gallina de plumaje canela que permanecía apartada, con el ala caída y una mancha oscura extendiéndose por sus plumas.

—Esa está herida —dijo Gwen con una calma profesional que descolocó a Arek.

Se acercó despacio, bajando su centro de gravedad. No hizo movimientos bruscos. Con una mano firme pero suave, rodeó el cuerpo del ave, inmovilizando las alas contra sus costados para evitar que se lastimara más. La gallina soltó un cacareo débil, pero se quedó quieta bajo el contacto experto.

—Tráeme el botiquín que dejaste en la galería —ordenó ella sin mirar atrás—. Y agua limpia. Ahora, Arek.

El hombre parpadeó, sorprendido por el tono de autoridad. Sin rechistar, fue por los suministros. Cuando regresó, encontró a Gwen sentada en un taburete bajo, con la gallina sobre su regazo.

—Tiene un desgarro profundo en el muslo y el ala está dislocada —diagnosticó ella mientras limpiaba la sangre con una gasa—. El zorro la alcanzó, pero Owen llegó a tiempo.

—Es solo una gallina, Gwen. Si no sobrevive, irá a la olla. En el campo no perdemos tiempo con...

—En mi mundo, nada se descarta si puede sanar —lo cortó ella, fijando sus ojos rojos y decididos en los de él—. El abuelo Jonás no te enseñó a rendirte, ¿o sí?

Arek guardó silencio, observando cómo las manos de Gwen, esas que él juzgaba de "ciudadana fina", se movían con una precisión quirúrgica entre el plumaje sucio. Con un movimiento seco y certero, Gwen reacomodó el ala en su sitio. El ave soltó un chillido sordo, pero inmediatamente después pareció relajarse.

Por primera vez esa mañana, la mirada de Arek perdió un poco de su dureza volcánica. Al verla aplicar un vendaje improvisado con la misma seriedad con la que trataría a un humano en cuidados intensivos, comprendió que la "lógica de ciudad" de su socia venía acompañada de una voluntad de hierro.

—Cinco minutos —gruñó él, aunque esta vez sin rastro de burla—. Termina con eso. Owen y yo estaremos reforzando la valla exterior. Si de verdad quieres ser útil, después de las gallinas tendrás que ayudarme a cargar los postes de madera. Pesan más que tus libros de medicina.

Gwen esbozó una sonrisa mínima mientras soltaba al ave en un nido limpio.

—Trae los postes que quieras, "tío". Pero no te quejes si termino el trabajo antes que tú.

 

La mañana avanzaba y el sol de verano empezaba a castigar la nuca. El barro de la tormenta se pegaba a las botas de Gwen, dándoles un peso al que no estaba acostumbrada. Arek ya había arrastrado tres postes de pino tratado hasta la zona del desastre, moviéndose con una soltura que delataba años de repetición.

—Sujeta este —ordenó Arek, señalando un poste que estaba a medio enterrar—. Tienes que mantenerlo recto mientras yo golpeo con la maza. Si se inclina un centímetro, la cerca cederá con el próximo viento fuerte.

Gwen asintió, hundiendo las manos en la madera rugosa. Sintió el impacto de la maza en sus hombros con cada golpe que Arek propinaba. El sonido era rítmico, rompiendo el silencio del valle de Sonoma.

—El abuelo decía que tú tenías un instinto natural para esto —soltó Gwen entre golpe y golpe, tratando de ignorar el sudor que le bajaba por la frente—. Decía que Pétalos Blancos sobrevivió a la última sequía gracias a que tú encontraste una filtración en el sistema de riego que nadie más veía.

Arek se detuvo un segundo, apoyando la maza en el suelo. Se limpió el sudor con el antebrazo, dejando una mancha de tierra en su frente. Sus ojos oscuros buscaron los de Gwen, analizando si lo decía con sarcasmo o con respeto.

—Jonás hablaba demasiado —respondió él, aunque su voz había perdido el filo—. Él creía que el campo era un organismo vivo. Decía que si escuchabas con atención, la tierra te decía lo que necesitaba. Yo solo usé la lógica. No hay magia en las tuberías rotas.

—Para él, sí la había —insistió Gwen, reforzando su agarre en el poste—. Por eso dejó escrito que Arek era "el alma del viñedo" y que yo debía ser "la estructura que lo mantuviera en pie". ¿Alguna vez te dijo por qué nos quería a los dos juntos en esto?

Arek retomó el trabajo, pero sus golpes eran menos agresivos.

—Él sabía que yo soy un ermitaño, Gwen. Sé cuidar la uva, pero no sé lidiar con los bancos, ni con los inspectores, ni con la gente que quiere comprarnos por piezas. Supongo que pensó que una enfermera de cuidados intensivos sabría cómo mantener un negocio moribundo con soporte vital.

Gwen soltó una risa seca, sorprendida por la metáfora.

—Bueno, al menos admites que me necesitas para algo más que para curar gallinas.

—Dije que eso fue lo que él pensó. Yo todavía estoy esperando a ver si aguantas una semana sin llamar a un taxi para que te lleve de vuelta a San Francisco —Arek terminó de asegurar el poste y le tendió una mano a Gwen para ayudarla a levantarse del suelo embarrado—. El siguiente tramo es el más difícil. Hay que estirar el alambre de espino.

Gwen aceptó la mano de Arek. Por un instante, el contacto fue firme y carente de hostilidad. Owen, el pastor alemán, se acercó trotando y se sentó entre ambos, observándolos con sus ojos inteligentes, como si aprobara la tregua momentánea.

—No habrá taxis, Arek. Ya vendí mi coche en la ciudad para pagar parte de los traslados —confesó ella, bajando la guardia—. Estoy en esto hasta el final.

Arek la miró en silencio por un largo momento. La brisa soplaba trayendo el olor a tierra mojada y a vid fresca.

—Entonces más vale que te pongas los guantes de cuero —dijo él, dándose la vuelta para buscar el rollo de alambre—. Si te cortas con el espino, no habrá nadie que te cure a ti.

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    La oscuridad se asentó sobre las sierras, pero el ambiente en la granja seguía cargado con la electricidad del encuentro de esa tarde. Gwen había insistido en sacar una pequeña mesa de madera al patio, iluminada por dos faroles de aceite de queroseno, colocándola justo debajo de la bóveda de hojas rojizas del antiguo arce japonés. Había preparado un guiso rústico con las verduras de la huerta, buscando ofrecer un momento de tregua, pero el hombre sentado frente a ella apenas había tocado su plato. Arek sostenía el tenedor con una tensión contenida, trazando surcos invisibles sobre la madera de la mesa. Su mirada estaba clavada en la negrura del campo, en dirección a la entrada principal por donde Colemman había desaparecido horas atrás. La calidez y la complicidad que habían compartido durante la mañana parecían haber sido sepultadas bajo una avalancha de recuerdos amargos y la amenaza inminente sobre sus cabezas. —Vas a quebrar el tenedor —murmuró Gwen, rompiendo el espeso silencio

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  • Pétalos blancos   3. Guiso de arroz

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