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4. El campo

last update Date de publication: 2026-09-16 11:56:01

El despertador sonó a las cinco y media de la mañana. Gwen no necesitó posponerlo; el hábito de sus turnos en el hospital seguía intacto. Se calzó unos pantalones resistentes, se abrigó bien contra el frío cordillerano y salió al pasillo. El aroma a café recién colado ya recorría la casa.

En la cocina, Arek llenaba un termo de metal mientras Owen dormitaba cerca de la salamandra encendida. Sobre la mesa había dos tazas humeantes y un par de botas de cuero gastado, pero en perfecto estado.

—Son de mi hermana. Tienen un par de usos, pero son tu talle —dijo Arek sin rodeos, señalando el calzado—. El pasto está lleno de escarcha; te van a servir más que las tuyas.

Gwen se probó las botas. Le calzaban perfectas.

—Gracias, Arek. Todo un detalle.

—Son para que trabajes cómodo, no para hacerte un favor —respondió él con una media sonrisa dibujada a regañadientes mientras le pasaba una taza de café caliente.

A las seis en punto, el aire limpio de la mañana les golpeó la cara al cruzar el umbral. El cielo apenas empezaba a teñirse de un azul claro sobre las crestas de las sierras. Cloé cacareó despacio desde su rincón en la galería, observándolos partir.

Caminaron hacia el potrero norte bordeando el arce japonés, cuyas hojas rojas aún conservaban gotas de rocío congelado. Owen abría paso corriendo entre los yuyos altos. La tarea del día era dura: reponer los postes de madera que la última tormenta había podrido y tensar el alambre de púa para evitar que los terneros cruzaran al cañadón.

Arek agarró la masa de hierro para clavar las estacas con una destreza aprendida a la fuerza tras años de trabajo duro. Gwen, lejos de quedarse como mera espectadora, tomó la palanca para tensar los cables y fue sujetando cada tramo con alambre galvanizado.

—Tienes fuerza en los brazos —comentó Arek, secándose el sudor de la frente con la manga del pulóver a pesar del frío.

—Trata de mover a un paciente de noventa kilos de una camilla a otra durante diez horas seguidas y después me cuentas —respondió Gwen, ajustando la última vuelta del alambre con un alicate.

Arek se la quedó mirando unos segundos, sorprendido por la efectividad y el temple de la chica. La frialdad con la que solía protegerse empezaba a ceder terreno, poco a poco, frente al trabajo en equipo.

Al mediodía, el viento del norte comenzó a soplar con fuerza, trayendo un aire helado desde los picos de las sierras. Arek sostenía el último poste de quebracho para alinearlo con el cerco, mientras Gwen apoyaba todo su peso contra la barra de hierro para hacer palanca y fijarlo bien en la tierra.

—Sostenlo un segundo más ahí —pidió Arek, hincando una rodilla en el suelo para asegurar la base con piedras.

De pronto, la tierra floja cedió bajo las botas de Gwen. Perdió el equilibrio y la barra de hierro estuvo a punto de golpearla, pero Arek reaccionó en una fracción de segundo: soltó el poste, la sujetó firmemente de la cintura y la trajo hacia sí para protegerla del impacto.

El golpe de la caída los dejó a ambos sobre el pasto seco, con Gwen atrapada sobre el pecho de Arek. Owen corrió hacia ellos latiendo la cola, creyendo que era un juego.

Por un instante, el ruido del viento y el murmullo lejano de las sierras parecieron desaparecer. Gwen tenía las manos apoyadas en los hombros de Arek; podía sentir la respiración agitada de él contra su rostro y el calor que emanaba de su cuerpo a pesar del frío implacable de la mañana.

Arek no la apartó. La miró a los ojos, deteniéndose en los pequeños destellos dorados que el sol sacaba de su mirada. Le apartó con delicadeza un mechón de pelo suelto que el viento le había atravesado en la cara. Su mano, áspera por el trabajo de la tierra, rozó la mejilla de Gwen con una suavidad imprevista.

—¿Estás bien? —preguntó él, con la voz más baja de lo habitual, perdiendo por un segundo esa armadura de hombre distante.

—Sí... estoy bien —murmuró Gwen, sin retirar la mirada ni romper la cercanía—. Tienes buenos reflejos.

—Con la gente terca hay que estar atento —respondió él, intentando recuperar su tono sarcástico, aunque el leve temblor en su voz delató la tensión.

Gwen esbozó una sonrisa pequeña, sincera. Ninguno de los dos se movió de inmediato. Arek sintió cómo la presencia de la joven desarmaba esa soledad a la que se había acostumbrado a la fuerza. Por primera vez en mucho tiempo, no tuvo ganas de alejarse.

Se incorporaron despacio, acomodándose la ropa y sacudiéndose el barro de los pantalones. Cuando sus manos volvieron a cruzarse al recoger las herramientas de la tierra, Arek no retiró la suya: la sostuvo un segundo extra antes de volver al trabajo, dejando en el aire una promesa silenciosa que ambos entendieron sin necesidad de decir nada más.

La tarde cayó rápido sobre la granja y, con el viento helado soplando afuera, la cocina volvió a convertirse en el único refugio cálido. Gwen preparó unos pastelitos de hojaldre caseros para acompañar lo que había quedado del guiso, mientras el aroma a manzana y canela invadía la estancia. Owen dormía plácidamente estirado frente a la salamandra, con Cloé acomodada a unos metros, como si llevara toda la vida viviendo allí.

Arek entró a la cocina secándose el pelo húmedo tras una ducha caliente. Ya no vestía las ropas pesadas del campo; llevaba un suéter oscuro que acentuaba el tono severo pero atrayente de sus facciones. Gwen se giró al oírlo llegar y le tendió una taza de té humeante.

Al tomar la taza, los dedos de Arek rozaron los de Gwen. Ninguno de los dos retiró la mano de inmediato. La mirada de Arek descendió por un segundo a los labios de ella antes de volver a encontrarse con sus ojos. Había una electricidad sutil flotando en el ambiente, esa clase de tensión contenida que surge cuando dos personas intentan resistirse a algo que ya es inevitable.

—El trabajo en el potrero quedó impecable —dijo él con la voz grave, rompiendo el silencio sin romper el contacto visual—. Hacía tiempo que no lograba avanzar tanto en un solo día.

—Te dije que los Dupont no aflojamos fácil —respondió Gwen con una sonrisa pequeña, inclinando levemente la cabeza.

Arek dio un paso más hacia ella, reduciendo el espacio entre los dos hasta que el calor de su presencia se volvió casi palpable.

—Lo he notado —murmuró, bajando aún más el tono de voz—. Y creo que me estoy acostumbrando demasiado a tenerte cerca.

Gwen sostuvo la mirada sin pestañear, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso en el pecho. Por un instante, pareció que Arek rompería la distancia para besarla, pero de pronto él pareció tomar conciencia del momento y exhaló un suspiro lento, esbozando una sonrisa a medio camino entre la rendición y el alivio.

—Llevas dos días encerrada trabajando como si llevaras años aquí —comentó él, apartando la mirada con elegancia para suavizar la atmósfera—. Y hoy casi te aplasta un poste de quebracho. Mañana no vamos a tocar una sola herramienta.

—¿Ah, no? ¿Y qué sugiere el capataz? —bromeó ella, aliviando la tensión con ligereza.

—Mañana bajamos al pueblo. Cenamos algo en la fonda, tomamos una cerveza y nos despejamos un poco. Te vendrá bien ver algo de gente y a mí... me vendrá bien salir de esta casa contigo.

Gwen sintió un tibio entusiasmo en el pecho. Le sostuvo la mirada, esta vez con una complicidad distinta, más íntima.

—Acepto la propuesta, Arek. Pero paga el que perdió el equilibrio en el potrero.

Arek dejó ir una carcajada limpia, de esas que no soltaba a menudo, y le sirvió un poco de vino en la copa. La noche avanzó entre charlas más distendidas, pero la promesa implícita de la excursión al pueblo al día siguiente dejó flotando en el aire la certeza de que algo entre ellos había cambiado para siempre.

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  • Pétalos blancos   8. Cena en el arce japonés

    La oscuridad se asentó sobre las sierras, pero el ambiente en la granja seguía cargado con la electricidad del encuentro de esa tarde. Gwen había insistido en sacar una pequeña mesa de madera al patio, iluminada por dos faroles de aceite de queroseno, colocándola justo debajo de la bóveda de hojas rojizas del antiguo arce japonés. Había preparado un guiso rústico con las verduras de la huerta, buscando ofrecer un momento de tregua, pero el hombre sentado frente a ella apenas había tocado su plato. Arek sostenía el tenedor con una tensión contenida, trazando surcos invisibles sobre la madera de la mesa. Su mirada estaba clavada en la negrura del campo, en dirección a la entrada principal por donde Colemman había desaparecido horas atrás. La calidez y la complicidad que habían compartido durante la mañana parecían haber sido sepultadas bajo una avalancha de recuerdos amargos y la amenaza inminente sobre sus cabezas. —Vas a quebrar el tenedor —murmuró Gwen, rompiendo el espeso silencio

  • Pétalos blancos   7. Hann Colemman

    El sol de la tarde comenzaba a teñir de cobre las laderas de las sierras cuando la paz del valle se hizo añicos. Owen, que hasta entonces había estado dormitando bajo el alero de la galería, se puso de pie de un salto. Sus ladridos ya no eran los reclamos juguetones de la mañana, sino un aviso gutural, defensivo, con el lomo erizado y los colmillos al descubierto.Por el camino de entrada, levantando una densa nube de polvo que asfixiaba el aroma a tierra húmeda, avanzaba una camioneta SUV negra y reluciente, una máquina costosa y completamente ajena a la aspereza del campo.Gwen sintió que la atmósfera cambiaba en un latido. A su lado, Arek se petrificó. La expresión relajada y cálida que había llevado todo el día desapareció como si se la hubieran arrancado de cuajo. Su mandíbula se tensó hasta marcarse con fuerza bajo la piel curtida, y dejó caer el rollo de alambre con un golpe sordo contra la tierra.El vehículo se detuvo a pocos metros del arce y la puerta del conductor se abrió

  • Pétalos blancos   6. Huevos frescos

    A la mañana siguiente, el sol despuntó sobre las sierras bañando el valle de un dorado nítido y prometedor. Gwen despertó antes de que sonara su alarma. Se quedó un momento envuelta en las sábanas gruesas, escuchando el canto lejano de los gallos y el crujido familiar de las maderas de la casa. Por primera vez en meses, no sintió el peso de la ansiedad oprimiéndole el pecho al abrir los ojos. En su lugar, el recuerdo del beso en la fonda y la calidez de la mano de Arek le arrancaron una sonrisa genuina, de esas que nacen solas en la penumbra de la habitación.Cuando bajó a la cocina, el aroma a café recién filtrado y a leña encendida ya inundaba la planta baja. Arek estaba de pie frente a la vieja cocina de hierro, acomodando la pava con la misma concentración tranquila que aplicaba a todo. Llevaba su habitual camisa de franela a cuadros, con las mangas arremangadas hasta los codos, dejando a la vista los antebrazos marcados por el trabajo de campo. Al escuchar sus pasos en el umbral,

  • Pétalos blancos   5. Un descanso

    El aire del atardecer en San Ignacio del Monte olía a leña quemada, tierra húmeda y al azahar de los naranjos que custodiaban la plaza principal. Arek estacionó la camioneta cerca de la estación de tren en desuso, cuya fachada de ladrillo visto y tejas rojas evocaba los años dorados del valle.Al bajar, el contraste del pueblo envolvió de inmediato a Gwen. San Ignacio era un cruce fascinante de dos mundos: a pocos metros, un par de paisanos con boina, bombacha de campo y botas empolvadas conversaban apoyados en la caja de una camioneta gastada, ajenos al movimiento de la calle. Al mismo tiempo, familias de turistas y visitantes urbanos paseaban sin prisa por los adoquines de la avenida central, curioseando en los puestos de la feria artesanal.El murmullo de la gente se mezclaba con los acordes lejanos de un rasguido doble que salía del anfiteatro de la plaza. Los puestos de la feria exhibían desde mantas de lana tejidas en telar y cuchillos de cabo de guampa hasta piezas de cerámica

  • Pétalos blancos   4. El campo

    El despertador sonó a las cinco y media de la mañana. Gwen no necesitó posponerlo; el hábito de sus turnos en el hospital seguía intacto. Se calzó unos pantalones resistentes, se abrigó bien contra el frío cordillerano y salió al pasillo. El aroma a café recién colado ya recorría la casa.En la cocina, Arek llenaba un termo de metal mientras Owen dormitaba cerca de la salamandra encendida. Sobre la mesa había dos tazas humeantes y un par de botas de cuero gastado, pero en perfecto estado.—Son de mi hermana. Tienen un par de usos, pero son tu talle —dijo Arek sin rodeos, señalando el calzado—. El pasto está lleno de escarcha; te van a servir más que las tuyas.Gwen se probó las botas. Le calzaban perfectas.—Gracias, Arek. Todo un detalle.—Son para que trabajes cómodo, no para hacerte un favor —respondió él con una media sonrisa dibujada a regañadientes mientras le pasaba una taza de café caliente.A las seis en punto, el aire limpio de la mañana les golpeó la cara al cruzar el umbra

  • Pétalos blancos   3. Guiso de arroz

    Descansaron bajo de un arce japonés donde el atardecer caía desde las sierras pintando todo de un rojo pasión como un volcán en erupción. El perro olfateaba las manos de su dueño convidándole pan casero y queso azul. Arek le gustaba mucho este sitio del campo. No hizo cambios en el lugar, lo aceptó tal cual era. Eso si cuidaba al arce japonés siendo su dueño. Lo plantó allí a los trece años, un recuerdo que cambio todo en su rebeldía.—Estuviste sobresaliente, pensé que hoy ibas a renunciar. —dijo Arek. Gwen tragó su comida con un vaso de té frío. Lo miró con una sonrisa orgullosa y llena de fe.Gwen no tenía que demostrar nada, estaba en su sangre ser leal y servicial. Era enfermera. Ayudó a esa gallina, que descansaba en sus piernas como reposo, aun no estaba recuperada al cien.—Soy una Dupont, claro. No voy a renunciar tan rápido ni nunca lo haré.— Veras que solo fue un precalentamiento. —le dijo Arek acariciando la cabeza de su perro.—¿Acaso quieres alejarme, Arek? No entiendo

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