로그인El vino tinto goteaba de la barbilla de Amanda, empapando la seda blanca de su blusa y tiñendo su piel. El restaurante quedó en un silencio sepulcral. Todos los ojos estaban puestos en la escena. Verónica, con la copa vacía aún en la mano y una sonrisa triunfal y desquiciada, temblaba de adrenalina.
Dante se puso de pie y su rostro no mostraba ira, sino algo mucho peor.
—¿Qué demonios hiciste, Verónica? —dijo Dante con voz fría.
Verónica ni lo miró; se encaró directamente con Amanda.
—Te lo mereces, perra—gritó Verónica fuera de sí—. Puta de m****a ¿Creíste que podías venir a quitarme a Dante? Él es mío. Eres solo una distracción barata!
Amanda no lloró. Tampoco dudó. La rabia por la humillación de Julián y este nuevo circo se le juntaron en el pecho. Dio un paso al frente y le cruzó la cara a Verónica con una bofetada seca que resonó en todo el restaurante.
Verónica se agarró la mejilla, aturdida.
—A mí me respetas, desquiciada —le dijo Amanda sin levantar la voz, pero con tono firme—. No soy la perra de nadie.
Amanda tomó su bolso de la mesa y caminó hacia la salida sin mirar atrás.
—¡Verónica, lárgate de aquí! —ordenó Dante a gritos antes de salir corriendo tras Amanda.
La alcanzó en la acera. La tomó del brazo para detenerla.
—Amanda, espera. Déjame explicarte —pidió él.
—No hay nada que explicar, Vance —respondió Amanda zafándose del agarre—. Tu ex amante me acaba de tirar una copa de vino en la cara en un restaurante lleno de gente.
—Está loca, no volverá a pasar —aseguró Dante con desesperación.
—Claro que no va a volver a pasar, porque se acabó —sentenció Amanda mirándolo a los ojos—. Cancelo la boda.
—No puedes hacer eso, piensa en tu fábrica —insistió Dante.
—Prefiero perder la fábrica antes que aguantar tus dramas y que me sigan humillando en público —dijo Amanda tajante—. Búscate a otra. Yo no me me caso contigo.
Amanda le dio la espalda, se subió al primer taxi que pasó y dejó a Dante parado solo en la acera.
Verónica salió apresurada detrás de Dante, alcanzándolo en la acera justo después de que el taxi de Amanda se perdiera de vista. Con la mejilla todavía enrojecida por la bofetada y las lágrimas arruinándole el maquillaje, intentó agarrarlo del saco para atraerlo hacia ella e intentó besarlo en los labios de manera desesperada.
Dante la frenó en seco. Le sujetó las muñecas y la apartó de un empujón, suave, sin intención de hacerle daño o mandarla al piso.
—No me vuelvas a tocar —sentenció Dante, con tanto desprecio que la hizo temblar.
—Dante, por favor —suplicó Verónica, quebrándose por completo—. ¿Por esa muerta de hambre me dejaste? Llevo meses esperando a que vuelvas conmigo. Me entregué a ti en cuerpo y alma, hice todo lo que me pediste... ¿y me cambias por una cualquiera que ni siquiera te soporta? Nunca me quisiste.
—Nunca fuiste más que una compañía pasajera, Verónica. Tú sola te llenaste la cabeza de fantasías —respondió Dante sin un solo rasgo de piedad en el rostro—. Y te lo voy a dejar bien claro: si te vuelves a acercar a Amanda Esola o intentas montar otro espectáculo, me voy a encargar personalmente de destruir a tu familia en los negocios. Haré que no vuelvas a conseguir un solo centavo en esta ciudad.
—Eres un desalmado —chilló ella, llorando con rabia—. Te vas a arrepentir de tratarme así.
—Lárgate —ordenó él, dándole la espalda.
Dante sacó su teléfono celular mientras caminaba hacia su auto. Marcó el número de su asistente personal con la mandíbula apretada.
—Averigua a dónde se fue Amanda Esola —mandó Dante en cuanto contestaron—. Y quiero al equipo legal en mi oficina a primera hora de la mañana. Esto no se va a quedar así.
Amanda se limpió las lágrimas de rabia antes de bajarse del taxi. No tenía su auto; la falla mecánica de la semana pasada fue otro gasto que no pudo cubrir, obligándola a moverse en transporte público o taxis que apenas podía pagar.
Llegó a la entrada de su edificio. Su apartamento era lo único propio que le quedaba, pero la administración era tan alta que ya estaba considerando ponerlo en venta para cambiarse a algo pequeño y barato. Sin embargo, perder el inmueble no le dolía tanto como saber que la última esperanza real de salvar la fábrica familiar acababa de irse al diablo.
Subió en el ascensor en silencio. Entró, cerró la puerta con llave y tiró los tacones a un lado. El olor a vino rancio en su blusa la hizo reaccionar. Se desvistió despacio, dejando la ropa manchada en el suelo del baño, y se metió a la ducha. Dejó que el agua caliente le quitara el vino de la piel y las lágrimas de los ojos.
Al salir, envuelta en una bata, tomó el teléfono y llamó a Valeria.
—Dime que salió todo bien en la cena —respondió Valeria al primer tono.
—Las cosas se terminaron, Valeria. Cancelo todo —dijo Amanda, secándose el cabello con una toalla.
—¿De qué hablas? ¿Qué pasó?
—Apareció una ex amante de Dante en medio del restaurante. Me armó un escándalo frente a todo el mundo y me tiró una copa de vino encima.
Valeria se quedó en silencio un segundo, atónita.
—¿Qué hizo qué?
—Lo que oyes. No pienso aguantar novias ni amantes locas reclamándome en la calle. Ya tuve suficiente m****a con Julián como para exponerme a las porquerías del pasado de Dante Vance. Y te apuesto lo que quieras a que esa mujer no es la única que ronda por ahí.
Valeria suspiró fuertemente del otro lado de la línea.
—Amanda, escúchame un momento y piensa las cosas con la cabeza fría. ¿A ti qué te importa que el tipo tenga o haya tenido amantes? Tú no te vas a casar por amor. Vas a ser la esposa, la mujer legítima, lo que cualquiera de esas locas siempre ha deseado ser y no pudo. Y lo más importante de todo: vas a salvar tu empresa. No dejes que el orgullo por una babosa te haga perder la fábrica de tu familia.
Amanda apretó el teléfono contra su oreja, mirando el reflejo de su rostro cansado en la ventana del apartamento. Odiaba todo lo que paso, pero lo que mas odiaba era que su amiga tenia razón.
Amanda acomodó la cobija sobre el pecho de Leo. La luz de las nueve de la mañana entraba limpia por la ventana de la habitación privada. Dante se había ido tres horas antes; tenía que coordinar la respuesta legal con Bruno y tomar las riendas operativas de ambas empresas para evitar que Croll aprovechara el caos y desplomara las acciones.El teléfono de Amanda vibró sobre la mesa de noche. Salió al pequeño recibidor de la entrada para contestar.—¿Cómo sigue todo por allá? —preguntó Valeria al instante, sin saludos previas—. Vi las noticias de la escudería en la televisión, la prensa está especulando de todo.—Sigue sedado —respondió Amanda en voz baja, mirando a Leo a través del cristal—. Dante estuvo aquí toda la madrugada. Tuvo que irse a la oficina a las seis para estar pendiente de la empresa. Marcio Croll está detrás de esto, Valeria. Cortaron las líneas de freno de su auto.—¡Qué maldito descaro! —escupió Valeria con indignación—. ¿Y Dante cómo está?—Destrozado, aunque intenta
El jet privado de la familia Vance tocó tierra de emergencia en tiempo récord. El trayecto de regreso desde Dubái fue un silencio sepulcral dentro de la cabina; Dante no pronunció una sola palabra en todo el vuelo, manteniendo la mirada fija en las nubes con los puños apretados sobre sus piernas. Amanda permaneció a su lado, sosteniéndole la mano en un gesto de apoyo que él agradeció apretando su agarre de forma casi dolorosa.En cuanto las puertas del avión se abrieron, un vehículo con chofer los trasladó a toda velocidad hacia el hospital central.En la sala de espera del piso de cuidados intensivos, Bruno Vance caminaba de un lado a otro con el saco desabotonado, la corbata floja y el rostro desencajado por el agotamiento.Al ver entrar a su hermano, Bruno se detuvo en seco. Dante avanzó con pasos pesados, con Amanda pegada a su costado.—¿Dónde está? —preguntó Dante sin rodeos, con la voz rasposa y cargada de tensión.Bruno miró a su hermano y luego a Amanda, tragando saliva antes
Amanda caminaba a pasos lentos por la terraza de la suite mientras sostenía el teléfono contra la oreja. El sol de Dubái caía sobre el Golfo Pérsico, pero ella apenas le prestaba atención al paisaje. Al otro lado de la línea, la voz de Valeria retumbaba con una mezcla de incredulidad y desespero.—¡¿Cómo que lo esquivaste?! —exclamó Valeria, alzando la voz hasta casi ensordecerla—. Amanda, por el amor de Dios, respóndeme algo: ¿tú estás loca o te estás haciendo? ¡Estamos hablando de Dante Vance! El tipo es jodidamente atractivo, millonario hasta el ridículo, te salvó la fábrica, te quitó de encima a la basura de Julián y encima se agarra a golpes en un club solo para defender tu honor. Hay una atracción brutal entre los dos, yo misma los vi en la iglesia y se notaba a kilómetros. ¿Cómo demonios pudiste voltearle la cara?Amanda dejó salir un suspiro pesado, apoyando el brazo libre sobre el barandal de cristal de la terraza.—No es tan simple, Valeria —respondió Amanda con la voz baja,
Entraron a la suite.. La descarga de adrenalina comenzaba a bajar, dejando a Amanda con una mezcla de cansancio, temblor y una extraña calidez instalada en el pecho por la forma en que Dante la había defendido.Dante sirvió dos vasos de whisky en el bar de la sala. Le entregó uno a Amanda y ella se sentó en el extremo del sofá de cuero, manteniendo el saco de Dante sobre sus hombros. Él se acomodó a su lado, lo suficientemente cerca para que el calor de su cuerpo fuera inevitable, pero respetando la distancia para no abrumarla.—Tómalo despacio —dijo Dante, observando cómo ella apretaba el cristal con ambas manos.—Gracias —murmuró Amanda, dando un trago corto. El alcohol le asentó el estómago—. Por lo de abajo... y por reaccionar como lo hiciste.—No tienes que agradecer nada. Es mi deber —respondió él con voz grave. Hizo una pausa, mirando la pared de cristal antes de volver los ojos hacia ella—De todas maneras, muchas gracias —respondió ella, apretando el cristal entre las manos—.
La música envolvía la pista en un ritmo denso, pesado. Amanda rodeaba el cuello de Dante mientras el alcohol le aflojaba la tensión acumulada en los hombros. Él la sujetaba de la cintura con firmeza, pegándola a su cuerpo sin dejar espacio entre los dos.Amanda inclinó la cabeza, pegó los labios al oído de Dante y le cantó en un susurro el verso de la canción que sonaba en ese momento:—I’m not afraid of the dark...El aliento de Amanda contra su piel hizo que Dante apretara el agarre en su cadera, pegándola aún más a su torso. La miró desde arriba con la pupila dilatada, la respiración pesada y la boca a milímetros de la suya.Al sentir la intensidad del contacto y la fuerza con la que él la sostenía, el instinto de autocontrol de Amanda reaccionó. Dio un paso atrás, rompiendo la cercanía, aunque sus ojos tardaron un segundo en enfocar los de él.—Necesito ir al baño un momento —dijo ella, pasándose la mano por el cabello.Dante no la soltó del todo de inmediato; la sostuvo de la muñ
Amanda apretó los puños y se giró lentamente para encararla. Ver a Camila allí, luciendo un vestido costoso y joyas deslumbrantes en el baño de un casino en Dubái, encendió una chispa de rabia sorda que llevaba retenida desde hacía meses. Camila y ella habían sido amigas desde la universidad; compartían proyectos, secretos y cenas de fin de semana.Camila dio un paso atrás, visiblemente alterada al reconocerla. Su primer instinto fue dar la vuelta y salir apresuradamente hacia el pasillo.Pero Amanda fue más rápida. Avanzó dos pasos y le sujetó el brazo con una firmeza que hizo que Camila soltara un leve ahogo de dolor.—Amanda, suéltame —exigió Camila, intentando zafarse mientras evitaba mirarla a los ojos—. No tenemos nada de qué hablar.—¿Qué haces aquí, Camila? —preguntó Amanda con la voz baja, contenida, pero temblando de rabia—. Respóndeme. ¿Qué demonios haces al otro lado del mundo?—Vine de viaje, ¿qué más da? ¡Suéltame el brazo, me estás lastimando!—¿Con qué dinero, Camila?







