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CAPÍTULO IV: LA CENA

Author: Yeny
last update publish date: 2026-10-01 00:38:12

El restaurante era exclusivo, con iluminación tenue y mesas lo suficientemente distanciadas para garantizar privacidad absoluta. Dante ya la esperaba de pie junto a la mesa cuando Amanda llegó.

—Estás hermosa —dijo él, recorriéndola con la mirada de arriba abajo sin disimulo.

—Siempre —respondió Amanda con voz firme, sosteniéndole la postura.

—No lo discuto —contestó Dante, esbozando una leve sonrisa antes de indicarle el asiento.

Se acomodaron frente a frente. Al cabo de unos minutos, el mesero se acercó con la carta de vinos. Dante tomó la lista, la revisó un segundo y miró a Amanda.

—¿Qué vino te gusta?

Amanda no necesitó mirar la carta.

—Un Vega Sicilia Único. Cosecha de 2011.

Dante asintió hacia el sommelier para confirmar el pedido y luego regresó la vista a ella.

—Me gusta tu elección.

—Siempre tengo buen gusto —repuso Amanda, cruzándose de brazos sobre la mesa.

Dante apoyó los codos sobre la superficie, entrelazando las manos mientras la miraba fijamente.

—En cuanto al vino, no lo dudo —dijo con tono pausado—. En cuanto al amor, lo pongo en duda. La evidencia de hace dos meses en el altar no habla muy bien de tus selecciones pasadas.

Amanda apretó los dientes. El golpe fue directo, pero no pensaba arrugarse frente a él.

—Vine a hablar de las cláusulas del contrato, señor Vance, no a recibir lecciones sobre mi vida sentimental.

—Entonces hablemos del contrato —dijo Dante, reclinándose en su silla justo cuando el mesero trajo las copas—. En dos semanas nos casamos por lo civil. Sin fiesta multitudinaria, solo la firma, la prensa indispensable para hacer oficial la fusión y un viaje corto para acallar rumores.

—¿Un viaje? De eso no dijiste nada en mi oficina.

—Se llama luna de miel, Amanda —contestó él, tomando su copa de vino—. Y es por pura estrategia mediática. Nadie se cree un matrimonio repentino si los novios vuelven a trabajar al día siguiente como si nada hubiera pasado. Tres días en una propiedad privada en la costa. Habitaciones separadas, si eso te deja más tranquila.

Amanda lo observó a través del cristal de su copa, analizando cada uno de sus gestos.

—¿Tres días solos?

—Tres días solos —confirmó Dante, clavando su mirada en la de ella—. Para que el mundo crea que esto es real y para que aprendas a confiar en el hombre que acaba de comprar tu libertad.

El mesero se acercó con la carta para tomar la orden de los platos fuertes. Amanda revisó el menú un par de segundos y dio su elección sin titubear.

—El filete de res con costra de pimienta y reducción de vino tinto —pidió.

Dante cerró su menú y miró al mesero.

—Lo mismo para mí. Mismo término.

El mesero asintió y se retiró de la mesa. Dante apoyó los brazos en la superficie y miró a Amanda con una sombra de entretenimiento en los ojos.

—Parece que tenemos bastante afinidad —comentó él.

—Un gusto similar en la comida no es afinidad, señor Vance —respondió Amanda, manteniendo la postura rígida—. La verdad, sigo sin entender por qué hace esto. Un contrato de suministro no justifica semejante despliegue ni pagar deudas ajenas de esa magnitud. Quiero saber qué hay realmente detrás de esta propuesta. Si hay algo oculto, prefiero saberlo de una vez.

Dante no respondió de inmediato. Se mordió levemente el labio inferior mientras la recorría con la mirada, observando cada detalle de su rostro.

Claro que había algo más detrás de la propuesta. Por supuesto que era un movimiento de negocios, pero Dante jamás la había visto solo como una socia. Le pareció una mujer sumamente atractiva desde el primer instante en que coincidieron años atrás en una convención del sector automotriz. En ese momento, ella llevaba un anillo de compromiso en la mano y Dante se mantuvo al margen. Era un tiburón pero no se meteria con una mujer comprometida.

Pero la situación había cambiado. Cuando supo del plantón en el altar y el colapso de Esola Repuestos, vio la brecha abierta. Aunque ella tuviera el corazón destrozado, no iba a desaprovechar la oportunidad. Del mismo modo en que jamás dejaba pasar una buena oportunidad de negocio, tampoco pensaba perder la opción de tener a la mujer que deseaba.

Dante tomó su copa de vino, le dio un trago lento y regresó la atención a sus ojos.

—A mí me gustaría saber más bien otra cosa, Amanda —dijo él, cambiando el rumbo de la conversación—. ¿Qué le viste a ese estúpido de Julián?

Amanda apretó los labios.

—Me conquistó con detalles —contestó, mirando hacia la copa sobre la mesa—. Era el contador de la empresa, estaba ahí todos los días. Empezó siendo atento, preocupado por el trabajo, por mí... me dio estabilidad en un momento en que estaba completamente enfocada en levantar la fábrica.

—Eso me da a entender que eres una mujer muy sencilla —comentó Dante, analizando sus palabras—. No te fijas en el dinero ni en las propiedades, sino en la persona.

—Sí, fui una tonta —soltó Amanda con una risa amarga y la voz cargada de impotencia—. Supo ocultar muy bien lo que era en realidad. Me dio justo lo que yo necesitaba en ese momento. Estaba sola, no tenía a nadie más que a Valeria. Y aunque he tenido bastantes pretendientes a lo largo de los años, ninguno supo llegarme como me llegó él. Creí en él, en sus promesas de futuro... En fin, fui una estúpida.

Dante inclinó el torso hacia adelante, cortando la distancia entre los dos con firmeza.

—No te digas de esa manera —le ordenó con voz grave y contundente—. Eres la mujer más inteligente, capaz y hermosa que ha pisado este sector. Que un miserable haya utilizado tu confianza para robarte no te hace estúpida; solo demuestra la clase de basura que era él y lo poco que supo valorarte.

Amanda se quedó en silencio, sorprendida por la contundencia de Dante. La intensidad de su mirada no le dio espacio para desviarse ni para sentirse débil y…

—¡Sabía que estabas aquí, Dante! —chilló la mujer muy cerca—. ¿Por esta tipa fue que dejaste de responder mis llamadas? ¿Por esta zorra me desechaste como si nada?

Dante ni siquiera se inmutó. No cambió de postura, ni parpadeó, pero el aire a su alrededor se volvió helado.

—Verónica, te sugiero que te retires antes de que la seguridad del restaurante te saque —dijo Dante con un tono de voz tan frío que cortaba.

Amanda, harta de humillaciones públicas y sin ganas de ser el espectáculo de nadie otra vez, tomó su bolso y se puso de pie de inmediato.

—Yo me voy de aquí —dijo Amanda.

—¡Tú no te vas a ningún lado, estúpida! —gritó Verónica fuera de control.

Antes de que Dante pudiera reaccionar, la mujer agarró la copa de vino tinto que estaba sobre la mesa y le arrojó el líquido directamente a la cara a Amanda.

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