Masuk—¿Y qué pretendes hacer? —cuestionó él, cruzando los brazos sobre el pecho.—Sé que Marcio la extorsiona —afirmó Amanda con convicción—. Tiene algo grave contra ella o la tiene amenazada de muerte. Camila no es la mente maestra detrás de todo esto, es el eslabón débil. Si descubrimos con qué la tiene doblegada y le ofrecemos una salida, Camila nos va a entregar las pruebas definitivas para enterrar a Croll de por vida.Dante apretó la mandíbula, analizando la propuesta con frialdad.—No me interesa salvarle la piel a esa infeliz, Amanda —sentenció Dante, acercándose para tomarle el rostro con una mano—. Pero si esa rata tiene la información que necesitamos para destruir a Marcio, la vamos a usar. Mañana mismo pongo al investigador a escarbar en los trapos sucios que Croll guarda sobre ella.—Gracias—le dijo ella—sabia que podia confiar en ti.A la mañana siguiente Dante convocó a Bruno y a Mateo a su oficina privada en la sede central de Vance Motors. La puerta quedó cerrada bajo llav
Quince minutos después, Dante irrumpió en la cafetería custodiado por cuatro hombres de su seguridad privada. Llevaba la mandíbula trabada y los ojos encendidos en rabia pura. Al ver a Amanda de pie junto al mostrador, acortó la distancia en tres pasos largos y la tomó con fuerza por los hombros, inspeccionándola de arriba abajo.—¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? —preguntó Dante, con la voz áspera por la adrenalina.—Estoy bien, Dante —respondió Amanda, exhalando el aire que tenía contenido—. Pero me asusté muchísimo. Sentí el cañón del arma en la nuca. Se llevaron todo: las joyas y el teléfono donde tenía cosas de la empresa y contactos clave.Dante apretó los dientes y la pegó a su pecho en un abrazo protector, pasando una mano por su nuca.—Tranquila. Voy a mandar a bloquear el móvil de inmediato y rastrear el chip —dijo Dante, haciendo una señal a uno de sus escoltas para que gestionara la orden.—Camila ya no está—le dice Amanda—se largó apenas los ladrones salieron. Vámonos de aq
Amanda conducía de regreso desde la mansión de Bruno hacia el centro comercial del norte. Busco el número de Dante desde el sistema del auto. Él contestó al segundo tono.—Dante, voy camino al centro comercial —dijo Amanda sin rodeos—. Me encontré a Camila en la casa de Bruno. Estaba rogándole a Leo para que la perdonara.—¿Qué hacía esa infeliz allá? —preguntó Dante con la voz tensa—. ¿Bruno la dejó entrar?—La empleada no la conocía y la dejó pasar. Leo la echó con asco y yo me encargué de sacarla de la propiedad. Pero antes de que se fuera, le puse una trampa: le dije que quería hablar con ella a solas, tomarme un café y solucionar las cosas. Aceptó.Hubo un segundo de silencio en la línea antes de que Dante hablara.—¿Vas a hacerte pasar por su amiga?—Está acorralada, Dante. Marcio la dejó sin un solo dólar y Leo la rechazó. Está desesperada por apoyo. Si le hago creer que estoy dispuesta a perdonarla o a ayudarla a cambio de la verdad, me va a soltar todo lo que tiene guardado s
A la mañana siguiente, Amanda llegó temprano a la mansión de Bruno. Tenía la mañana libre en la fábrica y quería involucrarse de lleno en la recuperación de Leo, acompañándolo en sus terapias y mostrándole su apoyo incondicional.Entró a la casa con soltura. La empleada del servicio, confundida y sin saber el trasfondo de los conflictos familiares, había dejado pasar a Camila minutos antes al verla insistente en la puerta.Amanda caminó a paso firme por el pasillo de la planta baja hacia la suite adaptada de Leo. Al acercarse a la entrada, se detuvo al escuchar voces alteradas que venían del interior, cuya puerta había quedado entreabierta.—¡Tienes que escucharme, Leo! ¡Te lo suplico! —suplicaba Camila con la voz quebrada por la desesperación.Amanda se pegó a la pared, escuchando en silencio.—No sé qué haces aquí, Camila, pero te vas a ir ahora mismo —respondió Leo con un tono helado y cortante—. La empleada no sabía la clase de basura que eres, pero yo sí.—¡Vine porque me importa
Amanda llegó a la mansión antes que Dante. Decidió que no dejaría crecer la grieta entre los dos por un malentendido cargado de celos. Preparó una cena sencilla pero elegante y dispuso la mesa del comedor principal, aguardando su llegada.Pasadas las nueve de la noche, las luces del auto de Dante iluminaron el ventanal. Entró a la casa a pasos lentos, con la chaqueta de vestir sobre el brazo y la corbata floja. Su rostro mantenía la dureza de la tarde, pero al ver la mesa servida y a Amanda esperándolo de pie, se detuvo.—Preparé la cena —dijo Amanda, caminando despacio hasta quedar frente a él—. No voy a permitir que nos vayamos a dormir con esta bronca atravesada.Dante la miró en silencio, dejando la chaqueta sobre una silla. La tensión en su postura era evidente.—Pensé que no querías verme —soltó Dante con la voz grave, aún marcada por la distancia.—Lo que no quería era aguantarte unos celos sin sentido —corrigió ella, acercándose hasta romper la distancia entre los dos y tománd
Amanda sintió que el aire del restaurante se escapaba.—¿De qué me estás hablando, Dante? —respondió Amanda, mirándolo fijamente, incrédula.—Te pregunté si aún sientes algo por él —repitió Dante, sin mover un solo músculo de la cara. Su voz bajó un tono, volviéndose áspera, dominada por los celos—. Cada vez que sale el tema de la fábrica, terminas mencionando a Julián. Te alteras, buscas explicaciones a lo que hizo, te preguntas cómo fue capaz... Hablas de él con una intensidad que no me gusta en absoluto.Amanda dejó los cubiertos sobre la mesa con un golpe seco. La indignación le encendió la mirada.—No me altero por amor, Dante. Me altero por la rabia de haber sido engañada por la persona que se suponía que era mi socio —dijo ella, inclinándose hacia adelante para hablarle de frente, sin rodeos—. Julián no es más que el cobarde que destruyó mi vida financiera y se acostó con la arpía de Camila. Si lo menciono, es porque las pruebas del desfalco llevan su firma. Para mí ese hombre







