MasukVIVIANA
La enfermera vivía en una casa antigua de paredes altas y techo en madera, con olor a húmedo y a viejo. En ese lugar, acomodo a Viviana junto con su hija. La recibió un hombre medio gordito de aproximadamente cincuenta años, con una verruga al lado de la boca; la saludó diciéndole: —Hola, señora Viviana, me llamo Lorenzo, mi esposa Pepita me llamó a contarme lo que le sucedió. Por favor, siéntate como en tu casa; si necesitas algo, lo que sea, no dudes en pedírnoslo; nosotros estamos para servirte. Viviana, agachando la cabeza, le contestó: —Don Lorenzo, estoy en deuda con ustedes, espero poder pagarles algún día; intentaré ayudarles en lo que más pueda. La enfermera Pepita la interrumpió enunciándole: —No, mi niña bonita, usted no está para hacer aseo, tiene que recuperarse del parto, coger fuerza para que pueda dar buena alimentación a él, bebe. No la quiero ver que agarre la escoba; se tiene que cuidar. Su pronóstico se cumplió como si fuera una hechicera. Pues Viviana todos los días le hacía el aseo a esa enorme casa cambiándole el olor. Los primeros días la señora Pepita intentó frenarla; después ya disfrutaba de su empleada personal e incluso le buscaba otras labores. La muchacha por la noche quedaba fundida en su dormitorio. Y ya que a su hija, a la que aún no le colocaba un nombre fijo, le decía Pepita en honor a su salvadora. Lo complicado eran las noches en que la enfermera tenía turno en el hospital y don Lorenzo intentaba sobrepasarse; le golpeaba en la puerta susurrándole: —Viviana, debería venir a mi cuarto a calentarme, puesto que está haciendo mucho frío. Ella se encerraba trancando la puerta, corriendo un armario. Le decía cosas como: "No, don Lorenzo, estoy muy enferma, tengo mucho cansancio, es que hoy no me bañé", mientras abrazaba a su pequeña hija y se esforzaba por no confrontarlo ni hacerle sentir mal. Aparte de eso, todo fue normal hasta que en el primer mes de su bebé, don Lorenzo les compró ropa a las dos y una torta junto a una bebida para celebrar. Viviana se tomó más de media botella, que junto con el cansancio le provocaron que se quedara dormida profundamente. El llanto de su hija la arrancó del sueño. Intentó incorporarse, pero un dolor punzante en el cuello y las muñecas la detuvo. Tiró de los brazos y entonces lo entendió: estaba amarrada, la boca sellada con un trapo húmedo. El corazón le golpeó el pecho como un tambor. … JOHN En tanto, a unas pocas calles de ahí, estaban los cuatro guardaespaldas desempleados que entraron a festejar en un bar repleto de mujeres con vestidos cortos. Juan llegó gritando: —Mesero, deme su mejor mesa y la botella, la más costosa que tenga. Rápidamente fueron colocados en una mesa, donde los camareros les trajeron una botella importada que, aunque no tenía un contenido de calidad, la cobraban como si lo tuviera. Esto los convirtió en atractivos príncipes: las mujeres empezaron a sonreírles y hasta competían por sentarse con ellos. Jefferson, lleno de alegría, abrazó a dos hermosas mujeres y exclamó: "Con un fin de semana con estas dos bellezas estoy seguro de que recuperaré mi peso ideal". Juan se rio mostrando sus pocos dientes y le mencionó con una voz ronca: —Eso ya no importa, ahora que tenemos mucho dinero nos vemos lindos como sea y si no, pues se puede mandar a hacer la liposucción. Carlos se levantó para añadir: —Eso es ahora que somos los patrones; nos veremos siempre rodeados de mujeres hermosas. La botella se vació rápidamente y pidieron otra, que tampoco duró mucho, y luego otra. Solo Jon estaba en desacuerdo con esto; dijo: "Esperen, tomémoslo despacio. No podemos dar una mala impresión; mejor solo deberíamos tomar gaseosa." Los demás se le burlaban difamándolo: —No sea miserable, deje de ser tacaño, por eso es que nunca va a ser nadie en la vida por ser tan amarrado. Pero él tenía la razón; pronto los tragos se les subieron a la cabeza y resultaron solos, con la mesa llena de botellas vacías y sin dinero ni para el servicio de taxi. Juan se exaltó tumbando la mesa, manoteando, gritó muy embravecido: —Esas malvadas mujeres me robaron el dinero. Automáticamente, los guardias del bar empezaron a pegarles garrotazos sin preguntarles una palabra. —Vámonos, corramos —les propuso Jon, cubriéndose con una silla los ataques de un guardia. —Yo no me voy sin mi plata, me la tienen que devolver —abroncaba Juan como un loco. —Sí es verdad, este bar nos tiene que responder por nuestro dinero. —Jefferson le reclamó al cantinero y este le contestó: —No, señor, el bar no tiene relación con las mujeres que vienen aquí, es que ni siquiera conozco a esas muchachas que se sentaron con ustedes, es la primera vez que las veo, pero tranquilos que ya viene la policía, de seguro ellos los podrán ayudar. Todos quedaron fríos y Jon les manifestó: —Esperen, no podemos dejar que la policía nos capture. Es mejor que nos marchemos; de todas maneras, ya perdimos. Muy a su pesar, todos lo aceptaron, aunque ya era muy tarde. Como dos policías entraban a investigar el problema, ya sabían que no era para tanto: un inconveniente más de unos borrachos que no quieren pagar la cuenta, quienes acabarían en un calabozo por veinticuatro horas. Por lo tanto, ni siquiera entraron con las dotaciones listas; simplemente les dijeron: "Señores, tienen que pagar y desalojar enseguida". Jefferson trató de disimular su voz enredada al replicarles: —Qué vergüenza, señores policías, empero ya pagamos, es más, ya nos marchábamos. A lo que Juan interrumpió con un alarido y sacudiendo las manos: —¡Agente, es que estas cualesquiera nos robaron! De entre la sombra salió una de las mujeres respondiéndole a clamores: —¿Cuáles, cualesquiera? Respétenos, que a usted lo parió una mujer y nadie le robó nada; acuérdense de que pidieron de todo como locos. Ustedes son mafiosos que lograron huir de la captura, como el narcotraficante al que la célebre modelo del momento acusó hoy, y supuestamente eran novios. En ese instante los policías les apuntaron ordenándoles: —Señores, nos tiene que acompañar a la estación. Jefferson, sin pensar, se lanzó contra un policía, girándolo y empujándolo contra una pared, rugiendo: —¡Corramos, muchachos! Carlos también tecleó al otro policía y lo derribó. De esta forma todos salieron, como si fueran mariscales de futbol americano, demoliendo todo lo que se les atravesaba de aquel sitio donde se les disolvió el enorme botín, pero que su amistad se afianzó. Al salir se encontraron con otros dos policías, a quienes les dio pereza entrar y decidieron esperar en la calle, cuidando la retaguardia. Estos, al ver a los cuatro tipos salir corriendo, los alertaron: —¡Deténganse o los neutralizaremos! Por supuesto que ninguno hizo caso; todos salieron corriendo sin importar que el peligro les zumbará en las orejas. Hasta que Jefferson paró, tomando aire con la boca abierta, manifestándoles: —Esperen, muchachos, no podemos huir de ellos, nos persiguen en motos y de seguro ya habrán llamado refuerzos. Mejor déjenme, yo les doy tiempo para que puedan escapar; además, sospecho que no voy a lograr adelgazar de esta manera. John lo agarró para interrogarle la razón de su decisión, pero al acercarse detalló la razón de su ofrecimiento; era que estaba herido de gravedad, de su estómago brotaba sangre oscura, así que solo le pudo expresar: —Listo, amigo, tienes razón, nunca te olvidaremos, muchas gracias. Jefferson tomó un rumbo contrario, procurando hacer ruido para despistar a los policías, queriendo que fuera al único que lo persiguieran. Su sacrificio fue el último recuerdo de esa noche.VivianaLa mañana se abrió con un aire pesado, como si el cielo mismo compartiera el cansancio de ella, cuando caminaba con dificultad, el vientre enorme de casi nueve meses marcando cada paso, como si llevara un mundo entero dentro de sí, y con la carga diaria de dejar a sus hijas solas en la casa, con instrucciones rápidas y repetidas: “No se muevan mucho, hagan la tarea, no abran la puerta a nadie.” Pero en el fondo, ella sabía que esas palabras eran más un consuelo para sí misma que una garantía de seguridad, y todo porque no le alcanzaba para pagar a alguien que se las cuidara o que las llevara a estudiar.El barrio estaba vivo con los ruidos de siempre: vendedores de arepas gritando ofertas, niños corriendo detrás de balones, vecinos discutiendo por la basura. Viviana apretaba el paso, aunque cada movimiento le dolía. “Tengo que llegar rápido al paradero, coger el bus, vender mucho, que el tiempo pase rápido, que el bus de regreso no se demore, que no haya embotellamientos, que
VIVIANALa mañana amaneció con un sol tímido, apenas filtrado entre las nubes que parecían desgarrarse sobre el parque. Viviana se levantó con un entusiasmo extraño, como si la vida le hubiera dado una segunda oportunidad. Iván, aún somnoliento, la miraba desde la cama improvisada en la sala.—Vamos a donde don Tobón, ¿cierto? —preguntó ella, con los ojos brillantes.—Sí, Viviana. No nos queda de otra. —Iván se estiró, bostezando—. Ojalá nos dé trabajo; ya me cansé de pasar hojas de vida y llenar tests en esas ridículas entrevistas.Ella sonrió, como quien guarda un secreto de esperanza. Se arregló con cuidado, se puso un vestido sencillo, pero adornado con un pañuelo colorido que le daba un aire de fiesta. Iván se peinó rápido, con las manos, y juntos caminaron hasta una bodega de don Tobón, el expatrón y cuñado de Viviana, hombre de carácter firme y voz grave.Don Tobón los recibió en la puerta, con un cigarrillo apagado en la comisura de los labios.—¿Y ustedes qué buscan tan tempr
VivianaEl hospital olía a desinfectante y soledad. Las paredes blancas parecían murmurar secretos que nadie quería escuchar. Viviana abrió los ojos lentamente, como quien regresa de un viaje demasiado largo y demasiado oscuro. El frío de la camilla le atravesaba la espalda, y el sonido constante del monitor cardíaco le recordaba que seguía viva, aunque no sabía por qué ni para qué.—¿Dónde… dónde están mis hijas? —susurró, con la voz quebrada.Intentó incorporarse, pero descubrió que sus brazos estaban sujetos por correas. El suero colgaba como un verdugo transparente, y la aguja en su vena le dolía como si fuera un recordatorio de su fragilidad. El pánico la invadió.—¡Suéltenme! ¡Mis hijas! —gritó con desesperación.La puerta se abrió de golpe y apareció una enfermera de rostro cansado, con los ojos llenos de fastidio.—Si sigue gritando, le tapo la boca —dijo con voz áspera—. Ya estoy harta de sus groserías.Viviana la miró confundida, con lágrimas en los ojos. —¿Groserías? Yo… yo
VIVIANAEl aire estaba cargado con una extraña electricidad que les destemplaba los dientes y les erizaba los vellos capilares, aumentándoles el miedo. El ratón tenía la mirada fija en Viviana; era como si el mecánico, quien se interponía como un muro humano entre ellos, fuera transparente. Sus manos temblaban, pero no por inseguridad: era la vibración de un odio acumulado, de una rabia que le quemaba las venas. Con el pulgar retrocedió el percutor del arma, y su sonrisa desdentada se abrió como una grieta en la penumbra del taller. —Hoy nadie los va a escuchar —escupió con voz ronca—. ¡Hoy hay partido! La gente está embobada con el televisor, gritando goles, y ustedes… ustedes ya valieron madres.Viviana sollozaba, con las manos crispadas contra su pecho, incapaz de moverse. El mecánico, sudoroso, con la camisa manchada de grasa, no retrocedió ni un centímetro. —Si quieres matarla, tendrás que pasar sobre mí —dijo con firmeza, aunque su voz temblaba como un alambre bajo tormenta, y s
VivianaEl trabajo se le volvió un castigo interminable, mientras empujaba la carreta con las manos ásperas, la espalda doblada y el sudor pegado a la piel como una segunda camisa. Las ventas bajaban cada día, los clientes pasaban de largo, y ella sentía que la vida la estaba empujando contra una pared invisible. No pudo continuar pagándole a la niñera; se vio obligada a llevarse a las tres hijas al trabajo. Las dos pequeñas iban en un coche desvencijado, y la mayor, apenas de cinco años, la llevaba de la mano como si fuera su bastón de fuerza.—Mami, ¿por qué tenemos que venir siempre? —preguntó la mayor, con voz cansada.—Porque si no, no comemos, hija. Y comer es más importante que jugar.—Pero yo quiero jugar…—Yo también quiero descansar, ¿y ves que puedo? —respondió Viviana con un humor ácido que se le escapaba como defensa.La policía de infancia empezó a rondar, a mirarla con ojos de sospecha, a amenazarla con quitarle a las niñas.—Señora, esto no es correcto. Las niñas deber
VIVIANA—¡Mamá, ya entendí! Y es cruel, muy cruel.—¿Qué entendiste, hija mía?—Que nos llamaste de acuerdo al nombre de nuestros padres, menos a mí; yo me llamo Laura, por la santa, eso me has dicho; mi hermana Eliana, por Elías; Lorena, por Lorenzo y... ¿Las demás también? ¿Acaso ninguna somos hijas de Juan? Y pensar que todas le decimos papá.—Ay, mija, pues padre no es el que engendra, sino el que cría... y obvio que Juan ni para eso.—Mamita, ¿cómo es que Lorenzo también se llamaba el esposo de la enfermera Pepita?, el monstro que me quería robar.—Es una coincidencia, hay miles de Lorenzo.—Sí, así como hay millones de Jon, lo complicado es que nos fijamos en el mismo hombre; por lo menos no es mi padre, o sino sería muy...—Ja, ja, ja, casi me sucede eso con otra hija; es muy gore.—Uish, mami, eso es tan bizarro.—La vida es un río que nos lleva con su fuerte caudal; y me fue muy difícil aprender a nadar contra la corriente, para cuando lo hice, descubrí que se lo lleva por no







