MasukJUAN
Juan dormía como si el mundo se hubiera detenido; hasta John lo sacudió con suavidad. —Amigo, levántese. Tenemos hambre... y usted ni nevera tiene; al parecer no tiene ni la culpa. —Tenemos que ir a comprar; lo complicado es que no tengo dinero y en la tienda, la dueña ya no me fía, es que ni siquiera quiere que me aparezca por allá. —Juan se levantó, escupió un poco de saliva en las manos, las frotó y se limpió los párpados pegados. —Se da garra; me imagino que también está limpio, después que ayer éramos millonarios. —John se escarbó en los bolsillos. -Todo por esas mujerzuelas; en cambio, ellas hoy se levantaron ricas y millonarias. Me hierve la sangre al recordar esa noche; me dejaron sin nada... y eso pasó anteayer: dormimos todo el día y la noche. —Juan observó la fecha en el celular. —No... es que cuando nos acostamos ya estaba de día, pero sí dormimos mucho; yo supuse que la bebé nos despertaría, pero ahorita les eché un vistazo y siguen dormidas. —John seguía esculcándose los bolsillos hasta el punto en que uno se le rompió. —Deja ya de esculcarte, no vas a encontrar ni un penique, esas viejas nos dejaron limpios... Lo bueno es que estamos vivos; en cambio, el pobre gordo, ni eso, qué embarrada, él dio la vida por nosotros. —Juan moduló la voz como si estuviera llorando, pero continuaba con los ojos secos. —Lástima por don Jefferson, buena gente el hombre; se me anuda la garganta al recordar lo sucedido, aunque puede que esté con vida. —Es posible, y de estarlo, lo tendrán en los cuidados intensivos de un hospital para que se recupere y luego llevarlo derecho a la cárcel. —Juan escupió al piso de tierra y lo restregó con el pie desnudo. En ese momento, John encontró unos billetes en un bolsillo secreto de su chaqueta. —Los encontré, yo sí fui precavido; encálete unos billetes para pagar el arriendo. —Excelente, con eso, vaya y traiga algo de comer, y algo para las mujeres; a mí mejor, ¿podría usted traerme unas cervezas? —Juan, sonriendo para disimular, se mordió la lengua, pues no encontró ese dinero cuando le revisó la ropa de su amigo cuando todos dormían. —No, voy a traer comida y pañales, nada de licor, voy a guardar para pagar el arriendo y buscar trabajo; usted debería buscar ayuda para ese vicio que lo tiene jodido. —John, yo no tengo problemas con el alcohol... al contrario, me la llevo muy bien. —Juan le enseñó una risotada muda con sus dientes podridos y chasqueó los dedos. —Mejor me voy para la tienda. —Con gran trabajo, John corrió la puerta y se dirigió a la tienda de la cuadra, mientras Juan estiró los pies y, mediante tres pasos largos, se fue derecho a pelear con la ducha; es que el agua helada le causaba que se bañara en un par de segundos y, al salir, observó que Viviana se encontraba sentada dándole pecho al niño. —Tan bonitas. —Dejó escapar un suspiro y luego recordó que tenía que entregársela al roedor. —¡Qué vergüenza! —Viviana se tapó los pechos y volteó la cara para no ver a Juan, quien se encontraba envuelto en una vieja toalla que lo único que le tapaba eran las partes privadas. —Descuide, señorita, que no hay mucho que ver; a propósito, tengo que ir a buscar empleo; si gusta, la puedo llevar a donde su hermana, de la que nos contó. —Juan empezó a tejer la red para ir a entregarlas. —Sí, señor, le estaría muy agradecida, ya que no conozco bien la ciudad. Según recuerdo, ella vive con el esposo en la chucua de la vaca. —Viviana silenció la boca, pero le sonó la barriga por el hambre; es que no era capaz de pedir comida en esa casa extraña donde había pasado la noche; la embargaba un sentimiento de nostalgia al recordar que este rancho era similar al de sus padres. —Tranquila, podemos ir a mi entrevista de trabajo y después a donde su hermana. De pronto puede decir que usted es mi esposa y ella mi hija para que me contraten rápido. —Juan fingió una sonrisa, al tiempo que calculaba que la llevaría derecho al parque en donde lo esperaba su dinero. —Yo también voy con ustedes, quiero ir a averiguar por don Jefferson y comunicarle a su familia su estado. —John había entrado sin hacer ruido; traía dos bolsas con pan, leche, pañales, huevos y embutidos. Juan se rascó el cuello dejándoselo rojo, formulando: —John, es mejor que usted se dirija a su hogar a ver a su madre; la pobre debe de estar muy preocupada. —Ja, ja, ja, yo supuse que ustedes eran pareja. —Viviana se levantó para ir al baño—. ¿Por favor, me puedo bañar? —Huy, no, qué tal, si yo fuera gay, por lo menos no tendría tan mal gusto de meterme con un tipo tan feo como John. —Juan se chupó un dedo que luego tocó su talón y después lo volvió a chupar. -Sí puede, por supuesto, señorita, es mejor que se bañe mientras preparamos el desayuno, ja, ja, ja, como la pareja que somos. Viviana se entró al baño, acomodando las latas que lo encerraban para evitar que vieran su desnudez, algo innecesario debido a que los hombres se concentraron en cocinar, ya que era bastante difícil prender el fogón de leña. —Juan, usted es muy degenerado; la mayoría del barrio tiene gas natural, ¿usted qué hizo con todo lo que se ganó? —No sea sapo, a usted no le interesa, eso no es de su incumbencia; tras de que le doy posada y más encima me critica, es mejor que desayune y se marche derechito a su rancho. —Sí me voy y me llevo todo lo que compré. —Pues lléveselo, yo no necesito nada suyo. —Juan observó los huevos revueltos, sintiendo el olor y la boca; se le hizo agua, aunque le servía que este señor le dejara el camino libre. —Tan loco, es mejor que desayunemos y después me voy a la casa de mi mamá. —John sirvió el desayuno: huevos revueltos, leche y pan. Viviana salió del baño vestida; no quería salir con una toalla para evitar provocaciones, igual que su hija, y no contaba con más ropa que la que llevaba puesta cuando se escapó. Observó que eran tres platos, así que sin preguntar se sentó a desayunar y, aunque el humo invadía el lugar, ese humilde desayuno a todos les pareció un manjar de reyes. Acabaron de comer y salieron presurosos; Juan apretó un candado que competía en óxidos con la cadena y las latas que tenía por pared y techo. —Chao, Juan, hasta luego, señora Viviana, que le vaya muy bien, fue un gusto conocerla. —Hasta luego, don John, usted es un ángel, muchas gracias por toda su ayuda. —Viviana se despidió besándolo en la mejilla, aunque por los nervios le besó el comienzo de la boca. —Nos vemos, John, cualquier cosa me dice; usted sabe que lo llevo en la buena. —Juan se despidió con un apretón de manos mientras pensaba: —Ojalá que no lo vuelva a ver, perro gris, siempre me cayó mal.VivianaLa mañana se abrió con un aire pesado, como si el cielo mismo compartiera el cansancio de ella, cuando caminaba con dificultad, el vientre enorme de casi nueve meses marcando cada paso, como si llevara un mundo entero dentro de sí, y con la carga diaria de dejar a sus hijas solas en la casa, con instrucciones rápidas y repetidas: “No se muevan mucho, hagan la tarea, no abran la puerta a nadie.” Pero en el fondo, ella sabía que esas palabras eran más un consuelo para sí misma que una garantía de seguridad, y todo porque no le alcanzaba para pagar a alguien que se las cuidara o que las llevara a estudiar.El barrio estaba vivo con los ruidos de siempre: vendedores de arepas gritando ofertas, niños corriendo detrás de balones, vecinos discutiendo por la basura. Viviana apretaba el paso, aunque cada movimiento le dolía. “Tengo que llegar rápido al paradero, coger el bus, vender mucho, que el tiempo pase rápido, que el bus de regreso no se demore, que no haya embotellamientos, que
VIVIANALa mañana amaneció con un sol tímido, apenas filtrado entre las nubes que parecían desgarrarse sobre el parque. Viviana se levantó con un entusiasmo extraño, como si la vida le hubiera dado una segunda oportunidad. Iván, aún somnoliento, la miraba desde la cama improvisada en la sala.—Vamos a donde don Tobón, ¿cierto? —preguntó ella, con los ojos brillantes.—Sí, Viviana. No nos queda de otra. —Iván se estiró, bostezando—. Ojalá nos dé trabajo; ya me cansé de pasar hojas de vida y llenar tests en esas ridículas entrevistas.Ella sonrió, como quien guarda un secreto de esperanza. Se arregló con cuidado, se puso un vestido sencillo, pero adornado con un pañuelo colorido que le daba un aire de fiesta. Iván se peinó rápido, con las manos, y juntos caminaron hasta una bodega de don Tobón, el expatrón y cuñado de Viviana, hombre de carácter firme y voz grave.Don Tobón los recibió en la puerta, con un cigarrillo apagado en la comisura de los labios.—¿Y ustedes qué buscan tan tempr
VivianaEl hospital olía a desinfectante y soledad. Las paredes blancas parecían murmurar secretos que nadie quería escuchar. Viviana abrió los ojos lentamente, como quien regresa de un viaje demasiado largo y demasiado oscuro. El frío de la camilla le atravesaba la espalda, y el sonido constante del monitor cardíaco le recordaba que seguía viva, aunque no sabía por qué ni para qué.—¿Dónde… dónde están mis hijas? —susurró, con la voz quebrada.Intentó incorporarse, pero descubrió que sus brazos estaban sujetos por correas. El suero colgaba como un verdugo transparente, y la aguja en su vena le dolía como si fuera un recordatorio de su fragilidad. El pánico la invadió.—¡Suéltenme! ¡Mis hijas! —gritó con desesperación.La puerta se abrió de golpe y apareció una enfermera de rostro cansado, con los ojos llenos de fastidio.—Si sigue gritando, le tapo la boca —dijo con voz áspera—. Ya estoy harta de sus groserías.Viviana la miró confundida, con lágrimas en los ojos. —¿Groserías? Yo… yo
VIVIANAEl aire estaba cargado con una extraña electricidad que les destemplaba los dientes y les erizaba los vellos capilares, aumentándoles el miedo. El ratón tenía la mirada fija en Viviana; era como si el mecánico, quien se interponía como un muro humano entre ellos, fuera transparente. Sus manos temblaban, pero no por inseguridad: era la vibración de un odio acumulado, de una rabia que le quemaba las venas. Con el pulgar retrocedió el percutor del arma, y su sonrisa desdentada se abrió como una grieta en la penumbra del taller. —Hoy nadie los va a escuchar —escupió con voz ronca—. ¡Hoy hay partido! La gente está embobada con el televisor, gritando goles, y ustedes… ustedes ya valieron madres.Viviana sollozaba, con las manos crispadas contra su pecho, incapaz de moverse. El mecánico, sudoroso, con la camisa manchada de grasa, no retrocedió ni un centímetro. —Si quieres matarla, tendrás que pasar sobre mí —dijo con firmeza, aunque su voz temblaba como un alambre bajo tormenta, y s
VivianaEl trabajo se le volvió un castigo interminable, mientras empujaba la carreta con las manos ásperas, la espalda doblada y el sudor pegado a la piel como una segunda camisa. Las ventas bajaban cada día, los clientes pasaban de largo, y ella sentía que la vida la estaba empujando contra una pared invisible. No pudo continuar pagándole a la niñera; se vio obligada a llevarse a las tres hijas al trabajo. Las dos pequeñas iban en un coche desvencijado, y la mayor, apenas de cinco años, la llevaba de la mano como si fuera su bastón de fuerza.—Mami, ¿por qué tenemos que venir siempre? —preguntó la mayor, con voz cansada.—Porque si no, no comemos, hija. Y comer es más importante que jugar.—Pero yo quiero jugar…—Yo también quiero descansar, ¿y ves que puedo? —respondió Viviana con un humor ácido que se le escapaba como defensa.La policía de infancia empezó a rondar, a mirarla con ojos de sospecha, a amenazarla con quitarle a las niñas.—Señora, esto no es correcto. Las niñas deber
VIVIANA—¡Mamá, ya entendí! Y es cruel, muy cruel.—¿Qué entendiste, hija mía?—Que nos llamaste de acuerdo al nombre de nuestros padres, menos a mí; yo me llamo Laura, por la santa, eso me has dicho; mi hermana Eliana, por Elías; Lorena, por Lorenzo y... ¿Las demás también? ¿Acaso ninguna somos hijas de Juan? Y pensar que todas le decimos papá.—Ay, mija, pues padre no es el que engendra, sino el que cría... y obvio que Juan ni para eso.—Mamita, ¿cómo es que Lorenzo también se llamaba el esposo de la enfermera Pepita?, el monstro que me quería robar.—Es una coincidencia, hay miles de Lorenzo.—Sí, así como hay millones de Jon, lo complicado es que nos fijamos en el mismo hombre; por lo menos no es mi padre, o sino sería muy...—Ja, ja, ja, casi me sucede eso con otra hija; es muy gore.—Uish, mami, eso es tan bizarro.—La vida es un río que nos lleva con su fuerte caudal; y me fue muy difícil aprender a nadar contra la corriente, para cuando lo hice, descubrí que se lo lleva por no







