Beranda / Romance / POR FAVOR QUEDATE CONMIGO / CAPITULO 6; ENTRENUBES

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CAPITULO 6; ENTRENUBES

Penulis: Jarrisson
last update Tanggal publikasi: 2026-02-11 08:10:57

LORENZO

—Ya falta poco para llegar; no recordaba que fuera tan lejos.

—Eso llevas diciendo la última hora; sé que es para darme consuelo, pues sabes que me dan miedo las alturas, y este bus no para de subir. Pobre motor, ya suena ronco porque parece una cabra escalando estas paredes de asfalto que, para colmo, se encuentran rodeadas de barrancos; no me cabe en la cabeza que la gente pueda vivir en un sitio como este.

—Pepita, no debes decir estas sandeces; estas montañas están habitadas por personas muy humildes, que les tocó construir por aquí debido a que estos lotes eran baratos; es cuestión de economía. —Lorenzo se tenía del espaldar del asiento de enfrente con ambas manos; le dolía la cintura por intentar conservar la postura regia. Sintió que algunos pasajeros los miraban mal debido a los comentarios de su esposa.

—No, mi amor, es que se ahorraron unos centavos, pero ahora gastan más dinero en pasajes y en tiempo, además de arriesgarse a que uno de estos buses se vuelque en uno de esos abismos. Para saber que los materiales de construcción valen igual en lo plano que en estos montes. —Pepita apretaba el estómago para contener el vómito que amenazaba con salirse, producto del mareo y del miedo.

—Eso es otra cosa, abre los ojos y dedúcelo tú misma, vamos, ya llegamos, por aquí, señor. —El conductor frenó y ellos se bajaron en medio de unos abucheos.

Llegaron a un pequeño barrio sobre el filo de un risco con casas construidas con tejas de zinc, madera vieja o latas y, en el peor de los casos, con tela geotextil, ninguna con cemento y ladrillos.

—¿A qué hueco inmundo me has traído? —Pepita se tapó la boca con una bufanda de seda y consideró tragarse las joyas.

—Deja de hacerte la reina de Inglaterra, recuerda que te saqué de un paraje muy parecido a este. —Lorenzo la zarandeó para que recapacitara y no hiciera nada que pudiera alertar a algún ladrón de esa zona.

—Mi barrio no se compara con esta montaña rodeada de precipicios; además, eso ya está en el pasado, una no se puede quedar con los malos tiempos.

—Pepita, mejor cállate, que ya llegamos, es esta casucha; la última vez que estuve aquí fue hace diez años y la única diferencia es que las latas de sus paredes están más podridas. —Lorenzo golpeó en una teja que hacía de puerta; lo dedujo porque tenía un agujero por donde pasaba una cadena.

—¿Los señores qué necesitan? —La puerta se abrió tronando y de allí se asomó un hombre sin zapatos con un pantalón y camisa algo sucios.

Lorenzo abrió los brazos sonriendo, expresándole: —Amigo Juan, tiempo sin verte, ¿se acuerda de mí, de la olla del centro?

Juan se rascó la cabeza y negó con la cabeza, apenas articuló entre bostezos: —No, señor, la verdad no me acuerdo de usted, ja, ja, ja.

Lorenzo le tocó un hombro y con la otra mano le movió los dedos, explicando: —Yo era el del puesto de ropa que le guardaba las armas y lo que se robaban, en la plaza de la Jiménez.

Juan sonrió y lo señaló con un dedo. —Usted es roedor, ya recordé, es que usted está cambiado, está gordito.

—Sí, Juan, la buena vida, es que ahora me dedico a hacer negocios de verdad, de esos que sí dejan dinero, no chichiguas que me tocaba repartir con los jefes de ese sitio.

Juan frotó las manos, movió la cabeza hacia adelante y atrás como un pollo y formuló una pregunta: —Entonces supongo que vinieron a reclutarme, pues díganme, ¿para qué soy bueno?

—Lorenzo extrajo de su chaqueta un fajo de billetes, dejó que los observara bien y luego los guardó, para decirle: —Pues, usted debe ser bueno en algo; escuché que para emborracharse. Lo que me interesa es el paradero de una sobrina de mi esposa que se escapó anoche; es muy bonita. También se llevó a su bebé de apenas un mes; estamos muy preocupados. Es que resulta que ella no se encuentra bien de la cabeza, es que inventa fantasías.

—La verdad, don Ratón, es que tengo una resaca insoportable que no rememoro lo que pasó ayer, como en esa película. —Juan dio un paso adelante y cerró la puerta a su espalda. —Es posible que mi entendimiento mejore con algo más que ese fajo, pero en mis bolsillos.

Lorenzo le puso el cañón del revólver en el abdomen de Juan rápidamente, exponiéndole: “Creía que usted era más perspicaz; debe suponer sin duda que si lo buscamos, es porque tenemos un indicio de que usted sabe sobre ella y, al pedirnos más dinero, acaba de confirmarlo”.

Juan volteó la cabeza mirando al horizonte, respondiéndole: —Señor, considero que supone que me puede disparar sin repercusiones; debe saber que por aquí no sube la policía; sin embargo, estos barrios son controlados por los muchachos de la sierra y un disparo los alertará y vendrán por ustedes. Mejor guardé eso que tiene el pico helado y hablemos de negocios.

—¿Qué propone? —Lorenzo guardó el revólver en un bolsillo de la chaqueta, de manera que continúa apuntando.

—Simple, yo le llevo la muchacha a su casa, a cambio de un maletín lleno de dinero. —Juan le sugirió hablando en voz baja.

—De acuerdo, sería que las llevaras a mi casa; allí tengo una gran cantidad de dólares. —Lorenzo le detalló los dientes podridos al tiempo que se quedó pensando: “Cuando lleve a la mujer con el bebé, tendré que botar su cadáver a un río; no creo que ninguno de sus órganos sirva para venderlos”.

—No me convence, mejor se me ocurre que nos veamos en otro sitio; no confío en que me lleve a su guarida. —Juan desconfiaba de todos; debido a eso había sobrevivido muchas veces.

—Desde luego, mañana nos podemos ver en el parque de los hippies —Pepita intervino—. Nosotros llevaremos nuestro auto; usted se encargará de que entre y, cuando la tengamos, le daremos su paga.

—Al parecer se me apareció la virgen y con todo y bebé, tenemos un trato, mañana, pero al mediodía, es que soy malo para madrugar y de aquí a ese sitio hay tierra. —Juan se encorvó como un topo y aplaudió en repetidas ocasiones.

—Listo, hasta luego, don Juan, no se le olvide que sabemos en dónde queda su casa y debería gastarse lo que se va a ganar en mejorar esta pocilga. —Lorenzo le dio la mano, aunque sintió repulsión al sujeto.

La malvada pareja se marchó y Juan entró al rancho; contempló que todavía estaban dormidas en la cama Viviana y su hija, mientras su amigo John se encontraba roncando en un sofá. Él también se volvió a acostar en una colchoneta y a los pocos segundos entró al mundo de los sueños. Soñó comprando una mansión que se quemaba; se puso feliz porque ya sabía qué significaba: el dinero, lo gastaría absorbiendo su dulce humo favorito.

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