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RECLAMANDO AL DON DESPIADADO QUE ME ODIABA
RECLAMANDO AL DON DESPIADADO QUE ME ODIABA
Penulis: Benni

CAPÍTULO 1

Penulis: Benni
last update Tanggal publikasi: 2026-08-01 17:21:28

**POV de Chloe**

El techo de lata estaba lleno de agujeros de óxido, dejando entrar la humedad de la lluvia y el hedor acre de basura ardiendo desde algún lugar lejano.

Yo yacía sobre el concreto frío y áspero. Agujas descartadas y cristales rotos brillaban a mi lado.

Mi calor se escapaba poco a poco. Sangre caliente manaba de las heridas abiertas, acumulándose bajo mí en un charco pegajoso y oscuro de sangre rojo oscuro.

Algo se movió cerca. Las ratas acechaban en las sombras, esperando darse un festín con mi cadáver una vez que me hubiera ido.

Cuatro horas atrás, los enemigos de mi amante Carter me habían agarrado. Lo llamé. Seguí marcando hasta que los dedos se me entumecieron. Nunca contestó.

Sin rescate. Me torturaron sin parar durante cuatro eternas horas.

Probaron todo tipo de dolor para hacerme hablar. No entregué ni una sola palabra sobre dónde estaba él.

Justo cuando apenas me aferraba a la vida, con la visión desvaneciéndose a negro…

La puerta del almacén chirrió al abrirse. La luz solar intensa me cegó. Carter entró saliendo del resplandor.

La última chispa de esperanza parpadeó en mí.

—Ayúdame…

Extendí una mano hacia él. Él me apartó de una patada.

—No me toques. Estás asquerosa. —Su voz goteaba de asco.

No podía creerlo. Había volcado todo lo que tenía en este hombre, y lo único que veía en sus ojos era hielo y odio.

—Dios, apestas. Me voy a vomitar. —Una mujer se acercó con paso lento, los tacones haciendo clic, se acurrucó en los brazos de Carter y agitó dramáticamente el aire lejos de mí.

Mi hermana. Bailey.

Los ojos se me abrieron de par en par. Intenté incorporarme. El dolor me desgarró las heridas y volví a caer, hecha un desastre en el suelo, mirándolos.

—Tú…

—Oh, se me olvidó decirte, hermanita. Nos vamos a casar. —Bailey enlazó su brazo con el de él como si posaran para retratos de boda.

—¿Y este secuestro? Carter lo planeó.

—El objetivo, obviamente, es la herencia que te dejó el abuelo.

—Nuestros abuelos realmente te lo dejaron todo a ti.

—Si no mueres, ¿cómo se supone que pongamos las manos encima de la fortuna de la familia Morris? Ah, y nuestro hermano también firmó esto.

Yacía allí, cada burla clavándoseme directamente en el corazón como un cuchillo.

Mi familia, mi amante, mi hermana. Todos y cada uno de ellos me querían muerta.

La miré con odio. El odio creció en mi pecho, demasiado grande para contenerlo.

Les había dado todo. Y ellos querían que desapareciera.

—Muy bien. Hora de morir.

Carter levantó la pistola y apretó el gatillo. El bang resonó por el almacén vacío. La bala me atravesó el vientre. Un dolor abrasador me desgarró, inundándome por completo. Sentí el calor de mi sangre bombeando hacia fuera, extendiéndose lentamente por el suelo.

—Ah, cierto, casi se me olvida —añadió Bailey con una risa ligera—. Tu marido se enteró de que te habían secuestrado y estrelló su coche al precipitarse aquí. ¿Quién hubiera pensado que el jefe de la mafia más temido del Oeste, Seth, terminaría así por una mujer?

La boca de Carter se curvó en una mueca.

—Por cierto, el que te metió en la cama de Seth en aquel entonces… fui yo.

Se rieron con crueldad, claramente satisfechos con su plan.

Yo los miraba con los ojos muy abiertos y solo pude observar cómo se besaban frente a mí. Charlaban sobre a dónde irían de luna de miel. Luego se fueron.

El odio brotó dentro de mí, amenazando con destrozarme.

Pero no podía hacer ni una maldita cosa. Lágrimas de arrepentimiento corrían por mi cara. Yací allí y esperé, en silencio, a que la vida se me agotara.

La puerta del almacén se abrió de nuevo. Un hombre estaba allí, empapado en sangre.

Seth.

Mi marido. El hombre al que nunca había amado, al que siempre había odiado y al que no dejaba de herir.

Por culpa de Carter, había tenido que acercarme a él.

Luego nos tendieron una trampa en la misma cama. Mi familia lo obligó a casarse conmigo, incluso me intercambiaron por un enorme pago.

Lo odié por eso.

Me decía a mí misma que si no fuera por él, Carter se habría casado conmigo. Yo habría sido la novia de Carter. Él arruinó nuestro futuro. Así que nunca siquiera lo miré a los ojos. Nunca me importó. Lo herí una y otra vez por el bien de Carter.

Y aun así, vino. Incluso después de estrellar su coche. Incluso sabiendo que podía matarlo.

Ya no pude contenerme más. Me derrumbé y sollocé.

Él me recogió. Sus yemas de los dedos eran ásperas, callosas, mientras me secaba las lágrimas, más gentiles y cálidas de lo que merecía.

—No llores. Te llevo a un hospital.

—Lo siento… lo siento… —Forcé las palabras a salir de mi garganta destrozada, apenas más que un susurro ronco.

Lo sentía. Si no fuera por mí, él habría llegado mucho más alto. No estaría atrapado en la trampa de Carter. No habría terminado así.

—No te protegí. Eso es culpa mía. —Su voz era áspera y tensa, cargada de dolor—. Les haré pagar.

Negué con la cabeza. No quería que muriera por mí. Con todo lo que me quedaba, levanté una mano y toqué su rostro hermoso.

—Seth… si pudiera hacerlo de nuevo, te amaría de verdad. Te lo compensaría… Por favor. Vive.

Entonces ya no pude aguantar más. La oscuridad me engulló por completo.

Morí.

Morí en los brazos del hombre al que más había odiado, sin nada dentro de mí excepto culpa y arrepentimiento.

Mi alma flotó arriba, mirándolo desde arriba. Él era el jefe de la mafia más poderoso de Italia, el jefe del Grupo Conston en Estados Unidos.

Ahora se arrodillaba frente a mi cuerpo, cubierto de heridas y sangre, los ojos inyectados en sangre, el rostro frío como un glaciar.

Agarró la pistola y salió disparado.

Mató a Carter. Mató a Bailey. Mató a todos los que alguna vez me habían herido.

Al final, cargó mi cuerpo hasta una villa envuelta en llamas: el hogar en el que habíamos vivido después de casarnos.

—¡No!!!!

Aquella figura solitaria hizo temblar mi propia alma.

—¡No mueras! ¡Seth, por favor!

Mi alma se lanzó hacia las llamas, pero ya era demasiado tarde.

Las llamas quemaron mi alma, convirtiéndola en cenizas.

Grité… crudo, desgarrado, sin fin.

Si hay un Dios, dame una oportunidad más.

Una fuerza invisible me arrastró lejos.

Un segundo después, una voz profunda y aterciopelada sonó junto a mi oído:

—¿En qué estás pensando?

Mis ojos se abrieron de par en par.

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