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Capítulo 2

Author: Crystal K
Me quedé ahí sentada, en la orilla de la cama, oyendo cómo se armaba el caos allá afuera. La voz empalagosa de Mia, mi madrastra, me había estado dando vueltas en la cabeza desde la tarde.

—Faelan, mi amor... deberías dormir en el cuarto de Giselle esta noche —me había dicho.

—¿Por qué? —le pregunté sin malicia.

—Por Giselle, ya sabes cómo son estas cosas —se justificó—. Tu habitación queda muy apartada. ¿Qué pasa si algún Beta bruto se equivoca de puerta y le hace daño? Además, tú eres fuerte, casi una guerrera. Te sabes defender. Pero mi Giselle es demasiado delicada para la violencia de la ceremonia.

Luego bajó la voz, fingiendo un cariño que nunca sintió:

—Míralo como una prueba para Joric. Una prueba de su vínculo. Si de verdad eres su compañera, va a saber dónde encontrarte, ¿no crees?

Nuestro vínculo. Qué broma tan pesada.

En ese momento me creí el cuento entero. Hasta me pareció un detalle romántico.

—Está bien, no pasa nada. Yo me quedo en su cuarto —acepté, creyendo que le hacía un favor.

—Ay, qué buena eres —ronroneó, feliz de la vida—. Siempre tan considerada.

Ahora todas las piezas se juntaban. Todo fue una trampa, un supuesto accidente bien calculado. Lo planearon desde el principio y yo fui el cordero que mandaron directo al matadero.

Un golpe seco en la puerta de la entrada me sacó de mis pensamientos. El circo había empezado.

Los Alfas y sus Betas convertidos en lobos estaban metiéndose al pabellón de las Omegas, rompiendo puertas para llevarse a las compañeras que venían a reclamar. A lo lejos se escuchaban los gritos de las lobas, las correderas, los forcejeos... Pero de repente, un grito se escuchó en el pasillo:

—¡Ya es nuestra! ¡El Alfa la tiene! ¡Giselle no puso resistencia!

Eran los aullidos de victoria de los lobos de Joric.

A los pocos segundos, la puerta de mi cuarto voló en pedazos. Varias sombras enormes irrumpieron en la habitación.

Se suponía que era parte de la famosa Prueba del Reclamo: sacudir un poco a la Omega para medir sus fuerzas. Al principio parecía que solo cumplían con la tradición, pero en un parpadeo, los empujones pasaron a ser golpes de verdad. Empezaron a pegarme con saña, buscando hacerme daño.

—¡Ese infeliz de Joric nos vio la cara! ¡Vamos a matar a su Omega para que aprenda! —rugió uno de los lobos.

Vi unas garras que venían directo a mi rostro.

Cerré los ojos, pero justo antes de que me cortaran la cara, el aire del cuarto se congeló. Una energía de Alfa invadió el lugar. El ambiente se puso tan pesado que costaba jalar aire. Mi loba soltó un gemido de terror y se agachó ante esa fuerza.

—¡Ya basta! —tronó una voz profunda, un rugido cargado de una furia asesina que te quitaba las ganas de pelear.

Una silueta enorme se paró frente a mí, tapando la luz de la luna que entraba por la ventana. Con los brazos descubiertos, mandó a volar a los Betas de un solo empujón, como si fueran juguetes de trapo.

—¡La Prueba no es para que la agarren de saco de boxeo! ¡Lárguense de aquí!

Ahogados por la presión que metía ese Alfa, los Betas se pusieron pálidos y salieron corriendo por donde entraron.

El cuarto se quedó en un silencio total.

El desconocido se volteó hacia mí. Estaba tan oscuro que no pude verle bien la cara. Apenas alcancé a notar el perfil de una mandíbula bien marcada. Lo que sí sentí con todo fue su olor: un aroma a madera de cedro, dominante, peligroso, pero que por alguna razón me dio una paz increíble.

No me juzgó ni me reclamó por no defenderme. Solo se agachó frente a mí y me ofreció su espalda ancha y musculosa.

—Vámonos —dijo en voz baja.

Miré a ese Alfa imponente que ni conocía. Ya nada me importaba. Sin pensarlo dos veces, me colgué de su cuello en silencio.

Salió de inmediato con pasos largos y seguros. Cruzamos los pasillos como un rayo, salimos del edificio y nos perdimos en el campo abierto, bajo la noche estrellada.

El aire frío nos pegó de frente, trayendo ese aroma dulce de las flores lunares que suele relajar a cualquiera. Pero yo no sentía nada. Estaba muerta por dentro.

—¡Por allá, miren! —se oyó una voz muy conocida a unos metros.

El estómago se me hizo nudo... Era él. Nuestro camino se cruzaba con el de Joric.

Y bajo el brillo de la luna, mi peor pesadilla cobró vida. Joric estaba en su forma humana, cargando a Giselle en la espalda sin ningún esfuerzo. Ella iba bien agarrada de él, con los brazos enredados en su cuello.

—La luna está hermosa hoy, Joric —le susurró ella, mirándolo desde arriba.

—Sí que lo está —le contestó él, y la voz se le desbordaba de una ternura que dolía—. Igual de hermosa que tú.

Sentí que me abrían el pecho a la mitad. Mi loba empezó a aullar de dolor en mi cabeza, pero me aguanté para no hacer ni un solo ruido.

Él me miraba así antes. Me miraba como si yo fuera lo único que valiera la pena en el mundo.

Se me vino a la mente esa noche de lluvia en la que yo ardía en fiebre. Al despertar, lo encontré sentado a la orilla de mi cama, empapado, sosteniendo una flor lunar que todavía goteaba. Tenía el pecho lleno de rasguños.

—Crucé tres territorios enemigos para conseguirla —me había dicho con la respiración cortada—. Dicen que esto te va a curar.

—Eres un estúpido —le reclamé, llorando de la impotencia—. No tenías que arriesgarte así.

—Por ti —me susurró mientras me besaba la frente—, lo que sea vale la pena.

En ese tiempo, yo era la dueña de ese brillo en sus ojos. Hoy, esa devoción era de otra.

De repente, Joric se dio cuenta de que estábamos ahí. Su mirada chocó con la mía. Yo seguía en la espalda del otro Alfa. Se quedó congelado un segundo. Un maldito segundo. Eso fue todo lo que duró antes de que la voz consentida de Giselle lo jalara otra vez.

—Joric, me duele mucho el tobillo... —se quejó, haciendo un berrinche.

Él se detuvo en seco y se agachó para revisarla.

—¿Qué tienes? ¿Te lastimaste al correr? —le preguntó, asustado.

Ese tono tan dulce. Ese miedo desesperado a que le pasara algo...

Todo eso era mío.

Mientras las lágrimas me tapaban la vista, solo una pregunta me quemaba el alma: ¿en qué momento dejó de amarme?

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