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Reclamada por el Alfa Despiadado

Reclamada por el Alfa Despiadado

By:  Crystal KCompleted
Language: Spanish
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En la Alianza del Norte, la Ceremonia de Reclamo es una tradición ancestral. Durante la Luna de Sangre, cada Alfa debe abrirse paso luchando hasta los aposentos de las Omegas, cargar a la compañera elegida sobre su espalda y superar cualquier obstáculo para sellar el vínculo. Esperé a Joric durante cinco años. Esta noche, por fin irrumpió en mi patio acompañado de sus Betas. El corazón me dio un vuelco. Estuve a punto de correr a su encuentro, pero el sonido de su voz, reducida a un susurro, me detuvo en seco. —Aseguren a Giselle en medio del caos. Es demasiado frágil y no voy a permitir que ese Alfa tirano la reclame —ordenó Joric—. En cuanto a Faelan... ella es la Omega más fuerte que tenemos. Es casi una guerrera, sabrá defenderse sola. Sus subordinados intercambiaron miradas cargadas de inquietud. —Alfa, ¿es una buena idea? Usted y Faelan ya son compañeros en todo menos en los documentos oficiales. ¡Si se entera, desatará un infierno! —cuestionó uno de ellos. —Que lo haga —respondió él, restándole importancia—. El Reclamo es un evento caótico. Resulta muy fácil llevarse a la loba equivocada por accidente. Ya arreglaré las cosas con ella después. Además, todos saben que nunca presenté nuestro emparejamiento ante el Consejo de manera oficial. Por ahora, Faelan tendrá que lidiar con la situación. Oculta detrás de la puerta, escuché cada una de sus palabras. Mi loba no aulló de dolor. Me limité a dar un paso atrás hacia mi habitación, sumida en silencio. Todos en la manada creían que sacaría las garras y pelearía a muerte cuando un Alfa distinto viniera a reclamarme. En su lugar, subí sin vacilar a la espalda de un Alfa mucho más temible. Me convertí en la Luna de otra manada.

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Chapter 1

Capítulo 1

Faltaban solo unos minutos para la Ceremonia de Reclamo y yo sentía que me ahogaba. Sentada en la orilla de la cama, miraba el suelo sin poder creer que mi mundo se hubiera venido abajo en un segundo. Joric me había traicionado. El Alfa que amaba, el lobo por el que lo habría dado todo, nunca entregó los papeles para nuestra unión. Jamás tuvo la intención de completar el vínculo conmigo.

Las lágrimas me nublaron la vista al acordarme de la última vez que estuvimos juntos. Todavía podía sentir el calor de su cuerpo, la desesperación con la que me apretaba contra él y sus dientes rozando mi cuello, justo en el lugar donde debía ir la marca.

—Quédate tranquila, Faelan —me había susurrado al oído, con esa voz ronca que me encantaba—. Los papeles ya están con los Ancianos. La ceremonia es solo un trámite. Te lo prometo, después de la Luna de Sangre nadie en este mundo nos va a separar.

Y yo me había entregado por completo, besándolo como si la vida se me fuera en ello. Mi loba estaba feliz. «Es nuestro, por fin es nuestro», me repetía en la mente. Qué estúpidas fuimos las dos.

Pasamos cinco años queriéndonos a escondidas. ¿El problema? Que yo era pobre, y en esa manada el estatus lo es todo. Aunque me rompiera la espalda trabajando para demostrar lo que valía, Senna me odiaba. La madre de Joric, una de las Ancianas con más poder, no podía ni ver de lejos a «esa Omega». Para ella yo ni siquiera tenía nombre. En las fiestas de la manada siempre me mandaban a la peor mesa, allá al fondo, donde los invitados importantes no tuvieran que cruzarse conmigo. No importaba que yo trajera las presas más difíciles de la cacería; para ella, yo seguía siendo invisible.

Hace tres años, Joric me convenció de regresar al pabellón de las Omegas. Decía que era para protegerme de los chismes, que solo necesitaba un poco de tiempo para convencer a su madre y meter los papeles al Consejo. Me juró que me reclamaría en la Luna de Sangre y que quería que nuestra unión fuera perfecta, sin que nadie pudiera hablar mal de nosotros.

Y yo, como la tonta más grande del mundo, le hice caso. Volví a ese lugar a vivir amontonada con las Omegas de las siete manadas de la Alianza. Tuve que aguantarme las burlas diarias, las risitas y las miradas de asco. Para todas ellas, yo era la ilusa que había intentado subir de nivel y había terminado en el suelo. Me decían que estaba condenada a quedarme en el olvido, en lo más bajo de la manada.

Pero decidí callarme la boca y ponerme a entrenar. Gasté cada gramo de fuerza en mejorar las habilidades de mi loba, con la esperanza de volverme una guerrera. Quería ser la mejor compañera que Joric pudiera tener.

Además, esas lobas chismosas no sabían mi secreto. Cada luna llena, Joric se saltaba las reglas y se metía a mi cuarto. Me amaba bajo las estrellas, me reclamaba en la oscuridad y me repetía que me quería hasta dejarme sin aire.

—Un día de estos —me prometía siempre—, el mundo entero va a saber que eres mi Luna.

Esas palabras me daban vueltas en la cabeza justo ahora. Qué maldita burla. Salí del recuerdo con un dolor horrible en el pecho. Tres años esperándolo... tres años aguantando humillaciones para enterarme de que esta noche va a reclamar a otra. Me mintió todo este tiempo para cubrirse las espaldas. A la que de verdad venía a buscar era a mi hermanastra, Giselle.

Me levanté despacio y me paré frente al espejo. El vestido de seda roja que había elegido para esa noche se me pegaba al cuerpo. Quería verme hermosa para él. Qué patética me sentía. La hembra que me devolvía la mirada en el reflejo tenía los ojos apagados, vacíos. Parecía una muñeca de porcelana: bonita por fuera, pero rota por dentro.

De pronto, un grito en el pasillo me sacó de golpe de mis pensamientos.

—¡Ya llegaron los Alfas! —gritó una de las lobas—. ¡Apúrense, que esto ya va a empezar!

Escuché las risas de las demás y el eco de las botas pesadas retumbando en las paredes. Se estaban acercando. Menudo espectáculo habían armado. Y todo por Giselle. Se decía que esta noche también vendría ese Alfa del Norte, el tirano del que todo el mundo habla con miedo, y su objetivo era el mismo: ella.

Las reglas de la Alianza son simples. Si eres una Omega y no quieres que un Alfa te reclame, solo tienes que apagar la luz, esconderte y no salir de tu cuarto. Nadie puede entrar a la fuerza.

Pero Giselle no se estaba escondiendo. Ni de broma. Estaba en su habitación, sentadita en silencio, esperando a que un Alfa entrara a llevársela. Y el lobo al que ella estaba esperando... era el que se suponía que iba a ser mi compañero.

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