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Capítulo 3

作者: Crystal K
Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar la imagen de ellos dos de mi mente. Pero los recuerdos me cayeron encima como una avalancha imposible de detener.

Me acordé de lo que pasó hace tres años, la noche en que murió mi papá. Él era el sanador Omega más respetado de toda la Alianza y había salvado muchísimas vidas. Los Ancianos de todas las manadas fueron a su funeral. Todos, menos Senna.

—No se siente bien —dijo Joric esa vez, queriendo disculparla—. No te lo tomes como algo personal.

Esa misma noche me abrazó junto a la tumba de mi papá y me hizo una promesa:

—Te voy a proteger toda mi vida, Faelan. En cuanto la manada esté más tranquila, te voy a reclamar.

Apenas un mes después, me pidió que me regresara a vivir al pabellón de las Omegas.

—Es algo temporal nada más —me prometió, dándome un beso en la frente—. No quiero que sigas aguantando los desplantes de mi madre. Solo dame tiempo para arreglar las cosas con el Consejo. Te juro que te voy a traer de regreso de la manera más increíble que se haya visto en una Ceremonia de Reclamo.

Y le creí. Siempre le creí como una tonta. Él nunca me quiso proteger; sacarme de ahí solo le dio toda la libertad del mundo para traicionarme. Sin mí estorbándole, podía hacer lo que se le diera la gana.

Me acordé de una noche en la que hubo un evento de caridad que él mismo había organizado. Me puse mi mejor vestido y fui a su penthouse para darle una sorpresa. Subí por el elevador privado y puse la clave.

Pero en cuanto abrí la puerta, me encontré a alguien muy conocida sentada en la sala.

Mi hermanastra, Giselle.

Salió con que había vuelto por unos tratamientos médicos, y Joric me juró que solo la dejaba quedarse en la casa por respeto a mí. Fui una estúpida. De verdad pensé que él cuidaba a mi familia porque me amaba, aunque Giselle y yo nunca fuimos unidas. Jamás se me ocurrió que ella se iba a quedar ahí por tres años enteros.

Mientras tanto, yo, la que se suponía que iba a ser su Luna, me quedé esperando, amontonada en el pabellón de las Omegas, durante tres malditos años.

Ahora todo tenía sentido. Yo no estaba esperando ninguna Ceremonia de Reclamo; solo estaba esperando a que el corazón se me terminara de pudrir.

Regresé a la realidad, colgada de la espalda del Alfa. Unos metros más adelante, Joric y Giselle seguían hablando.

—¿Crees que Faelan se vaya a enojar? —preguntó Giselle, fingiendo preocupación.

Sentí un hueco en el estómago. ¿Cómo tenía el descaro de preguntar una cosa así?

—No —dijo Joric, demasiado seguro de sí mismo—. Tiene su carácter, pero se le pasa rápido. Solo es cuestión de explicarle que lo hice para protegerte y decirle un par de palabras bonitas para que se calme.

¿Palabras bonitas? ¿Como si yo fuera una cachorra haciendo un berrinche?

—Pero... —la voz de Giselle se escuchó todavía más débil y fingida—. ¿Y si de verdad se vuelve loca?

—Imposible —se rio Joric, lleno de arrogancia—. ¿Te acuerdas cuando mi madre la humilló en el evento de la manada? Ni le dio importancia. Nadie conoce a Faelan mejor que yo. Me quiere más que a su propio orgullo. Siempre que arma uno de sus dramas, le hablo con cariño y regresa arrastrándose.

Y tenía razón... Incluso cuando me tendieron una trampa y terminé envenenada con plata por accidente, nunca le reclamé nada. Pero claro, para él, mi perdón solo era la prueba de que ya no me quedaba ni una gota de dignidad.

Sus Betas se metieron en la plática, riéndose.

—El Alfa tiene razón. Faelan está obsesionada con usted —dijo uno de ellos, queriendo quedar bien.

—Nunca dejaría que la tocara otro lobo —agregó otro, burlándose.

—Apuesto a que el tirano ese se está volviendo loco lidiando con ella en este momento —añadió un tercero.

—¡Ja, ja! ¡Pobre infeliz! Él quería a Giselle, pero se quedó atorado con Faelan. Con el carácter que se carga y lo terca que es esa Omega, ¡seguro se están arrancando la garganta ahorita mismo! —comentó el último.

Me clavé las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza que me saqué sangre. Para ellos yo era un chiste. Pensaban que era una pobre amargada. De verdad creían que iba a rechazar a cualquier otro hombre solo por guardarle lealtad a un traidor asqueroso.

Las carcajadas de los Betas resonaron en medio de la noche.

Bajé la mirada.

—Vámonos —le susurré al Alfa que me llevaba en la espalda.

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