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Capítulo 3

last update publish date: 2026-04-10 05:59:11

—No volverá a tocarte. Nunca más —dijo, con una promesa en la voz tan firme como el acero—. Lo destruiré. Si intenta venir por ti… lo mataré yo mismo. ¿Entiendes?

Aurora no respondió, pero algo cambió en su rostro. La tensión se alivió un poco, como si sintiera que, por un momento, podría tener algún tipo de control sobre la situación. Sin embargo, el delirio aún la consumía.

—Escapar… quiero irme… —murmuró de nuevo, con voz ronca, mientras sus ojos se movían frenéticamente detrás de los párpados—. No quiero quedarme… en una prisión… no puedo…

Cael, al verla sufrir, se sintió impotente, como si nada de lo que pudiera hacer fuera suficiente para sanarla. Pero no se alejaría. No la dejaría. La joven se había convertido en su responsabilidad, en su Luna, y no le fallaría.

Se levantó y se apartó por un momento, sintiendo un peso cada vez mayor sobre sus hombros. Caminó hasta la ventana y miró el cielo, donde la luna llena ascendía con una serenidad que contrastaba con el caos en su corazón. La Luna, siempre la misma, silenciosa y distante, parecía observarlo todo, como si le recordara su deber.

Regresó a la cama, se agachó junto a ella y la observó con una mirada que era a la vez tierna y feroz. Sabía que, aunque las pesadillas de Aurora eran poderosas, él podía ser su ancla. Podía ser la luz que la guiara a través de la oscuridad.

—Pequeña, estoy aquí. Siempre lo estaré —habló con suavidad, pero con una intensidad que ella no podía ignorar—. Ya no necesitas correr. Ahora estás a salvo, mi Luna. Nadie volverá a encerrarte. Lo prometo.

Ella pareció relajarse un poco, como si sus palabras, incluso en su estado confuso, llegaran a ella de alguna forma. Sus labios temblaron, como si quisiera hablar, pero las palabras se le escapaban.

Cael se acostó en la cama junto a ella, su mano encontró la de ella una vez más. Se tumbó de espaldas, con los ojos cerrados con fuerza mientras se obligaba a controlar la rabia y el dolor que llevaba dentro. Sabía que había mucho por hacer. Pero por ahora, lo único que podía hacer era quedarse a su lado, sosteniendo su mano mientras ella luchaba por liberarse de sus propios demonios.

***

El Alfa Blackthorn, invicto en batalla, se sentía impotente ante la joven que ahora sostenía en sus brazos. Pero no la dejaría. Nunca la soltaría. Ella era suya, y la protegería con su vida.

La habitación de Cael estaba iluminada solo por la tenue luz de las llamas. El aroma a cedro y tierra era reconfortante, pero nada se comparaba con el sentimiento creciente que dominaba al Alfa. Él estaba allí, con la mirada fija en ella, su imponente presencia contrastando con el delicado cuidado con el que la trataba.

Aurora estaba en un sueño profundo, pero sus espasmos no cesaban. Cada movimiento hacía que su frágil cuerpo se sacudiera, y cada gemido que escapaba de sus labios aceleraba el corazón de Cael. Podía sentir su angustia, el miedo que aún corría por sus venas, a pesar de estar físicamente a salvo.

Cael permanecía allí, inmóvil, con los ojos atentos a cada suspiro, a cada respiración. Cada vez que ella se agitaba, la calmaba, pasando la mano por su cabello húmedo de sudor y apartando los mechones de su rostro. Cada uno de sus movimientos era un intento de alejar las pesadillas que la consumían, como si su simple toque pudiera calmar las tormentas dentro de ella.

Ella murmuró de nuevo, palabras sin sentido que él no podía entender del todo, pero lo sabía. Sabía que sus demonios internos seguían muy vivos, y no la dejaría enfrentarlos sola.

Con una gentileza que nadie imaginaría jamás viniendo de él, Cael levantó la mano y, con las yemas de los dedos, limpió el sudor de su frente. El gesto era simple, pero estaba lleno de algo que apenas comprendía: una ternura que nunca había mostrado a nadie, ni siquiera a su propia manada.

El instinto protector que crecía dentro de él era fuerte. No podía dejarla sola. No ahora. No nunca más. El vínculo entre ellos se fortalecía con cada instante, con cada una de sus respiraciones, con cada uno de sus toques.

Ella se movió de nuevo, sus dedos temblando mientras intentaba aferrarse a la sábana. Estaba atrapada en alguna pesadilla, luchando contra los horrores de su pasado. Su dolor era palpable, y eso hacía que la bestia dentro de él gruñera, insatisfecha. El lobo de Cael también sentía la necesidad de proteger a su compañera. Era una conexión tan fuerte que apenas podía controlarla.

—Shh… está bien, mi Luna —susurró Cael, con voz suave, en contraste con su tono habitual, imponente y autoritario. Tomó su mano y la apretó con cuidado, como si estuviera hecha de cristal—. Ahora estás a salvo. Estoy aquí. Ya no estás sola.

Aurora respiró profundamente, como si sus palabras comenzaran a penetrar en su mente confusa. Sus ojos se movieron detrás de los párpados y un pequeño suspiro escapó de sus labios, como si se aferrara a esa sensación de seguridad que él le ofrecía.

El dolor que Cael sentía por ella era casi físico. Su instinto de lobo quería cazar, quería destruir todo lo que había hecho sufrir a Aurora. Pero sabía que la violencia no era la respuesta. Ella necesitaba algo más ahora, lo necesitaba a él, no como Alfa, sino como su compañero. Necesitaba su presencia, su consuelo, su amor. Aún no sabía del todo qué significaba eso, pero estaba dispuesto a aprenderlo.

Las horas pasaban lentamente, y dentro de la habitación, Aurora comenzó a relajarse, sus espasmos disminuyeron y su respiración se volvió más regular. Cael no se apartó, ni por un segundo. Con cada movimiento que ella hacía, él estaba allí, asegurándose de que nada la lastimara. Sabía que su vínculo era más fuerte que cualquier cosa que hubiera experimentado antes.

Con un profundo suspiro, se acercó más, sus dedos acariciando suavemente el rostro de Aurora. Observó su rostro sereno, ahora sin el contorno de dolor que antes marcaba sus expresiones. Pero sabía que aún quedaba mucho por sanar, mucho más que solo su cuerpo.

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