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Capítulo 2

ผู้เขียน: Janne Vellamour
last update วันที่เผยแพร่: 2026-04-10 05:57:37

La acostó sobre la cama, acomodando las almohadas y las sábanas debajo de ella. El calor de la habitación contrastaba con el frío de su cuerpo. La cubrió con una manta y se arrodilló junto a la cama, observando cada detalle de su rostro.

Parecía más calmada ahora, como si su cuerpo supiera que estaba lejos del peligro. Pero el instinto de Cael le decía que las verdaderas pesadillas aún estaban por llegar.

El doctor llegó en menos de tres minutos.

—Dios mío… —murmuró el doctor Myles al entrar—. Parece que la hubieran arrastrado por el infierno.

—Ocúpese de ella. Haga todo lo necesario —dijo Cael, retrocediendo pero permaneciendo en la habitación, con los brazos cruzados y la mirada fija.

Myles se acercó a la joven, ya equipado con un maletín lleno de instrumentos y frascos. Retiró suavemente la manta y examinó las heridas, con un destello de sorpresa en los ojos.

—Costillas fracturadas, deshidratación severa, signos de ataduras en las muñecas y tobillos… hay cicatrices mal curadas en su espalda. Probablemente estuvo retenida. Y… —tomó una profunda bocanada de aire— signos de un intento de marca de apareamiento en su cuello.

Cael se acercó como un rayo, con los ojos ardiendo de ira.

—¿Intentó marcarla?

—Sí. Pero… falló. El rechazo de su cuerpo a la marca indica que no había vínculo. Ella se resistió —explicó el doctor—. Aun así… dejó cicatrices internas. Tardará en recuperarse por completo.

El Alfa le dio la espalda, con los puños apretados.

—Lucian. Fue él.

Solo mencionar el nombre de su rival hizo que el aire de la habitación se volviera más denso.

—Quiero informes diarios. Cualquier cosa que necesite, se la darán —la voz de Cael era baja, pero letal—. Y cuando despierte, quiero saberlo inmediatamente.

—Por supuesto, Alfa.

Tras aplicar los primeros auxilios, sedantes suaves y una vía intravenosa, Myles recogió sus instrumentos y salió, dejándolos solos en la habitación.

Cael se sentó en el sillón junto a la cama y se pasó una mano por el cabello, con los ojos fijos en su compañera dormida.

Ella se veía tan pequeña en esa enorme cama. Tan frágil. Pero él sentía algo más bajo esa delicada piel. Una fuerza dormida. Una llama esperando ser encendida.

—Ya no estás sola, lobita —murmuró—. Te protegeré. Con mi vida, si es necesario.

El fuego de la chimenea iluminaba parcialmente las paredes de piedra, creando sombras que bailaban al ritmo de la llama. La joven omega yacía en la cama, envuelta en sábanas blancas, su cuerpo aún frágil y cubierto de vendajes.

Cael permanecía a su lado, sentado en un sillón de cuero oscuro, con la mirada fija en ella. El doctor de la manada había dicho que necesitaría tiempo para recuperarse, pero él sabía que la sanación no era solo física. El dolor que ella cargaba no estaba solo en las marcas de su cuerpo, sino en algo más profundo y devastador.

Las horas pasaban lentamente. El sonido de la lluvia parecía una triste canción para Cael mientras observaba cada una de sus respiraciones, la ligera agitación de sus hombros cuando las pesadillas comenzaban a apoderarse de ella. Podría haber sido más productivo. Podría haber asistido a las reuniones que lo esperaban, pero algo dentro de él le impedía dejarla sola. La conexión entre ellos era más fuerte que cualquier responsabilidad, más intensa que cualquier obligación.

Entonces ella comenzó a moverse. Su mano apretó la sábana y sus labios se movieron, murmurando palabras bajas, casi inaudibles, pero suficientes para que Cael las oyera.

—No… no quiero casarme… —su voz era quebrada, como si luchara por despertar de una pesadilla.

Cael se acercó de inmediato, con la mirada suavizada. Sabía que no se trataba de simples delirios. Ella estaba reviviendo sus propios demonios, luchando contra los horrores que la habían aprisionado.

—Pequeña… —murmuró, con voz suave pero llena de autoridad—. Estoy aquí. No tienes que tener miedo. Estás a salvo.

Pero ella no lo escuchaba. Sus palabras continuaban, cada una como una cuchilla cortando el alma de Cael.

—Me encierra… me mantiene… —tragó con dificultad, el rostro contorsionado de dolor, pero sus ojos seguían cerrados—. Quiero escapar…

Cael sintió que su corazón se apretaba. La idea de que alguien hubiera encerrado a una hembra tan preciosa como esta joven en una jaula… algo dentro de él se rompió. Quería correr hacia la manada Bloodclaw y destruir todo a su paso, pero se contuvo. No podía actuar con rabia ciega ahora. No hasta que ella estuviera a salvo, hasta que despertara y comprendiera lo que significaba ser libre.

Tomó su mano con suavidad, sus grandes dedos envolviendo los de ella. El simple contacto pareció brindarle algo de consuelo, pero los murmullos continuaron.

—Él… Lucian… va a… —suspiró, con los ojos moviéndose rápidamente bajo los párpados cerrados—. Va a obligarme… no puedo…

Cael apretó los dientes, entrecerrando los ojos. El odio hacia Lucian, el Alfa de los Bloodclaw, ardía en él como una llama salvaje. Sabía de lo que Lucian era capaz. Era un Alfa que usaba el poder como un arma, que utilizaba a los débiles e inocentes para fortalecerse. Pero lo más cruel de todo… sabía cuánto iba a lastimar a Aurora, y eso lo enfurecía de una forma que nunca antes había experimentado.

Con un gruñido bajo, Cael se inclinó hacia adelante, apoyando suavemente su frente contra la mano de Aurora.

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