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Capítulo 4

Penulis: Bagel
Me levanté y sacudí las cenizas de mi bata de seda. El resplandor de las llamas iluminaba mi cuerpo, dándole un tono cálido, pero mi voz sonó más fría que el hielo.

—No es nada. Se llenó de moho por estar guardado, así que lo tiré a la chimenea.

Ryder notó mi indiferencia y pareció percatarse de lo desmedida que había sido su reacción. Dejó escapar un suspiro que manifestaba su malestar y le bajó dos rayas a su tono.

—¿Te lastimé? —preguntó, desconcertado—. Lo siento, Liv, los nervios me traicionaron. Eran siete años de nuestra historia. ¿No se suponía que lo íbamos a mostrar frente a todos el día de nuestra boda? ¿Cómo fuiste capaz de destruirlo? Aunque tuviera moho, debiste esperar a que yo llegara. Habría contratado al mejor restaurador del país.

¿Nuestra boda?

Tuve que contenerme para no reírme en su cara. Me había tenido siete años dándome largas, en un ir y venir absurdo, y ahora resulta que teníamos la boda planeada así de la nada. El hombre que tenía frente a mí ya no era el muchacho desesperado que me abrió la puerta años atrás, prometiendo poner el mundo a mis pies.

—Hace mucho que no llegas a casa a una hora decente. Estás tan ocupado con los asuntos de la empresa que me pareció innecesario molestarte con un detalle tan insignificante —respondí, dándole la espalda.

Se quedó ahí de pie, con la vista perdida en la pila de cenizas. Sus hombros estaban caídos y en sus ojos se notaba un dolor inimaginable. Su actitud rozaba lo ridículo. Él mismo le había entregado esos siete años a otra mujer en bandeja de plata, y ahora venía a fingir que tenía el corazón roto.

Di media vuelta para ir a la recámara principal y seguir empacando. El tipo creyó que le estaba armando un berrinche, así que me tomó por la muñeca y me jaló para atraparme entre sus brazos. El aroma empalagoso de un perfume barato impregnado en su camisa me golpeó de lleno. Se me revolvió el estómago y no pude evitar arrugar la cara. No me soltó. En su lugar, bajó la cabeza y escondió el rostro en mi cuello.

—¿Te enfermaste? —indagó—. Mi vida, lo siento. Admito que el proyecto me ha consumido y te he descuidado. En cuanto termine, llenaremos un álbum nuevo. Te lo voy a compensar, ¿bien?

Antes, esas palabras dulces habrían bastado para tenerme comiendo de su mano. Hasta me habrían conmovido. Pero tras despertar en aquel hospital con los pulmones en llamas, sentir el contacto de ese tipo era un desperdicio de tiempo. Creer en las disculpas de un hombre que no movió un dedo mientras yo me ahogaba por una «broma» de su empleada... eso era un insulto a mi inteligencia.

Esperé a que bajara la guardia para apartar sus dedos de mi cintura, uno por uno.

—Bebé, sé que he sido un idiota —insistió, tomándome la mano—. Pero te lo voy a compensar. Preparé una sorpresa para nuestro aniversario de mañana. Solo espera.

Llevaba años haciéndome promesas sobre viajes y celebraciones que jamás se cumplieron. Y como yo iba a desaparecer de esa casa en unos días, su supuesta sorpresa no me importaba.

Estuvo a punto de añadir algo más, pero el teléfono le vibró en el bolsillo. Me soltó como si yo le quemara y retrocedió un par de pasos.

—Hay una emergencia con el sistema de la empresa —me explicó—. Tengo que ir en persona. No me esperes despierta. Te juro que lo de mañana será perfecto, no te hagas ideas raras en la cabeza.

Balbuceaba excusas baratas mientras caminaba con urgencia hacia el vestíbulo. Antes de terminar la frase, su espalda ya había desaparecido por la puerta principal. Un segundo después, el rugido del motor de su auto deportivo rasgó el silencio de la calle.

Yo sabía que esa suave melodía de piano era el tono de llamada exclusivo que le tenía asignado a Blair. Lo sabía todo, pero desenmascararlo a estas alturas me daba una pereza tremenda. Ya no merecía mi tiempo.

A la mañana siguiente, un equipo de organizadores de eventos llegó a la villa a primera hora. Blair entró detrás de ellos, haciendo resonar sus tacones con ínfulas de dueña. Bajo la excusa de ayudar a su jefe con los preparativos, tomó el control de la casa con un descaro impresionante, asumiendo el papel de supervisora. Sin embargo, tras mirar a los trabajadores ir y venir, me di cuenta de la farsa: los adornos que estaban ensamblando en el jardín para llevar al evento eran un simple refrito con los materiales que habían sobrado de su fiestecita de celebración.

Al caer la noche, el personal empezó a retirarse. Con la cabeza levantada y una copa de vino en la mano, Blair se acercó a mí con un descarado gesto de desafío.

—Olivia, este es el resultado de mi supervisión —me dijo sin disimular su egocentrismo—. ¿Crees que estos adornos de sobra están a la altura de una mujer que ya pasó a segundo plano?

Mis ojos se clavaron en la esmeralda que le colgaba del cuello. Era la misma joya que Ryder me había dado y que yo había «perdido» en un probador el año pasado. Y la cínica la lucía en el cuello sin el menor pudor.

—Basura de segunda mano para una mujer de reemplazo —dije con voz cortante, mirándola de arriba abajo—. Te queda perfecto. Si tanto te gustan mis sobras, siéntete libre de disfrutarlas.

Di media vuelta para dejarla hablando sola. Sus ojos lanzaron una mirada rápida hacia el final del pasillo y, en un parpadeo, empujó con violencia una hilera entera de vinos añejos desde lo alto del estante. El pesado mueble de madera maciza se desplomó contra el piso. Un sinfín de botellas estallaron en pedazos, mezclando el licor con los fragmentos de cristal.

Blair se tiró al piso, fingiendo haberse cortado con el cuello roto de una botella, y estalló en un llanto histérico. Su chillido fue tan dramático que era imposible distinguir si el líquido carmesí que brotaba de sus manos era sangre o cabernet.

Antes de que yo pudiera reaccionar al nivel de su locura, la puerta principal se abrió con brusquedad. Ryder irrumpió en la casa subiendo los escalones de tres en tres, encontrándose de frente con el desastre: un mar de vidrios rotos y Blair encogida sobre la alfombra, temblando entre sollozos.

No hizo ni una sola pregunta. Se acercó, me agarró de la muñeca sin piedad, apretándome con tanta fuerza que casi me sacó un grito de dolor.

—¡¿Ya fue suficiente?! —rugió—. Blair vino hasta aquí para organizar los últimos detalles de tu sorpresa, ¡¿y ahora me sales con este arranque de celos?! Si te vas a comportar como una desquiciada, ¡ni siquiera sé para qué me molesté en rentar un salón para ti!

Me soltó de un tirón y se agachó para levantar a Blair en brazos. Mientras ella escondía la cara en su hombro, la tipa me lanzó una mirada por el rabillo del ojo. Una sonrisita de triunfo se dibujaba en sus labios.

Pasé la noche entera sentada en esa sala apestando a alcohol, bajo el resplandor de las luces. El candelabro de cristal me cegaba, iluminando las botellas destrozadas y las manchas de vino que ya se habían secado en la alfombra hasta adquirir un tono escarlata. Cuando despuntó el alba, el idiota no había llegado todavía.

Y tenía todo el sentido del mundo. Durante siete años, reduje mi universo entero a la existencia de Ryder. Mis amigos, los primos con los que crecí, los establos que tanto amaba allá en Lanze... Hice a un lado mi vida entera solo para complacer su ridículo discurso de: «Solo espérame, te daré todo lo que mereces».

A las diez de la mañana, el tiramisú que encargué con anticipación llegó a la casa. Provenía de aquella vieja pastelería donde compartimos un postre durante nuestro primer aniversario. Abrí la caja en soledad, corté una rebanada pequeña y la serví sobre el plato de porcelana más caro que encontré. Esta vez no hubo champán en la mesa, ni rosas, y por supuesto faltaba el hombre que se suponía debía estar ahí.

Puse una vela delgada en el centro y observé el parpadeo de la llama en silencio. Cerré los ojos y pedí un deseo solo para mí. Deseé que, en esta vida, jamás mirara hacia atrás.

Al final, no probé ni un solo bocado. Me limité a ver cómo la cera se consumía hasta apagarse. Esa celebración de aniversario solo tuvo una invitada.

En el instante en que la cuenta regresiva de la pantalla de mi teléfono llegó a cero, empezó a vibrar. Tomé la maleta que había preparado horas atrás y, sin dedicarle ni un último vistazo al lugar, salí de la villa donde habité durante siete años. Ya no era mi hogar... Jamás fue mío.

En el trayecto hacia el aeródromo privado de mi familia, abrí el chat con Ryder y le envié un último mensaje.

Olivia: Lo nuestro se terminó. No vuelvas a buscarme.

Era una simple línea de texto, pero bastaba para sepultar siete años de estupidez.

En ese momento, al otro extremo de la ciudad, Ryder estaba de pie en un salón decorado con un lujo desmedido. Sostenía un anillo de diamantes entre los dedos, esperando el momento para proponerme matrimonio. Pero en lugar de verme entrar por aquellas puertas, lo único que recibió fue mi despedida.

Ya en la puerta de embarque del jet, miré por última vez mi teléfono. La pantalla brillaba bajo un muro interminable de llamadas perdidas de Ryder.

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