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Capítulo 3

Penulis: Bagel
Mi respuesta seca cortó la llamada. Justo cuando guardé el teléfono, el auto cruzó los portones de la villa. Apenas bajé y pisé el vestíbulo de la casa, el teléfono volvió a vibrar con una insistencia que ya me tenía estresada. Esta vez era el canal privado de Slack que pertenecía a la empresa de Ryder.

Al abrir la aplicación, la burbuja roja de notificaciones ya marcaba tres dígitos. La última publicación era una foto que acababa de subir Blair. En la foto, Ryder aparecía con la camisa remangada. Se encontraba arrodillado en el piso del baño, instalándole una regadera nueva. La descripción transmitía un entusiasmo ridículo: «¡En qué otro lugar encuentras un jefe tan considerado! ¡Daría mi vida por este trabajo!».

Los comentarios eran una avalancha de halagos e hipocresía que me daban ganas de tirar el teléfono a la basura.

«Jamás vi al jefe en esta faceta. ¿No se supone que le tiene fobia a los gérmenes? ¡Ahí ni se nota!», comentaba un empleado.

«¡Dios mío, este hombre sin su traje está buenísimo! La testosterona traspasa la pantalla. Me declaro su fan», añadía otra.

Y el golpe de gracia lo dio un tercer mensaje: «Sigan soñando. Esa foto la subió la futura señora de la casa. Nosotros solo venimos a marcar tarjeta».

Cuando Ryder estaba levantando su imperio desde cero, yo era la que le resolvía cada pequeño problema de su vida a cambio de nada. Eso duró hasta que contrató a Blair y ella me arrebató el lugar en todos los frentes.

En cuanto a ese estúpido grupo de Slack, la verdad es que se me había olvidado salir.

Leí cada uno de los comentarios para luego borrar el historial. Presioné el botón para abandonar el canal. Como mi decisión de largarme ya no tenía vuelta atrás, ver un adelanto de su vida de parejita feliz no me dolió tanto como esperaba.

Sin embargo, la nostalgia me asaltó por un momento.

En sus inicios, él era quien presumía pequeños retazos de nuestra convivencia en ese mismo chat. En aquellas fotos desprevenidas, yo salía preparándole un espresso doble o encorvada sobre su escritorio organizándole los contratos. No existía un solo empleado en toda la compañía que no conociera las intenciones del jefe conmigo. Yo estaba envuelta en ese amor ferviente y posesivo. Hasta las madrugadas más agotadoras me parecían un paraíso. Su devoción había convertido un aburrido chat de trabajo en una galería de muestras de cariño que todos adoraban observar.

Todo ese montaje se fue a la mierda el día que Blair entró por la puerta de la oficina. Ella tomó mi lugar. Incluso logró conquistar su corazón. Ryder empezó a prohibir en secreto cualquier mención de mi nombre en la empresa, solo para darle su lugar a la nueva asistente.

Una vez, le quitó el bono anual completo a un gerente que era muy amigo mío, solo porque el pobre hombre tuvo el atrevimiento de quejarse de que Blair era una malcriada y no tenía mi temple. Al final, a escondidas, tuve que cubrir la diferencia con mi bolsillo para calmar la furia de mi amigo y evitar un escándalo.

Volviendo a la realidad, recorrí con la mirada la villa donde pasé los últimos siete años de mi vida. Era un lugar que jamás me perteneció. Sin darle más vueltas al asunto, comencé a empacar mis cosas.

Al vaciar el fondo de un cajón, mis dedos rozaron un álbum de cuero rústico. Lo sostuve entre las manos, caminé despacio hacia el sofá y fui pasando las páginas en silencio. El álbum documentaba cada detalle y cada regalo que Ryder me había dado a lo largo de todo este tiempo. Siete años atrás, me había acorralado contra la pared. Entonces me juró que, al llenar esas cien páginas con nuestros recuerdos, nos íbamos a casar.

El álbum estaba a reventar. Era muy grueso, pero la última página estaba en blanco. Los dos sabíamos qué faltaba para completarla. Y ahora, tenía la certeza de que mi dedo anular jamás llevaría un anillo suyo. Al final, ese último escalón hacia el altar había terminado siendo el chiste más grande de mi vida.

Me levanté, llevé el álbum hasta la chimenea y lo arrojé directo al fuego. Me quedé ahí, observando cómo el cuero se resquebrajaba bajo las llamas, volviéndose cenizas a un ritmo feroz. Y justo así, junto con mis siete años de fantasías absurdas, todo ardió hasta desaparecer por completo.

Ryder cruzó la puerta de la sala justo a tiempo para presenciar la escena y palideció. Corrió hacia mí como un loco, me empujó con brusquedad contra la alfombra y hundió las manos desnudas en la chimenea al rojo vivo. Las llamas le lamieron la piel, quemándole los nudillos.

Ya era tarde, Ryder. No quedaba nada por salvar.

Volteó a verme, dominado por la frustración y con los ojos inyectados en sangre, mientras el fuego devoraba nuestro pasado sin piedad.

—¡¿Por qué coño lo quemaste?! —rugió, al borde de la histeria—. Olivia, ¡¿estás loca?! ¡Eran siete años de nuestros recuerdos y lo acabas de destruir todo!

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