Masuk—No tengo esposo —respondí con calma—. Mi esposo murió la noche en que fui a urgencias.Al escucharme, las lágrimas de Sebastián cayeron con más fuerza. Abrió la boca, como si quisiera explicarse, pero no tenía ninguna excusa.Confundir una mano podía justificarse como un error durante un juego. Pero cuando lo que estaba en juego era una vida, ya no había una segunda oportunidad.Hice girar la silla de ruedas y avancé hacia el pasillo sin volver la vista. Sebastián se quedó atrás, de rodillas bajo los árboles en flor.Él no se fue.Alquiló una habitación cerca del centro y, todos los días, antes de que amaneciera, ya estaba esperando afuera.Reunió a un equipo de oncólogos del extranjero, consiguió equipo médico y tratamientos de última generación, dispuesto a intentar todo lo que estuviera a su alcance con tal de salvarme.Yo rechacé todo.Cada vez que intentaba acercarse, le pedía a la cuidadora que lo hiciera salir.Ya no me quedaban fuerzas para odiarlo.Después de todo, para odiar
Por unos segundos, Sebastián se quedó con la mente en blanco. Solo escuchaba un zumbido en los oídos.Entonces recordó lo que él mismo había estado haciendo aquella noche.Mientras yo estaba unos pisos más arriba, él se encontraba en la sala de curaciones de la planta baja, atendiendo el raspón que Valeria tenía en la pierna y soplándole suavemente la herida.Por el celular me había dicho que me calmara, que hablaríamos después.Pero yo ya no tenía tiempo para ese después.Mientras él estaba abajo con Valeria, yo me encontraba sola, enfrentándome a la posibilidad de morir y firmando yo misma el consentimiento para la cirugía.Sebastián se derrumbó por completo.Salió del consultorio con la única idea de encontrarme, pero las piernas apenas le respondían. No había dado más que unos pasos cuando cayó al suelo en medio del pasillo.—¡Camila! ¿Dónde estás?El grito le salió desde lo más profundo.Rompió a llorar, fuera de sí. Con una mano golpeaba el piso una y otra vez mientras con la otr
Sebastián se dejó caer al suelo y se cubrió la cara con las manos. Entonces vio el bote de basura del estudio.En el fondo todavía quedaban algunas tiras de papel triturado que se me habían pasado al limpiar.Las sacó y empezó a unir los pedazos ahí mismo, uno por uno. Casi dos horas después, logró reconstruir una parte del documento.Era un informe de Patología del Hospital Central.Entre los fragmentos todavía podían leerse algunas palabras: Estómago. Etapa avanzada. Metástasis.Más abajo aparecían mi nombre y el del doctor.Sebastián se quedó mirando el papel. No hacía falta saber de medicina para entender lo que significaba.Negó lentamente con la cabeza, apretando los pedazos entre los dedos.—No puede ser...Se levantó de golpe y pateó el bote de basura.—No. Esto no puede ser. Camila no podía estar así de enferma sin decirme nada.Se pasó una mano por el cabello, incapaz de aceptar lo que acababa de leer.—Camila... esto es para hacerme sentir culpable, ¿verdad?Soltó una risa n
Sebastián empezó a inquietarse. Abrió WhatsApp y me mandó un mensaje de voz.—Camila, ya basta. Acabo de volver de un viaje y estoy agotado. Regresa antes de las ocho y hablamos tranquilos.Pero el mensaje no salió. Al revisar el chat, se dio cuenta de que lo había bloqueado.Se quedó mirando la pantalla unos segundos. Luego dejó el celular sobre la cama, molesto, y se aflojó la corbata.—Está bien. A ver cuántos días te dura esto.En ese momento sonó el timbre.Pensando que era yo, Sebastián fue enseguida a abrir.—Así que ya volviste...Se quedó a mitad de la frase. No era yo.Valeria estaba en la puerta con un recipiente térmico entre las manos y una sonrisa zalamera.—Señor Sebastián, seguro acabó agotado después del viaje. Le traje sopa de pollo para que coma algo caliente.Mientras hablaba, echó un vistazo al interior de la casa.—¿Camila no está?Sebastián la miró. Por alguna razón, verla ahí le molestó.Hasta ese momento siempre le había parecido atenta, dulce y sensata. Pero v
Cuando volví a abrir los ojos, ya era la tarde del día siguiente.La habitación estaba en silencio. Solo se escuchaba el pitido constante del monitor.Todavía tenía el cuerpo pesado por la anestesia. No sentía dolor... apenas distinguía el frío del calor.Mi celular estaba sobre la mesa de noche. Estiré la mano y, después de varios intentos, conseguí alcanzarlo.No tenía llamadas perdidas ni mensajes nuevos.Solo había unos mensajes de Sebastián en WhatsApp, enviados a las dos de la madrugada."Ayer te hablé mal. Te mandé dos mil dólares. ¿No querías comprarte un bolso desde hace tiempo? Cómpratelo."Debajo estaba el comprobante de la transferencia."Valeria se asustó mucho y el carro está en el taller. Tengo que viajar un par de días por trabajo y voy a llevarla conmigo. Le va a servir para despejarse un poco.""Descansa en casa y trata de tranquilizarte."Leí todo sin sentir rabia ni tristeza.Era como si esos mensajes los hubiera escrito un desconocido.Sebastián siempre había sido
Valeria se llevó una mano al collar casi por reflejo y se le colorearon un poco las mejillas.—El señor Sebastián dijo que iba perfecto con el vestido que traigo hoy.Asentí sin decir nada y saqué el celular.Abrí el documento que me había mandado la abogada: el acuerdo de divorcio.Lo firmé ahí mismo.A mitad de la cena, el dolor de estómago volvió de golpe.Esta vez fue mucho peor.Salí del salón apoyándome en la pared y, en cuanto pude, tomé un taxi al Hospital Central.La doctora de guardia revisó mi expediente y enseguida cambió el gesto.—El tumor está comprimiendo el estómago y te está provocando una hemorragia. Tenemos que operarte de urgencia para detener el sangrado.—Si esperamos más, puede ser peligroso.Imprimió el consentimiento y lo dejó frente a mí.—Necesitamos que venga un familiar a firmar cuanto antes.El dolor no me dejaba ni enderezarme. Tenía la ropa empapada de sudor frío.Saqué el celular con las manos temblorosas y llamé a Sebastián.La primera vez no contestó







