로그인Desde las alturas del palacio, el tiempo fluía para mí con una cadencia diferente a la de los seres de carne. Vi nacer y morir a incontables generaciones de humanos. Los vi llegar a las puertas de mi ciudad como tribus dispersas, temblorosas y sujetas al rigor de la naturaleza, y los vi multiplicarse bajo la sombra de mi enseñanza. Observé cómo levantaban murallas de piedra tallada, trazaban acueductos y fundaban dinastías que prometían ser eternas. También presencié sus guerras: conflictos sangrientos impulsados por la ambición, el orgullo o la codicia de sus reyes. Vi cómo los imperios más deslumbrantes florecían en una estación para derrumbarse en la siguiente, dejando tras de sí ruinas cubiertas de musgo y ceniza.La civilización crecía con vigor, pero mientras los mortales consumían sus breves vidas en un frenesí de pasiones, mi existencia permanecía inmutable. Y, sin embargo, en lo más profundo de mi envoltura física, la sed de comprender no se apagaba. Ya no me bastaba con ob
El agua de las piletas reales estaba impregnada de esencias de flores de loto estelar y aceites tibios que Vaelen había dispuesto con una precisión minuciosa. Para el sirviente de mi hermana, el baño no era una simple necesidad biológica, sino un ritual sacro destinado a purificar la forma terrenal de la divinidad antes de cada ceremonia. Sumergida hasta los hombros en el líquido cristalino, observaba los reflejos de la luz matutina proyectarse sobre las paredes de mármol blanco.En el extremo opuesto del recinto, junto a la gran arcada de piedra que daba a las terrazas, Oruk permanecía de espaldas. Como de costumbre, guardaba una distancia respetuosa, erguido como una mole de bronce con la armadura impecable, sosteniendo la guardia con la mirada fija en el horizonte exterior para garantizar mi privacidad.—La temperatura del agua es la adecuada, mi señora —comentó Vaelen desde el borde del estanque, sosteniendo una vasija de plata pálida con movimientos etéreos—. He añadido las g
El cielo del valle se rasgó en un destello de luz blanquecina y fría. Desde los aposentos superiores del palacio, antes de que las cornetas de la guardia Austreliam hicieran sonar la alarma de avistamiento, supe exactamente de qué se trataba. La distancia de los años y el espesor de la envoltura mortal no habían logrado cortar el lazo primordial que nos unía desde el inicio de los tiempos. Isiri mantenía la conexión a través de la sustancia de nuestro arché, esa corriente subterránea que hilvanaba las dos mitades del cosmos. Ella me observaba, no con afecto, sino con la vigilancia calculadora de quien busca el primer indicio de una grieta.Una pequeña nave estilizada, de líneas puras y metales pálidos que no reflejaban la luz del sol terrenal, descendió sobre la explanada principal del templo. De su interior emergió una figura que me devolvió de golpe la memoria de las esferas celestiales.Vaelen.Pertenecía a la estirpe más alta de los sirvientes puros que Isiri mantenía a su lad
El jardín privado del palacio no había sido diseñado para la instrucción ni para la guardia, sino para el recogimiento. Era un santuario enclaustrado entre muros de mármol blanco por donde trepaban enredaderas de flores violetas, cuyo perfume dulce impregnaba el aire fresco de la mañana. Allí, lejos del bullicio de las avenidas humanas y de las miradas vigilantes de la legión, el mundo parecía haber detenido su marcha.Caminaba despacio sobre el sendero de gravilla clara, con la túnica de seda oscura rozando el suelo a cada paso. Oruk guardaba su distancia habitual, aunque en la tensión de sus hombros y en la rigidez de su cuello se adivinaba el peso de la promesa que me había hecho la tarde anterior.Me detuve en medio del pasaje, bajo la sombra de un frondoso árbol de hojas doradas, y me volví hacia él.—Dijiste que una sonrisa nace de lo que se siente en el pecho —recordé, rompiendo el murmullo del viento—. Pero si intento moldear mi rostro mediante la voluntad de la forma, el
El suelo de este nuevo mundo poseía una textura densa, viva y húmeda, impregnada del aroma acre de la vegetación en constante expansión y del susurro incesante de sus ríos. Al descender de la nave insignia, el palacio de piedra blanca y aleaciones estelares ya se erigía majestuoso en el corazón del gran valle, levantado por las unidades de reconocimiento en un punto estratégico donde los caminos de la tierra convergían de forma natural.Los habitantes nativos de este planeta me recibieron con un asombro reverencial que rayaba en el temor. Físicamente, guardaban una similitud sorprendente con los Austreliam en la estructura de sus miembros y el porte de su torso, pero carecían de la musculatura masiva y la densidad ósea que los guerreros de la estación habían desarrollado tras eones de condicionamiento militar. Eran seres moldeados para trabajar la tierra, cultivar los campos y moldear la arcilla. Poseían, es cierto, sus propios defensores y cazadores, pero sus armas rudimentarias y
Las cámaras de carga y los pasillos de servicio de la estación resonaban con el estruendo metálico de los preparativos finales. El momento de zarpar hacia el nuevo mundo había llegado. A través de la vibración de las paredes, sentía el pulso del buque insignia esperando mi orden para desplegar sus alas de energía e iniciar la travesía. Todo estaba dispuesto para el salto estelar que nos llevaría a sembrar la chispa de la civilización en aquellas tierras vírgenes.Me encontraba en el salón del trono, observando la formación que se extendía a lo largo de la nave central de piedra. Oruk aguardaba al frente de la alineación, luciendo una armadura de gala recién pulida, con la capa militar de su estirpe cayendo con elegancia sobre sus hombros. A sus espaldas, ordenados en bloques perfectos, se hallaban los soldados que él mismo había seleccionado para integrar la nueva legión a mi servicio exclusivo.El coloso avanzó dos pasos con la marcha firme que lo caracterizaba y se inclinó en una







