LOGINEl indicador del ascensor marcaba el ascenso hacia la cubierta del alto mando con una lentitud exasperante. Cada número que parpadeaba en la pantalla parecía sincronizarse con el martilleo en mis sienes. Los rumores que acababa de escuchar en el corredor seguían rebotando en mi mente, pero intentaba ahogarlos con la lógica fría de la disciplina: los oficiales resentidos siempre inventaban basura para manchar a quienes destacaban. Cassian no era así. Cassian era mi compañero, mi refugio, la persona que había estado a mi lado en cada noche de guardia y en cada simulación fallida. Éramos un equipo; este era nuestro sueño compartido. Yo lo amaba. Amaba su forma de mirarme, su calma, la certeza ciega de que caminábamos juntos hacia el mismo futuro. Y estaba segura, con cada fibra de mi ser, de que él sentía exactamente lo mismo por mí.
Las puertas de aleación se abrieron con un soplido hidroneumático en el nivel de acceso restringido. El pasillo estaba iluminado solo por la tenue luz azul de emergencia de la estación, acentuando el silencio sepulcral del sector.
A unos metros de distancia, recostado contra el panel de la pared, estaba él.
Cassian mantenía la cabeza baja. Al escuchar mis pasos, se erguí lentamente. Había una rigidez extraña en sus hombros, una distancia en su forma de sostenerse que nunca antes le había visto. Aun así, al avanzar hacia él, busqué desesperadamente la calidez de siempre. Necesitaba que me tomara de las manos, que me dijera que lo de la ceremonia era un error que resolveríamos juntos. Necesitaba su abrazo.
—Cassian... —murmuré, dando un paso más—. No entiendo qué pasó ahí abajo. Miller ni siquiera...
Me detuve al llegar a su lado. La luz azul caía de lleno sobre su rostro, y lo que vi me heló la sangre.
No había consuelo en sus ojos. No había duda, ni culpa, ni preocupación. La expresión de Cassian era un lienzo en blanco, una máscara impenetrable y vacía. Sus ojos no me miraban a mí; miraban un objetivo.
Antes de que mi cerebro pudiera procesar el abismo que nos separaba, su brazo derecho se movió con un impulso seco, letal y perfectamente entrenado.
No vi la arma. Solo sentí el impacto brutal en el centro del pecho.
Un golpe sordo, pesado, seguido de una punzada de dolor tan agudo que me robó el aire de los pulmones en un instante. El acero —ardiente, implacable— desgarró la tela de mi túnica de gala, atravesó la protección táctica y se hundió con una precisión fría entre mis costillas, buscando la carne viva hasta alcanzar el corazón.
El chasquido del metal chocando contra mi hueso resonó dentro de mi propia caja torácica.
El tiempo se detuvo. Mis piernas colapsaron, perdiendo la tensión como hilos cortados. Cassian no me sostuvo para amortiguar la caída; dio un paso al frente solo para mantener la empuñadura presionada firmemente contra mi pecho mientras la hoja terminaba de hundirse.
Sentí el calor espeso de mi propia sangre brotando a borbotones, empapando la tela gris de mi uniforme y deslizándose sobre sus manos. El olor a hierro me inundó la nariz. Mi estructura entera comenzó a vaciarse, como si me hubieran arrancado el alma de golpe.
Lo miré a los ojos, ahogándome en la confusión. Busqué frenéticamente un destello del hombre que me había besado la frente una hora atrás, una grieta de arrepentimiento, una razón, lo que fuera.
—¿Por... qué...? —articulé entre los labios, dejando salir solo un hilo de sangre.
Cassian no respondió. No hubo explicaciones, ni justificantes, ni una sola palabra. Mantuvo un silencio absoluto, denso y glacial. Simplemente me sostuvo la mirada con una indiferencia monstruosa mientras retiraba el acero de mi pecho con un tirón seco y húmedo.
Caí de bruces sobre el suelo de mármol. El frío de la plataforma contra mi rostro fue el único contraste frente a la hoguera que me consumía el tórax. Mis dedos, torpes y teñidos de rojo, buscaron alcanzar la bota de Cassian en un último gesto desesperado, rogando en silencio una respuesta que nunca llegó. Él dio un paso atrás, esquivando mi contacto sin alterarse, y dio media vuelta.
El eco de sus pasos alejándose a ritmo pausado fue lo último que escuché en medio de la penumbra. Mi visión se llenó de manchas de estática blanca que rápidamente se convirtieron en una oscuridad absoluta. El pulso se detuvo, el aire abandonó mis pulmones para siempre y mi cuerpo quedó inerte sobre la sangre que comenzaba a enfriarse.
El silencio de mis aposentos se vio sacudido por una presencia vibrante, una pulsación antigua que resonó en el centro mismo de mi ser. Isiri retomó la conexión que desde hacía mucho tiempo había quedado en el olvido, abriendo de golpe un canal espiritual que permaneció latente durante eones. A través de ese lazo, suave pero ineludible, me hizo saber que vendría a la tierra; me confesó que extrañaba a su hermana y que era hora de descender desde las esferas celestiales.Sabía muy bien lo que su llegada significaba. Isiri tendría su propio templo, una imponente estructura alejada de mi palacio, lo que me facilitaba la vida al no tener que soportar su mirada inquisidora a diario. Sin embargo, no era ingenua. Sé que ella intuye que he cambiado, que la forma mortal que asumí ya no es una mera envoltura de observación, y viene con el único propósito de atestiguarlo con sus propios ojos. Y al llegar, lo sabrá todo. Sabrá inevitablemente de mi relación con el Austreliam, y sé con absoluta
Tras aquella noche en que las estrellas presenciaron la caída del último altar, nuestra vida mutó en una dualidad fascinante y peligrosa. Cruzar las puertas de mis aposentos era atravesar la frontera entre dos mundos completamente opuestos.Vaelen, por su parte, continuaba sirviéndome con la eficiencia impecable de siempre, aunque su presencia se había vuelto fantasmal. Aparecía solo a ratos, emergiendo entre las cortinas con una bandeja de plata o los informes del consejo, mostrando una faz rígida, imperturbable, una auténtica cara de piedra que no dejaba traslucir el menor parpadeo. No soportaba a Oruk; para su mente dogmática y puritana, la sola presencia del guerrero en mis aposentos había manchado de forma irreparable mi divinidad. Me observaba con un reproche mudo, devorado por la amargura de ver a su diosa descendiendo al terreno de los mortales. Pero sus juicios y sus silencios helados no me importaban en lo absoluto; mi voluntad estaba por encima de sus dogmas.De puertas
La noche cayó sobre el palacio envolviendo las torres de mármol en un manto de sombras serenas. En el interior de mis aposentos, el aire era espeso y cálido, cargado con el perfume a miel y resinas florales que emanaba de las braserillas de bronce. Las sirvientas humanas se movían con una agilidad casi silenciosa, llenando la amplia piscina excavada en la piedra con agua tibia. Noté de inmediato la ausencia de Vaelen. Desde que Oruk había trasladado sus pertenencias a mi estancia, el sirviente de mi hermana evitaba con helada rigidez cualquier encuentro directo conmigo; continuaba dirigiendo la servidumbre desde las sombras de los pasillos, pero se negaba rotundamente a darme la cara o a presenciar lo que consideraba una profanación implícita de mis aposentos.Las jóvenes acomodaron dos túnicas de lino fino sobre un banco de piedra cerca del borde del agua. Intercambiaron miradas breves y temblorosas entre ellas, temerosas de la presencia del coloso que permanecía a pocos pasos de dis
Me despegué lentamente de sus labios, obligándome a cortar aquel contacto abrasador aunque cada fibra de mi ser deseaba permanecer eternamente así, suspendida en la calidez de su aliento. Lo miré fijamente a los ojos. A pesar del choque que acababa de sacudir los cimientos de su existencia, Oruk continuaba erguido como una columna de mármol, sosteniendo la tensión muscular con una disciplina sobrehumana.—Por favor, Oruk... deja de comportarte como un guardián imperturbable —le pedí en un susurro cargado de frustrada ternura, buscando una grieta en su coraza militar—. No quiero que me miréis desde la distancia de un pedestal. Quiero que me trates como a una amiga.El coloso dejó escapar un suspiro denso, un hondo pesar que brotó desde lo más profundo de su pecho, pero no cambió de postura. La sombra del soldado invencible parecía su refugio involuntario contra la marea de sensaciones que amenazaba con arrastrarlo.—Quiero que, desde ahora, te mudes a mis aposentos —ordené con suavidad
Apretando los puños a los lados, con los nudillos tornándose blancos por la brutal contención a la que sometía a su propio cuerpo, Oruk libró una batalla encarnizada y desesperada contra la tentación. Se debatía en una agonía silenciosa, luchando por mantener la distancia sagrada que su estricto código de guerrero y su devoción inquebrantable le imponían. Su pecho amplio, libre al fin del peso de la armadura pero oprimido por la tormenta de su interior, subía y bajaba con una violencia rítmica, agitado por una respiración que se volvía cada vez más difusa. Con la voz quebrada, convulsa y áspera por el esfuerzo de reprimir el fuego que amenazaba con devorarlo, habló entrecortadamente, temiendo que el solo aliento de sus palabras rompiera el delicado equilibrio entre los dos: —Señora... yo no puedo compararme con su divinidad —musitó, con una voz que era casi una súplica de cordura en medio del abismo—. Si es su deseo tocarme, puede hacerlo; yo le pertenezco por entero. Mi vida, mi f
Al caer la noche sobre el palacio, la imagen de Oruk en la arena de entrenamiento rehusaba disiparse de mi mente. Cada línea de su cuerpo grabado por el esfuerzo, la foz con la que había aceptado mi desafío y el brillo salvaje de su mirada se mantenían vívidos en mi memoria física. Tenía un deseo ferviente, casi abrasador, de ir más allá del juego del acero y la distancia: necesitaba saber cómo se sentía la verdad de esos músculos bajo la presión directa de mis manos.Cité a Oruk a mis habitaciones privadas. Tan pronto el comandante cruzó el umbral, me volví hacia Vaelen, quien ajustaba con fingida parsimonia los incensarios del recinto.—Vaelen, retírate —le ordené con voz serena, pero imponente.El sirviente de mi hermana se detuvo en seco, con las manos suspendidas sobre la plata. Me miró a los ojos y luego desvió una mirada impregnada de una reprobación helada hacia Oruk, quien permanecía firme junto a la entrada.—Mi señora... el protocolo nocturno requiere— comenzó a objeta







