MasukLa sangre me hervía en las sienes con el impulso sordo de un motor a punto de colapsar. La humillación no pesaba tanto como la furia; una rabia ciega y helada que me empujaba a paso firme por los pasillos abovedados de La Rosa de los Vientos. Los cadetes recién condecorados se apartaban a mi paso, evitando cruzar la mirada con la única sombra de la promoción, la "huérfana" a la que la Flota acababa de borrar del mapa sin una sola explicación.
Iba directa a la cubierta superior. Iba a buscar a Adrian Miller aunque tuviera que romper el cordón de seguridad de la alta jerarquía. No me importaban las consecuencias ni su estatus de aristócrata intocable: me debía una respuesta.
Al girar en el pasillo que conducía hacia los ascensores privados del alto mando, el eco de un par de voces masculinas me hizo acortar el paso detrás de una de las columnas neoclásicas. Reconocí los galones: dos oficiales de la división de reconocimiento, con las túnicas desabrochadas y latas de estimulante sintético en la mano.
—...Una vergüenza lo del Auditorio —decía el más alto, soltando una risotada seca—. Aunque, si me preguntas a mí, el Comandante hizo bien en dejarla fuera. La chica se cree que por volar rápido puede pasar por encima de cualquiera. Es una mandona insoportable.
—A mí lo que me sorprende es cómo hace Vance para no volverse loco —respondió el otro, apoyándose contra el ventanal que daba al espacio profundo—. Estar con una tipa así debe ser como acostarse con un manual de maniobras militares. Frígida, rígida y con aires de heroína. No sé cómo la soporta.
—¿Soportarla? —El primero se burló, dándole un trago a su bebida—. Por favor, no seas ingenuo. Cassian no la soporta; simplemente es listo. Sabe jugar sus cartas en la superficie mientras busca emoción real en otras piernas cuando ella no mira. Con lo estirada que es la huérfana, cualquier chica del sector tres le resulta una bendición en la cama.
El suelo pareció inclinarse bajo mis botas.
El aire se me congeló en la garganta. No era solo la difamación; era la soltura con la que hablaban de Cassian, la seguridad grotesca con la que manchaban lo único puro que creía tener en esa estación. Apreté los puños hasta que las uñas me atravesaron la tela de los guantes. Estaba a punto de dar un paso al frente y estamparle el nudillo en la mandíbula al primero cuando una sombra alta y pesada irrumpió en el pasillo.
—Repitan eso último, oficiales.
La voz resonó con la fuerza de un disparo de cañón dentro de una bóveda de cristal. Los dos hombres se congelaron al instante. Las latas de estimulante cayeron al suelo con un chasquido metálico.
Adrian Miller avanzaba hacia ellos. Sin la chaqueta de gala, solo con la camisa militar negra de cuello rígido y los puños ligeramente remangados. La compostura distante que lo caracterizaba en el simulador había desaparecido; sus ojos oscuros relucían con un peligro absoluto, denso, cargado de una autoridad implacable.
—Señor... Comandante —titubeó el más alto, poniéndose firme a toda prisa, con el rostro perdiendo todo el color—. Solo... solo estábamos comentando el resultado de la ceremonia.
—Estaban faltando al respeto a una integrante de esta Flota cuya capacidad táctica supera tres veces la de ambos juntos —dijo Miller, deteniéndose a menos de un metro de ellos. Su tono era bajo, mortífero—. Y estaban ensuciando el honor de la línea de mando con chismes dignos de la escoria de las cubiertas inferiores.
—Comandante, nos disculpamos, no sabíamos que...
No hubo más advertencias. Con un movimiento veloz, pulido y cargado de una fuerza bruta que jamás le habría atribuido a un aristócrata, Miller descargó un puñetazo seco directamente sobre la cara del oficial más alto.
El crujido del hueso de la nariz resonó en el pasillo. El hombre cayó de espaldas contra la pared, gimiendo mientras se cubría el rostro sangrante. El otro oficial dio dos pasos atrás, pálido como un cadáver, incapaz de articular una sola palabra ante la violencia contenida del comandante.
—Límpiense el rostro, preséntense en la cubierta de arresto y den gracias a que no los degrado a la categoría de desempleados en este mismo segundo —sentenció Miller, sin siquiera sacudirse los nudillos—. Desaparezcan de mi vista.
Los dos oficiales no esperaron una segunda orden. Uno arrastró al otro a toda prisa por el corredor, dejando un rastro de gotas rojas sobre el suelo de mármol.
El silencio volvió a adueñarse de la galería. La respiración de Miller era pesada, acelerada. Se tomó un segundo para acomodarse el puño de la camisa antes de girar lentamente la cabeza hacia la columna donde me encontraba. Sus ojos interceptaron los míos con una precisión quirúrgica. Sabía que yo estaba ahí desde el principio.
Se acercó a mí a pasos lentos. La tensión entre los dos era tan densa que el aire parecía pesar el doble. Pude oler el aroma discreto a cuero, madera y metal que lo rodeaba. Mi corazón martillaba contra mis costillas, repartido entre el impacto de lo que acababa de escuchar sobre Cassian y la presencia abrumadora del hombre que tenía enfrente.
—Ahorra tus preguntas para un lugar privado, cadete —dijo Miller. Su voz había recuperado esa rigidez helada, pero en el fondo de sus pupilas había una chispa de rabia latente que no pudo ocultar.
—Me debe una explicación, Comandante —le dije, dando un paso hacia él sin amedrentarme, sosteniéndole la mirada a pesar del nudo en mi garganta—. Mi nombre no estaba en la lista. Y no voy a moverme de aquí hasta que me diga por qué.
Miller me sostuvo la mirada por un segundo eterno. Bajó la vista hacia mis hombros desprovistos de insignias y luego volvió a encontrar mis ojos. Por un instante efímero, su mandíbula se apretó con lo que pareció ser un brote de frustración genuina.
—Te espero en mi oficina, Corine. En cinco minutos. Y más te vale cerrar la puerta al entrar.
Dio media vuelta y echó a andar hacia los ascensores del alto mando, dejándome sola en el corredor con el eco de sus pasos y la punzada dolorosa de una duda que empezaba a envenenarme la sangre.
Aún sentía el eco helado de la masacre retumbando en cada rincón de mi ser. Las cenizas de aquellos inocentes —mis hijos, pequeñas llamas de vida que yo misma había visto florecer sobre la tierra— quemaban el aire que respiraba. Para una divinidad ciega como Isiri, eran solo piezas defectuosas en una ecuación; para mí, que los había amado desde el primer destello de su existencia, cada uno de sus rostros, sus risas y sus breves sueños eran fragmentos de un tapiz sagrado cuya pérdida me laceraba el alma. Cruzaba la galería de los espejos rumbo a mis aposentos privados cuando la sombra de Vaelen emergió de la penumbra de las columnas. Su postura era serena, erguida con esa compostura rancia y distante que siempre adoptaba cuando creía hablar en nombre de la rectitud. —Mi señora... —dijo, inclinando apenas la cabeza en una reverencia helada—. Os ruego un momento. Debéis escuchar la voz de la razón antes de que el cimiento de vuestro imperio se desmorone por completo. Me detuve, gi
Las palabras de advertencia de mi hermana aún flotaban en el aire denso de la sala cuando el rostro de Isiri se tornó de una serenidad completamente inhumana. No hubo grito de ira ni un atisbo de furia pasional; solo la fría y matemática convicción de una ley cósmica que se disponía a ejecutarse. —La enfermedad debe extirperse antes de que gangrene todo el tejido —susurró Isiri, alzando lentamente su mano envuelta en constelaciones. Antes de que pudiera mover un músculo para detenerla, una onda de luz plateada, tan fría como el vacío entre las estrellas, atravesó el suelo de piedra. El anciano arrodillado a nuestros pies no tuvo tiempo de exhalar un último lamento. En una fracción de segundo, su cuerpo se desintegró, transformándose en una columna de ceniza gris que el viento de la sala barrió al instante. Pero el horror no se detuvo allí. El pulso estelar que Isiri desató no se limitó al salón. A través de nuestra conexión con el mundo, sentí cómo su poder se extendía co
Los altares de arcilla y flores no tardaron en multiplicarse. Lo que comenzó como un culto silencioso en los caminos secundarios pronto estalló a la luz del día en una abierta peregrinación. Los humanos, desbordados por el deseo de aferrarse a algo tangible que reflejara la luz de los cielos, desataron una celebración espontánea. Banderas con cintas rojas, cánticos que resonaban en los valles y procesiones bulliciosas comenzaron a avanzar hacia los dominios del palacio, llevando en volandas figuras talladas que imitaban los rasgos severos y la imponente estampa de Oruk. Lo aclamaban no solo como al comandante de la legión, sino como al protector terrenal, al compañero sagrado de la Guía.Oruk observaba la marea humana desde los torreones con el rostro ensombrecido, sintiendo que el peso de esa idolatría no era un honor, sino una soga invisible que se cerraba lentamente alrededor de su cuello. Yo, por mi parte, contemplaba el fenómeno con una serena aceptación, entendiendo que la fe
El eco del mundo exterior siempre encontraba la forma de filtrarse a través de los muros de mi palacio, incluso cuando me esforzaba por mantener el tiempo suspendido entre las sábanas de mi lecho. Pero lo que comenzó como un murmullo distante en los mercados de la ciudad pronto se materializó en una realidad que Oruk no pudo seguir ignorando. Era una noche templada cuando el comandante entró en mis aposentos con el paso pesado, despojándose del yelmo de bronce con una brusquedad inusual. No arrojó su armadura como otras veces; la dejó sobre el banco con un cuidado casi reverente, aunque sus manos grandes y poderosas temblaban ligeramente. Me encontraba sentada en el borde del pedestal, observándolo en silencio, adivinando la tormenta que traía en la mirada. —Los soldados de la tercera cofradía regresaron hoy de la meseta baja —comenzó Oruk con voz ronca, deteniéndose a pocos pasos de mí—. Encontraron un santuario improvisado al borde del camino real. Pequeñas figuras talladas en
El día fijado para el descenso de mi otra mitad, el cielo sobre la metrópoli adoptó un matiz púrpura y denso, destilando un silencio casi religioso que adormeció el viento. Había dedicado las últimas jornadas a supervisar personalmente los detalles en el Templo de la Luz Astral, erigido en la meseta más alta que dominaba el valle. Quería que el recinto estuviera impecable, no por temor a sus exigencias, sino porque la majestad de Isiri no admitía la imperfección. El mármol blanco de los pórticos refulgía bajo el sol matutino y las cúpulas de cristal reflejaban la inmensidad del firmamento.Acompañándome en la explanada superior, la legión Austreliam permanecía en formación perfecta. Oruk encabezaba el contingente, con la armadura ceremonial pulida hasta el destello, pero con el rostro convertido en una máscara de piedra. Podía sentir el pulso contenido de mis soldados; aunque eran los guerreros más letales del mundo conocido, la presencia inminente de una diosa primordial infundía u
El silencio de mis aposentos se vio sacudido por una presencia vibrante, una pulsación antigua que resonó en el centro mismo de mi ser. Isiri retomó la conexión que desde hacía mucho tiempo había quedado en el olvido, abriendo de golpe un canal espiritual que permaneció latente durante eones. A través de ese lazo, suave pero ineludible, me hizo saber que vendría a la tierra; me confesó que extrañaba a su hermana y que era hora de descender desde las esferas celestiales.Sabía muy bien lo que su llegada significaba. Isiri tendría su propio templo, una imponente estructura alejada de mi palacio, lo que me facilitaba la vida al no tener que soportar su mirada inquisidora a diario. Sin embargo, no era ingenua. Sé que ella intuye que he cambiado, que la forma mortal que asumí ya no es una mera envoltura de observación, y viene con el único propósito de atestiguarlo con sus propios ojos. Y al llegar, lo sabrá todo. Sabrá inevitablemente de mi relación con el Austreliam, y sé con absoluta







