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Renací para destruir el trono de mi hermana
Renací para destruir el trono de mi hermana
ผู้แต่ง: Anónimo

Capítulo 1

ผู้เขียน: Anónimo
El poder de una bruja nace del deseo. Siempre ha sido así: es una ley antigua, grabada en nuestro linaje con sangre.

Cuando una bruja alcanza la mayoría de edad, la magia en su interior se despierta y no la deja en paz: la quema por dentro, la agita, no le da tregua ni para dormir.

Esa fuerza busca desesperadamente a un compañero, alguien lo suficientemente fuerte como para domarla y darle equilibrio.

Si no lo encuentra, esas noches eternas terminan por consumirla desde las entrañas.

Los ancianos de la Alianza nos tenían miedo. Temían que, si andábamos sueltas por ahí, terminaríamos entregándonos a cualquiera, desatando guerras y desgracias por puro capricho.

Por eso impusieron la regla: al cumplir la edad, lo primero era elegir un compañero "adecuado" y amarrar alianzas con otros clanes a través del matrimonio.

Apenas acabábamos de llegar al Santuario. El aire apestaba a incienso viejo y a musgo húmedo. Frente a nosotras, había una fila de hombres de todas las razas.

Ni siquiera nos habían dado tiempo de echarles un buen vistazo cuando la chica que estaba a mi lado me dio un codazo.

—Vi a tu hermana Elsa hace un rato —me susurró al oído—. Iba hecha una loca hacia el Bosque de las Sombras, como si la persiguiera el mismo diablo. Nadie la pudo parar. ¿Qué onda? ¿No va a estar en la ceremonia?

En ese momento, todo me cuadró. Al parecer, no fui la única que regresó de la muerte. Mi querida hermana también había renacido.

Si Elsa se había largado al Bosque de las Sombras con tanta prisa, solo podía ser por una razón: su maldita obsesión de ser reina y vivir rodeada de lujos y poder.

No alcancé a decir ni una palabra.

Un viento helado entró de golpe por las puertas del Santuario, haciendo que las antorchas vacilaran, y en un abrir y cerrar de ojos, el cielo se puso negro.

De pronto, se hizo la noche. Varias carrozas negras y doradas, jaladas por bestias de pesadilla, bajaron desde lo alto.

Eran los emisarios de la Sangre. Venían envueltos en capas oscuras para proclamar la voluntad del príncipe

Se me detuvo el corazón.

Por lo que recordaba de mi otra vida, sabía perfectamente lo que eso significaba: Sebastián venía por la mujer que le había salvado la vida.

La primera vez que pasó todo esto, Elsa, solo por hacerme la vida imposible, me mandó al Bosque de las Sombras a buscar Flores de Luna para nuestro altar. Jamás me imaginé que, por un golpe del destino, terminaría encontrándome con él: un hombre inconsciente, tirado entre las raíces de los árboles, sangrando después de una emboscada de sus enemigos.

Al principio, mi intención era otra. Solo quería aprovecharme de la situación: usar mi energía de bruja para sanarlo y, ya que lo tenía ahí, tan vulnerable y hermoso, calmar de paso ese instinto salvaje que me quemaba por dentro.

Pero en cuanto abrió los ojos, lo primero que hizo fue quitarse un anillo con el sello real y ponérmelo en el dedo.

Me dijo que era príncipe de la estirpe más antigua de la Sangre. Ahí mismo, a través del vínculo, juró que yo sería su compañera.

Jamás en la vida las brujas habíamos tenido un estatus así... nunca nos habían dado un honor de ese tamaño.

Y yo, la verdad, no tenía cómo negarme.

Bastaron un par de palabras y un gesto para que mi destino quedara sellado.

Los de la Sangre son los dueños de la noche, pero cargan con secretos que no comparten con nadie.

Para tener un heredero de sangre pura, la madre tiene que alimentar a la criatura en su vientre con su propia fuerza vital.

Y ese linaje es tan salvaje, tan feroz, que casi ninguna mujer aguanta el ritmo. Lo normal es que, a los pocos meses, tanto la madre como el bebé terminen secos, consumidos por completo.

Pero yo fui la excepción.

Por un milagro, por mi magia o tal vez por pura terquedad, no solo aguanté, sino que traje al mundo al único heredero de sangre pura de toda esa generación.

El rey Alfonso de Montoya no podía creerlo. Vio en mí algo sagrado y me puso en un altar, dándome un lugar que nadie podía tocar.

Pasaron las décadas. Sebastián heredó la corona y yo me convertí en su única reina, rodeada de lujos y de un poder que parecía no tener fin.

Elsa, por el contrario, se había quedado con el Alfa de los licántropos. Pero la pobre nunca se imaginó que un lobo así jamás sería solo suyo.

Él tenía amantes por todos lados. La trataba como una más del montón y, con suerte, se dignaba a verla una vez al mes

Pero para una bruja, ¿cómo se supone que apagas un deseo que te quema las entrañas?

Ella se pasaba las noches llorando, consumida por los celos y el rencor, mientras veía cómo yo subía, paso a paso, en la corte de la Sangre.

Al final, llegó el día del ritual de luna llena. Me citó en los acantilados con cualquier excusa barata.

No había ni un alma. Abajo, el mar rugía golpeando las rocas y el viento nos azotaba el pelo contra la cara. Recuerdo que me sonrió... y, de un solo golpe, me empujó al vacío.

Esa sensación de caer, de sentir que la vida se me iba, se me quedó grabada.

Y, sin embargo, aquí estaba otra vez.

De pronto, tal como en mi vida pasada, Sebastián apareció entre la multitud, escoltado por los ancianos de la Alianza.

Pero esta vez traía a Elsa de la mano.

La miraba con una ternura suave.

—Elsa es de buen corazón —soltó él con esa voz grave—. Fue ella quien me salvó en el bosque. Así que, desde hoy, es mi prometida.

Yo hice lo que me tocaba: me arrodillé con las demás y agaché la cabeza.

Elsa ni siquiera intentó disimular. Me miraba con esa sonrisita de triunfo, barriéndonos a todas con la mirada como si ya se sintiera la dueña de todo.

Desde mi rincón, donde nadie me veía, se me escapó una sonrisa: "Ay, Elsa... si tantas ganas tienes de cavar tu propia tumba, no me va a quedar de otra que darte una mano."

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