INICIAR SESIÓNEn pleno apocalipsis zombi, mi novio, José Halabe, insistió en retrasar la evacuación. Todo para que Susana Campuzano, su amiga de la infancia, también pudiera alcanzar el último grupo de helicópteros de rescate. Pero esa era la última operación de evacuación desde que estalló el brote zombi. También era la única salida con vida para nuestro equipo de sobrevivientes. Al ver que ella seguía sin aparecer, no me quedó más opción que noquear a José y subirlo conmigo al helicóptero. Al final, Susana terminó devorada por la horda de zombis. Yo, en cambio, logré sobrevivir gracias a esa decisión. Después, viví una vida tranquila y feliz con José en la zona segura. Pero la noche antes de que asumiera el mando del sector, justo cuando me preparaba para liderar al ejército humano en el contraataque, José me echó un sedante en el agua. Luego me arrojó directo a una horda de zombis. Cientos, quizá miles de zombis me abrieron el vientre y me devoraron viva, hasta que morí en medio de un dolor insoportable. Él, en cambio, estaba de pie en lo alto de la muralla y soltó una carcajada helada. —Por culpa de tu egoísmo, Susana también perdió la oportunidad de vivir. Tenías que sentir en carne propia el dolor que ella sufrió. Tenías que pagarlo con tu vida. Al volver a abrir los ojos, regresé al día en que José insistía en retrasar la evacuación. Ya que tanto quería vivir y morir junto a Susana, entonces yo misma haría que terminara sirviendo de comida para los zombis junto con ella.
Ver másEsbocé una sonrisa fría e hice un gesto con la mano.—Si le disparas, le regalas una muerte demasiado fácil. Yo creo que debería probar lo que se siente ser despedazada viva. Ese es el final que merece una traidora.Al escuchar eso, mis compañeros asintieron uno tras otro.Pero justo entonces, Susana, apenas con vida, soltó una risa retorcida y feroz.—Si no me salvan, ¡voy a destruir la muestra! ¡Ni sueñen con crear otro suero antiviral! ¡Olvídenlo!Apretaba el contenedor contra el pecho con la única mano que le quedaba, con una malicia enfermiza en la mirada.Reí por lo bajo y saqué con calma de mi bolsillo un contenedor idéntico.—¿Hablas de esto?—No puede ser.Susana abrió los ojos de par en par. Su rostro se crispó sin control.—Entonces, lo que me diste antes era…—Falso.Levanté ligeramente el contenedor que tenía en la mano.—¿Cómo iba a entregarle algo tan importante a alguien tan poco confiable como tú? Desde el principio tomé precauciones contigo.Hice una pausa y la miré d
Aparté la pierna con frialdad.—¿Perdonarte? ¿De verdad crees que te lo mereces?***Mientras nos retirábamos, José nos siguió durante todo el trayecto, suplicando sin parar.—Por todos los años que pasamos juntos, dame una oportunidad para cambiar. No volveré a cometer el mismo error.—¡Cállate!Enrique lo interrumpió con dureza.—¿Todavía tienes cara para mencionar eso? Por esa zorra, nos hiciste perder la única oportunidad de evacuar, desperdiciaste un suero valiosísimo y ¡ahora casi nos matas a todos!—¡Lárgate! ¡O te vuelo la cabeza, imbécil!Saqué una daga de mi cintura y la arrojé frente a él.—Arréglatelas como puedas. Desde ahora quedas expulsado del equipo. Y otra cosa: ya te lo dije hace mucho. Tú y yo ya no somos nada. Deja de seguirme.Al oír eso, José se arrastró de rodillas hacia mí y se aferró a mi pierna con todas sus fuerzas.—Sé que fui idiota y miserable.Sus lágrimas mojaron la tela de mi pantalón.—Te juro que de ahora en adelante solo te voy a obedecer a ti. Haré
—¡Susana, espérame!José gritó y se lanzó tras ella, pero solo pudo verla subir por la escalerilla de emergencia.Estiró la mano con desesperación para alcanzarla, pero solo agarró aire.Susana estaba de pie en lo alto, mirándonos desde arriba. Llevaba en el rostro una sonrisa de vencedora, mientras abrazaba con fuerza el contenedor de la muestra.—Susana, baja la escalerilla. Todavía no he subido.La voz de José le temblaba horriblemente.Susana soltó una risa desdeñosa.—¿Y por qué tendría que salvarte?Le dio unas palmaditas al contenedor de la muestra que llevaba en brazos.—Con esto, todo el mérito de la misión será mío.El rostro de José se volvió blanco como el papel.—Eso no era lo que habíamos acordado. ¿No dijiste que después de encontrar la muestra, los dos íbamos a…?—¡Idiota!Susana soltó una carcajada exagerada.—¿De verdad te lo creíste? Si no fuera porque necesitaba colarme en el equipo de Yolanda para salvar el pellejo, ¿crees que habría querido estar pegada a ti todo
—¿Tú?Enrique soltó una risa burlona y señaló el moretón que Susana aún tenía alrededor del ojo.—Una inútil que solo sabe gritar "¡auxilio!" cuando hay problemas, ¿todavía tienes el descaro de decir que sirves para algo? No me hagas reír.Los demás compañeros también estallaron en carcajadas.José estaba pálido, pero aun así siguió plantado en su lugar.—Sé que cometimos errores, pero, por favor, dennos una oportunidad para reparar el daño. Les prometo que esta vez cumpliremos las órdenes.Pero todos teníamos clarísimo que ellos solo tenían la mira puesta en la jugosa recompensa de esta misión. Solo querían seguirnos para sacar tajada.Levanté la mano para pedir silencio. Luego bajé la voz, me giré hacia mis compañeros y dije:—Llevémoslos. De paso, si nos topamos con peligro, podemos dejarlos atrás para cubrir nuestra retirada. Al menos nos darán algo de tiempo.Solo entonces los demás dejaron de quejarse.A regañadientes, aceptaron la petición de José.Durante el trayecto, José insi






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