LOGINEste niño, de verdad, salió muy bueno. Durante el embarazo casi no me hizo sufrir y el parto fue tan fácil que por momentos pensé que estaba soñando.Cuando vi por primera vez a ese bebé, envuelto en un leve resplandor rojizo y con los ojos del color limpio de la sangre, sentí que todo a mi alrededor se desdibujaba; por un instante lo único real en el mundo fueron esos ojos diminutos.Desde que el niño soltó su primer llanto, Fernando no se quitó la sonrisa de la cara. Había pasado media vida dando vueltas por el mundo, sin permitirse ni siquiera imaginarse con esposa e hijo, y ahora que los tenía delante todavía le costaba creérselo.La noticia de que yo había dado a luz a un descendiente de sangre pura se corrió por todo el clan como fuego en pasto seco. Esta vez no había dudas: era un heredero legítimo de la casa real.Alfonso vino a verlo en persona y se le quedó la sonrisa pegada en la cara, incapaz de ocultar el orgullo.Entre padre e hijo, que habían estado tan distantes tanto t
Elsa nunca imaginó que las cosas se iban a torcer así.La espada cayó antes de que alcanzara a apartarse. El filo le arrancó un buen trozo de carne del hombro y la mandó de espaldas contra el colchón.Gritó de dolor, con los ojos inyectados en sangre, negándose a aceptar lo que estaba pasando.—¿Por qué me haces esto? —la voz se le quebraba—. Me jugué la vida para darte un hijo, ¡y aun así quieres matarme!Sebastián soltó una risa corta, cargada de rabia y desprecio. La señaló con la espada, con una expresión de puro asco.—¿Mi hijo? ¿Sabes siquiera cómo nacen los hijos de la familia real? Nacen todos con los ojos del color de la sangre. Siempre. Nunca, en toda nuestra historia, ha habido uno con ojos azules. ¡Te atreves a traicionarme delante de todos!Elsa ni siquiera sabía eso. Se quedó hecha un ovillo al pie de la cama, temblando sin control.Solo cuando me vio a mí, detrás de Sebastián, con una media sonrisa, pareció entender.—Fuiste tú... —escupió, fuera de sí—. ¡Fuiste tú!Leva
El día que Elsa se puso de parto, los ancianos de la Sangre se amontonaron frente a la habitación y llenaron todo el pasillo.Todo por culpa de Elsa, que a todo el que se le ponía enfrente le repetía que estaba a punto de traer al mundo a un heredero de sangre pura, hasta conseguir que todo el clan estuviera pendiente de su parto.Incluso el rey, Alfonso de Montoya, que casi nunca se metía en asuntos cotidianos, había venido en persona.Sebastián caminaba de un lado a otro frente a la puerta, dando vueltas como fiera enjaulada, con el gesto tan tenso que cualquiera habría dicho que, si lo dejaban, era capaz de meterse en la habitación a empujones.Los presentes no podían estarse quietos: se acomodaban la ropa, se frotaban las manos, murmuraban en voz baja, esperando la llegada del nuevo heredero, la siguiente generación llamada a gobernar la noche.Los gritos de Elsa se fueron volviendo cada vez más agudos, hasta convertirse en chillidos que helaban la sangre. Luego, poco a poco, se f
El vientre de Elsa crecía a un ritmo casi antinatural, mientras ella se iba quedando en los huesos.Aun así, en los ojos le ardía una luz rara, casi febril. Cuanto más se movía la criatura dentro de ella, más feliz se veía, convencida de que solo un heredero fuerte, un verdadero hijo del linaje de la Sangre, podía armar tanto alboroto.Para ella, ese embarazo era la base de toda una vida de gloria.Se le estaba yendo la cabeza. Se pasaba el día acariciándose el vientre, murmurando cosas en un tono que daba escalofríos:—Mi vida, tienes que ayudar a mamá a levantar la cabeza. En cuanto nazcas sano y fuerte, el trono va a ser mío. Nadie se va a atrever a despreciarnos nunca más.Cada vez que tomaba la "fórmula secreta" que le di, se le encendía la mirada y la criatura se movía todavía más.Ella estaba convencida de que yo le había dado lo mejor que tenía. Empezó tomando la pócima una vez al día y, muy pronto, por decisión suya, terminó bebiéndola tres veces al día.Cuando le daban las
Esa voz me trajo de golpe todos esos recuerdos tan íntimos. Di un paso atrás casi por instinto.¿Quién más podría ser, si no él?Me miraba sonriendo, viéndome como una criatura inofensiva, algo pequeño y curioso que se le había cruzado en el camino.En dos pasos llegué hasta él y le tapé la boca con la mano. La urgencia se me notaba en la voz:—¿Qué crees que estás haciendo? ¿Te volviste loco? Este es el castillo, y tú entras y sales como si nada. Si alguien te ve, estás muerto.Él no intentó apartarme. En su mirada se dibujó una suavidad inesperada.—¿Y tú? —replicó en voz baja—. ¿No estás buscando la muerte paseándote por aquí?Chasqueé la lengua y lo miré con más atención.En mi vida anterior, en este mismo castillo, jamás había visto a alguien como él. Cuando por fin estuve segura, lo tomé del brazo y empecé a caminar a su lado, hablando entre dientes:—La prometida del príncipe no tiene apetito. Me mandó llamar para que le preparara algo. Si no, yo tampoco andaría vagando por aquí
Para cuando sentí por primera vez ese movimiento en mi vientre, Elsa ya andaba diciendo que estaba embarazada. Es increíble lo ilusos que pueden ser los hombres con esos temas. Sebastián ni se puso a pensar que, después de haber estado con ella una sola vez en tanto tiempo, era muy difícil que hubiera pegado a la primera. Le creyó el cuento enseguida.Mandó traer cofres llenos de joyas, oro y piedras preciosas. Por fin Elsa podía sacarse la espinita de tantos días de humillación. Me llamó a su cuarto y, en cuanto entré, me señaló con orgullo el montón de tesoros que tenía enfrente.—¿Cómo la ves? —dijo con la barbilla en alto, radiante—. Ni en mil años podrías juntar todo esto. ¿Y qué si tú también renaciste? En la otra vida solo tuviste suerte, pero la verdad es que nunca has estado a mi altura.Yo asentía de vez en cuando, dejando que se desahogara, mientras en mi cabeza solo daba vueltas una pregunta: qué iba a hacer con el hijo que llevaba dentro. El hombre con el que me crucé es