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Renací y Dejé de Amarte

Renací y Dejé de Amarte

Oleh:  Josefina MárquezTamat
Bahasa: Spanish
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Al enterarse de que Bruno Muñoz, su primer amor, había muerto, mi esposa de mi vida anterior, con quien estaba de luna de miel a bordo de un crucero, se lanzó por la borda y se quitó la vida. Fue entonces cuando entendí que ella nunca había logrado olvidar a Bruno. Cuando volví a nuestros años de juventud, ella me soltó la mano sin dudarlo y caminó directo hacia Bruno. Los vi alejarse y luego me di la vuelta. Desde ese momento, nuestras vidas serían como dos líneas paralelas que jamás volverían a cruzarse. Diez años después, nos reencontramos en una recepción en San Camilo. Ella ya se había convertido en una figura emergente de la alta sociedad y apareció del brazo de Bruno, mostrándose muy cariñosa con él. Al verme entrar a la recepción buscando a alguien, no pudo evitar soltarme: —¿Por qué sigues tan aferrado a mí? Aunque lleves diez años esperándome, jamás voy a enamorarme de ti. No le hice caso. Solo fui a un rincón y saqué de ahí a mi hijo, que estaba comiéndose a escondidas un pedazo de pastel. De pronto, a Ximena se le llenaron los ojos de lágrimas y me tomó la mano con fuerza. —Lo haces para provocarme, ¿verdad? ¿No dijiste que en esta vida solo me amarías a mí?

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Bab 1

Capítulo 1

Al enterarse de que Bruno había muerto, Ximena, que nunca me dejaba tocarla, fue quien se acercó a mí por primera vez por iniciativa propia. En nuestro camarote, vestida con un camisón provocador, me dijo:

—Esta noche haz lo que quieras. Solo no me lastimes.

En el momento de mayor intimidad, murmuró una frase:

—En la próxima vida, no volvamos a vernos.

A la mañana siguiente, Ximena se lanzó por la borda y puso fin a su vida.

Fue entonces cuando entendí que ella nunca había logrado olvidar a Bruno.

Cuando volví a nuestra juventud, ella me soltó la mano sin dudarlo y caminó directo hacia Bruno.

Yo los vi alejarse y luego me di la vuelta.

Desde ese momento, nuestras vidas serían como dos líneas paralelas que jamás volverían a cruzarse.

Diez años después, nos reencontramos en una recepción en San Camilo.

Ella ya se había convertido en una figura emergente de la alta sociedad y apareció tomada del brazo de Bruno, con un gesto íntimo y cariñoso.

Al verme entrar en la recepción para buscar a alguien, no pudo evitar soltarme:

—¿Por qué sigues tan aferrado a mí? Aunque lleves diez años esperándome, jamás voy a enamorarme de ti.

No le hice caso.

Solo fui hasta un rincón y saqué de ahí a mi hijo, que estaba comiéndose a escondidas un pedazo de pastel.

De pronto, a Ximena se le humedecieron los ojos y me sujetó la mano con fuerza.

—Lo haces para provocarme, ¿verdad? ¿No dijiste que en esta vida solo me amarías a mí?

***

Jamás imaginé que en esta vida volvería a encontrarme con Ximena.

En una recepción de la élite de San Camilo, ella estaba de pie entre la multitud, tomada del brazo de Bruno. Su sonrisa era elegante y distinguida, sin dejar rastro de la muchacha que había sido años atrás.

Las personas a su alrededor la rodeaban con sonrisas y halagos.

—Señorita Campos, usted sí que es impresionante. Tan joven y ya consiguió un proyecto de alcance regional. Tiene un futuro enorme por delante. ¿El caballero a su lado es su pareja? Hacen una pareja muy bonita.

Bruno miró a Ximena con profunda ternura y dijo en voz suave:

—Tenemos pensado casarnos a finales de año. Si tienen tiempo, serán bienvenidos a la boda.

Alrededor volvieron a escucharse felicitaciones. Entonces, no sé quién preguntó:

—Escuché que llevan diez años juntos. ¿Por qué se casan hasta ahora?

Yo también sentí un poco de curiosidad.

En mi vida anterior, Ximena amó tanto a Bruno que estuvo dispuesta a morir por él.

Después de volver a esta vida, también terminó conmigo de inmediato.

Yo creí que se casarían apenas se graduaran, pero no esperaba que hasta ahora siguieran sin casarse oficialmente.

Al escuchar esa pregunta, el rostro de Ximena se tensó apenas por un instante. Luego sonrió, como si quisiera disimularlo.

—Primero quería consolidar mi carrera y después formar una familia.

Lo miró con una dulzura que no podía ocultar.

En mi vida anterior, cuando estaba conmigo, le pedí matrimonio varias veces.

Solo cuando su familia empezó a presionarla, Ximena aceptó a regañadientes casarse conmigo.

Resultaba que amar o no amar a alguien podía ser así de evidente.

Estaba a punto de apartarme de esa zona para seguir buscando cuando, por el rabillo del ojo, vi pasar una figura pequeña. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente y la seguí de inmediato.

Había salido tan de prisa a buscar a mi hijo que ni siquiera alcancé a cambiarme; todavía llevaba la pijama arrugada.

De pronto, choqué con un mesero y varias copas de champán cayeron al suelo. Él me miró con evidente molestia.

—¿De dónde saliste tú? ¿No ves por dónde vas?

No lo dijo precisamente en voz baja, así que atrajo las miradas de todos alrededor.

Al verme la cara, Ximena se quedó atónita.

—Ethan, ¿qué haces aquí?

Agaché la mirada y me disculpé con el mesero.

—Vine a buscar a alguien.

Alguien preguntó con curiosidad:

—Señorita Campos, ¿lo conoce?

Ximena apretó la copa entre los dedos. Su mirada se endureció.

—Sí. Es mi exnovio.

No sé quién soltó sin pensar desde un lado:

—Como llevan diez años juntos, yo pensé que ustedes dos habían sido el primer amor del otro.

La sonrisa de Bruno se apagó un poco. Tomó la mano de Ximena y dijo con aparente calma:

—Éramos jóvenes. Tuvimos una pelea y nos separamos por un tiempo. ¿Quién no se equivoca cuando es joven?

Ximena no dijo nada. Su mirada pasó por encima de mí y se dirigió al mesero.

—Cárgalo a mi cuenta. Déjalo ir.

Ella estaba ahí de pie, con una expresión tranquila. Aparte de la sorpresa del primer momento, parecía no tener ningún interés en dedicarme ni una mirada más de la necesaria.

Por lo visto, delante de Bruno, quería marcar distancia de mí, ese error de juventud que ahora prefería dejar atrás.

El mesero se apresuró a sujetarme del brazo para llevarme hacia la salida.

—La señorita Campos tuvo la amabilidad de pagar los daños por ti, pero que no se repita.

Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi pijama arrugada, y dijo con desprecio:

—Este no es un lugar para ti. Ya vete.

Me solté de su mano y expliqué con calma:

—Vine a buscar a alguien. Cuando lo encuentre, me iré por mi cuenta.

El mesero chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco.

—He visto demasiados como tú: gente que se cuela para codearse con los ricos. ¿De verdad crees que tienes derecho a entrar a una recepción como esta? Si sigues aquí, llamo a seguridad.

—Espera.

La voz de Ximena sonó detrás de él.

Ella levantó apenas el ruedo de su vestido, me miró y suspiró con impotencia.

—Vino a buscarme a mí. Déjame hablar con él.

Bruno se quedó a su lado y le rodeó los hombros con un brazo, como si estuviera marcando territorio.

—Ethan, Ximena y yo estamos a punto de casarnos. Alguien con un mínimo de dignidad no vendría a buscar a su ex en un momento así.

El rostro de Ximena se ensombreció un poco. No pudo evitar reprocharme:

—¿Por qué sigues tan aferrado a mí? Aunque lleves diez años esperándome, jamás voy a enamorarme de ti. Lo que tuve contigo fue un error. Ahora que por fin pude corregir ese error, espero que tú también puedas dejar atrás el pasado cuanto antes.

Bruno me observó de arriba abajo, con burla en el fondo de los ojos.

—También puedo entender que insistas en buscar a Ximena. Después de todo, las cosas ya no son como antes. Ahora ella es una empresaria prometedora, y nunca falta gente que quiere acercarse para sacar provecho.

Quizá mi ropa sencilla y arrugada lo hizo sentirse superior, porque Bruno levantó el mentón con arrogancia.

—Tú también saliste de una universidad prestigiosa. ¿Cómo terminaste así? Si yo fuera tú, me daría vergüenza salir a la calle.

Ximena frunció el ceño, sacó el celular y habló con un rastro de impaciencia en la voz.

—Si crees que te debo algo por haber terminado contigo, ahora puedo darte una compensación. ¿Una transferencia te parece suficiente?

Abrió la aplicación del banco para transferirme el dinero, pero se quedó rígida al ver que ya no podía encontrarme.

—¿Me bloqueaste?

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