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Capítulo 4

Author: Sardina Rebelde
A la mañana siguiente, Ignacio aprovechó para ir a la universidad.

Estaba cerca de graduarse y ya tenía pocas clases.

Más que nada, había ido a recoger algunas cosas.

Apenas Ignacio entró al edificio de aulas, escuchó que alguien lo llamaba.

—¡Ignacio, por acá!

Reconoció de inmediato la voz de Carlos Fernández.

Habían hablado por internet hacía poco, pero era la primera vez que Ignacio lo veía en persona desde que había vuelto a la vida.

Ignacio no pudo evitar emocionarse.

Se volvió hacia Carlos y se quedó inmóvil un instante.

En su vida anterior, cuando habían enviado a Ignacio a prisión, toda su familia se había alejado de él.

Carlos había sido el único que no se había rendido.

Había buscado abogados por todas partes y hecho lo posible por sacar a Ignacio de ahí.

Carlos sonrió y bromeó:

—No me mires como si te gustara, me vas a poner nervioso. Los dos somos hombres.

Ignacio sintió una cálida emoción en el pecho, pero le respondió sin contemplaciones:

—¡No te creas tanto! A mí no me gustan los hombres.

Subieron juntos las escaleras.

De pronto, Carlos sacó unos papeles del bolsillo con aire misterioso y se los tendió.

—¿Te acuerdas de lo que habíamos acordado? Irnos al extranjero a probar suerte. Mira, ya llegó la invitación de esa prestigiosa escuela de diseño de videojuegos. También preparé nuestras solicitudes de admisión. ¿Qué tal? ¿Me lucí, no?

Ignacio tomó los documentos y pasó los dedos por aquel logotipo que tan bien conocía.

La emoción lo invadió.

En su vida anterior había renunciado a esa oportunidad para quedarse con Camila.

Ahora, recordar aquella decisión le pesaba.

Miró la solicitud y su expresión se volvió firme.

—Gracias.

Esta vez no iba a dejar pasar la oportunidad.

Carlos sonrió, satisfecho.

—Sabía que dirías eso.

Ignacio también sonrió.

Irse al extranjero le permitiría recuperar lo que había perdido y alejarse de las personas a las que no quería volver a ver.

No podía pedir más.

Carlos continuó:

—Ya estoy investigando lo de la familia Zelaya. En cuanto sepa algo, te aviso.

Ignacio entendió de inmediato que él se refería a lo que decía el correo.

Se habían conocido gracias a los videojuegos y desde entonces trabajaban juntos en lo que a ambos les apasionaba.

Con su talento y esfuerzo constante, Ignacio ya se había ganado un nombre en la industria.

Sin embargo, siempre había mantenido un perfil discreto.

Aparte de Carlos, nadie conocía su verdadera identidad.

Carlos lo ayudaba a planear sus proyectos y se encargaba de los contactos.

Siempre habían hecho un buen equipo.

En su vida anterior, Ignacio había aprovechado precisamente aquel prestigio para resolver en secreto muchos de los problemas de Camila.

Ahora le parecía absurdo.

Cuando se separaron, ya era tarde.

Ignacio llevaba las solicitudes en la mano mientras pensaba cómo hablar con Federico.

Apenas llegó a la entrada de la universidad, un carro negro que conocía demasiado bien se detuvo frente a él.

El corazón le dio un vuelco.

¿No era el carro de Camila?

Estaba a punto de darse la vuelta para escapar cuando la puerta se abrió y el chofer lo invitó a subir con respeto.

—Señor Ignacio, por favor.

Ignacio se inclinó para mirar dentro y vio a Camila en el asiento trasero.

Quiso inventar una excusa para marcharse, pero ella lo tomó del brazo y lo jaló hacia el interior.

La puerta se cerró y enseguida se activaron los seguros.

Ya no tenía por dónde escapar.

Camila lo observó de una manera extraña y dijo de pronto:

—Te extrañaba.

La frase lo desconcertó y aumentó su irritación.

Cada vez que ella se acercaba, los recuerdos dolorosos de su vida anterior regresaban con tanta fuerza que le costaba respirar.

Apretó la solicitud entre los dedos.

El crujido del papel se oyó con especial claridad en el silencio del carro.

Camila se fijó en el documento y su mirada se endureció.

—¿Te vas al extranjero?

Ignacio se sintió sometido a una presión que nunca antes había experimentado.

Levantó la cabeza y sostuvo la mirada acusadora de Camila.

Aunque estaba inquieto, asintió con firmeza.

—Sí. Me voy al extranjero.

Decirlo le produjo cierto alivio, aunque sabía que ella no lo aceptaría fácilmente.

El rostro de Camila se ensombreció al instante.

La ira le ardía en los ojos, pero no estalló de inmediato.

Conocía sus errores de la vida anterior y sabía cuánto lo había lastimado.

Ahora que por fin tenían otra oportunidad, no permitiría que volviera a alejarse de ella.

—No voy a dejar que te vayas.

Antes de terminar la frase, rodeó el cuello de Ignacio con los brazos y lo atrajo hacia ella.

Luego lo besó en los labios sin vacilar.

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