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Capítulo 5

Autor: Sardina Rebelde
Ignacio se quedó helado, mirando a Camila sin poder creer lo que estaba pasando.

En cuanto reaccionó, comenzó a forcejear e intentó apartarla.

¿Se había vuelto loca?

La humillación de que lo besara a la fuerza lo llenó de rabia.

Al sentir su rechazo, Camila endureció el gesto y lo empujó hasta dejarlo recostado en el asiento trasero.

En sus ojos se mezclaban la sorpresa y la frustración.

Ignacio apenas había podido respirar.

Incluso se había preguntado si ella pretendía matarlo otra vez.

Todavía no lograba recuperarse del miedo cuando Camila volvió a inclinarse sobre él y lo besó con suavidad.

Era un beso tierno y prolongado, como el de una amante que deseaba y adoraba a la persona que tenía entre sus brazos.

A Ignacio, sin embargo, le provocó un escalofrío de rechazo.

Forcejeó con todas sus fuerzas para apartarse.

La rabia y el miedo acabaron por desbordarlo, y él gruñó:

—¡Aléjate!

Camila se detuvo y por fin recuperó algo de lucidez.

Solo entonces notó que Ignacio la miraba con furia, con los ojos enrojecidos.

Comprendió lo mucho que se había sobrepasado.

En ese momento, Ignacio todavía no era su esposo. Apenas era la segunda vez que se veían.

¿Cómo había podido perder el control y tocarlo de esa manera, sin pensar en nada más?

Se incorporó de inmediato y, avergonzada, le acomodó la ropa que había desarreglado.

Pero, una vez que ambos estuvieron sentados, Camila volvió a acurrucarse contra su pecho.

Con la cabeza baja, le trazó pequeños círculos en el pecho con los dedos.

Sus caricias eran suaves; sus palabras, en cambio, no admitían una negativa.

—¡No te permito irte!

Ignacio no podía irse. Ella no podía permitir que volviera a desaparecer de su vida.

Ya había soportado una vez el dolor de perder a Ignacio y no quería pasar por lo mismo de nuevo.

Solo de imaginarlo, el pecho le dolía tanto que le faltaba el aire.

Ignacio respiró hondo y la miró con una mezcla de furia y desconcierto.

Cada vez entendía menos a la Camila de esta nueva vida.

Se comportaba como una loca.

Lo confundía y, sobre todo, lo asustaba.

Ella lo mantuvo entre sus brazos durante todo el trayecto.

Ignacio solo consiguió calmarse un poco cuando el carro se detuvo frente a un restaurante.

Bajó la mirada hacia Camila, que seguía apoyada en él, y habló con voz grave y firme:

—Quiero volver a mi casa.

No quería cenar con una mujer que podía perder el control en cualquier momento.

Mucho menos quería seguir relacionado con ella.

Camila respondió como si no hubiera escuchado su rechazo:

—Después de cenar te llevo.

Lo dijo con absoluta naturalidad, sin darle la posibilidad de elegir.

Seguía siendo igual que en su vida anterior. Nunca escuchaba su opinión.

Siempre decidía por él.

Ignacio se sentía furioso e impotente.

Era como un títere en sus manos, incapaz siquiera de tomar las riendas de su propia vida.

Camila abrió la puerta y lo obligó a bajar con ella.

—¿¡Qué es lo que quieres!?

Ignacio estaba cada vez más molesto.

El restaurante quedaba cerca de la universidad y no quería que alguien lo viera envuelto en semejante escena con una loca.

—Suéltame. Puedo caminar solo.

Intentó liberarse, pero Camila lo ignoró y lo arrastró hasta un salón privado del restaurante.

Ella ya había hecho la reservación.

Poco después de que se sentaran, un mesero llevó la comida.

Había cuatro platillos. No eran demasiados, pero todos eran del gusto de Ignacio.

Se quedó mirándolos, desconcertado.

En esa vida apenas acababan de conocerse. ¿Cómo sabía lo que le gustaba comer?

Si no era una coincidencia, resultaba demasiado extraño.

Cuanto más lo pensaba, menos sentido le encontraba a todo.

No solo había cambiado la actitud de Camila. Incluso esos pequeños detalles eran desconcertantes.

La observó con curiosidad, tratando de encontrar alguna pista.

Quería saber por qué era tan distinta de la mujer que había conocido en su vida anterior.

Y, sobre todo, qué pretendía con todo aquello.

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