MasukBruce cierra la puerta del dormitorio con una mano.
Con la otra continúa sujetándome por la cintura.
El sonido del pestillo debería hacerme pensar en las consecuencias. En la cena de mañana. En los documentos que necesito encontrar. En todas las razones por las que permitir que el hijo de Héctor Fox entre en mi cama es una mala idea.
Pero Bruce me observa como si acabara de descubrir algo que llevaba demasiado tiempo buscando.
Y yo solo puedo mirar su boca.
—Última oportunidad —murmura—. Pídeme que me marche.
—Si quisiera que te fueras, no habrías cruzado la puerta.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
Bruce no se mueve.
Sus dedos permanecen sobre mi cintura, calientes incluso a través de la tela. Espera una respuesta más clara. No intenta desnudarme, besarme ni aprovechar la forma en que mi respiración se acelera cada vez que su pulgar roza mi cadera.
Héctor jamás esperó.
La comparación aparece sin permiso y estoy a punto de apartarme cuando Bruce levanta una mano hasta mi rostro.
No me toca.
—Dímelo, Valeria.
—Te quiero dentro de esta habitación.
—No es suficiente.
Sus ojos descienden hasta mi boca.
—Te quiero a ti.
Algo cambia en su expresión.
Bruce me besa.
Ya no existe la contención del despacho ni la provocación medida de la entrada. Su boca se abre sobre la mía con un hambre que me obliga a retroceder hasta que la parte posterior de mis piernas golpea la cama.
Introduzco los dedos bajo su chaqueta y la empujo por sus hombros. Cae al suelo. Después tiro de su camisa hasta sacar los faldones del pantalón.
—Pareces tener prisa —dice contra mis labios.
—Dijiste que no necesitarías cinco minutos.
—Para conseguir que vinieras conmigo.
Sus manos encuentran la cremallera de mi vestido.
—Para esto pienso tomarme todo el tiempo que quiera.
—Muy seguro de que voy a permitírtelo.
—Has cerrado la puerta.
—Tú la cerraste.
—Pero todavía no me has echado.
Tira lentamente de la cremallera. El vestido se afloja alrededor de mi cuerpo y la tela cae desde mis hombros hasta quedar retenida sobre mis caderas.
Bruce se aparta lo suficiente para mirarme.
No intenta disimular.
Su atención desciende por mi cuello, se demora en mis pechos y continúa hasta la pequeña prenda negra que todavía me cubre. La intensidad de sus ojos hace que mi piel se caliente mucho antes de que vuelva a tocarme.
He utilizado esa mirada cientos de veces.
He permitido que hombres contemplaran mis piernas mientras yo estudiaba contratos, calculaba debilidades o decidía cuánto podía obtener de ellos.
Nunca había sentido que era yo quien estaba siendo descubierta.
—Deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si ya hubieras ganado.
Bruce sonríe.
—Todavía no he empezado.
Deslizo una mano por su pecho y desabrocho uno de los botones de su camisa.
Después otro.
—Entonces quizá deberías hablar menos.
Los músculos de su abdomen se contraen cuando mis uñas rozan su piel. Continúo hasta abrir la camisa por completo y la aparto. El cuerpo que encuentro debajo es firme, marcado por años de entrenamiento y cubierto por algunas cicatrices pequeñas que no aparecían en ninguno de mis informes.
Bruce toma mi mano y la lleva hasta una de ellas, justo debajo de sus costillas.
—Boxeo —explica.
—No te he preguntado.
—Pero querías saberlo.
Lo empujo.
Bruce cae sentado sobre el borde de la cama y me observa mientras dejo que el vestido termine de resbalar por mis caderas. La tela se acumula a mis pies.
Me coloco entre sus piernas.
Esta era la parte que había calculado. El punto exacto en el que Bruce Fox dejaría de preguntarse quién soy y comenzaría a pensar únicamente en lo que puedo hacerle sentir.
Paso los dedos por su cabello y tiro suavemente hacia atrás.
—Esta noche mando yo.
Sus manos recorren la parte posterior de mis muslos.
—Podemos fingirlo si quieres.
Lo beso antes de que termine de sonreír.
Bruce me atrae sobre él. La presión de su cuerpo atraviesa las pocas prendas que nos separan y el calor se concentra entre mis piernas. Me muevo una vez, deliberadamente, y escucho cómo cambia su respiración.
Eso sí lo esperaba.
Lo que no esperaba era el sonido que escapa de mi propia garganta cuando su boca encuentra la piel sensible debajo de mi pecho.
Bruce lo escucha.
Vuelve a hacerlo.
Sus labios recorren mi cuerpo sin prisas, como si estuviera aprendiendo una ruta que piensa utilizar muchas veces. Cada vez que mis músculos se tensan, se detiene. Cada vez que mis dedos lo acercan, continúa.
Cuando me tumba sobre la cama intento recuperar la posición, pero su cuerpo se coloca sobre el mío.
—Habíamos dicho que mandaba yo.
—Lo dijiste tú.
—¿Y no piensas obedecerme?
Bruce desliza una mano por mi muslo y separa lentamente mis piernas.
—Depende de cómo lo pidas.
El roce de sus dedos borra la respuesta que tenía preparada.
Cierro los ojos.
—Mírame.
Su voz no es una orden brusca. Es más peligrosa que eso. Una petición pronunciada por un hombre que sabe que voy a concedérsela.
Abro los ojos.
Bruce no aparta los suyos cuando termina de desnudarme ni cuando su mano encuentra la humedad que ya no puedo ocultar. Me observa mientras el placer se acumula debajo de mi piel y desarma, una por una, las frases con las que pensaba provocarlo.
—Dime que pare —murmura.
Podría decirlo.
Podría terminar aquello, vestirme y recordar que Bruce es solo el camino más directo hacia Héctor.
En lugar de eso, lo rodeo con las piernas.
—No pares.
Bruce entra en mí despacio.
El primer movimiento me obliga a aferrarme a sus hombros. Había imaginado que sería impaciente, arrogante, dispuesto a tomar todo lo que yo ofreciera.
Pero espera.
Permanece inmóvil hasta que soy yo quien mueve las caderas debajo de él.
Entonces deja de contenerse.
El cabecero golpea suavemente la pared. Su boca encuentra la mía y ahoga cada sonido que intento reprimir. Lo araño. Él me sujeta las muñecas sobre la almohada, pero afloja los dedos en cuanto mi cuerpo se tensa.
—No —susurro.
Bruce se queda quieto.
—¿No qué?
Libero una mano y la hundo en su cabello.
—No te detengas.
Algo feroz aparece en sus ojos.
Me besa y el ritmo cambia. Más profundo. Más intenso. Lo bastante fuerte para hacerme olvidar el mensaje de Héctor, la carpeta escondida en mi despacho y hasta el nombre con el que nací.
Durante unos minutos no soy Celeste.
Tampoco soy la mujer que construí para vengarla.
Solo soy Valeria debajo de Bruce, temblando mientras él pronuncia mi nombre contra mi cuello.
El placer llega con una fuerza que me obliga a cerrar los ojos. Bruce me sigue poco después, enterrando el rostro en mi cabello mientras su cuerpo se estremece sobre el mío.
Permanece allí.
Demasiado cerca.
Demasiado cálido.
Demasiado parecido a algo que no debería querer.
Cuando intenta rodearme con un brazo, me levanto.
—¿Ya estás huyendo? —pregunta.
—Estoy buscando agua.
—El baño está al otro lado.
Me vuelvo hacia él.
Bruce está tumbado sobre mi cama, desnudo de cintura para arriba y demasiado satisfecho consigo mismo.
—No sabía que además de mis mentiras también controlaras la distribución de mi apartamento.
—Solo intento conocer el lugar en el que acabo de perder una camisa.
La encuentro junto a la cama y se la lanzo.
—Tu tragedia me conmueve.
Bruce sonríe y cierra los ojos.
Espero.
Cinco minutos.
Diez.
Su respiración se vuelve profunda. Una mano descansa sobre la almohada que todavía conserva la marca de mi cabeza.
El teléfono de Bruce vibra sobre la mesilla.
La pantalla se ilumina.
Daniel Reed: Tu padre ha pedido un informe completo sobre Valeria Smith. Hay algo raro. Casi no existe antes de llegar a Nueva York.
El frío sustituye al calor de mi cuerpo.
Miro a Bruce.
No se mueve.
Recuerdo los seis números que introdujo en el coche cuando creyó que yo observaba por la ventanilla. Tomo el teléfono y marco la combinación.
La pantalla se desbloquea.
Abro la conversación con Daniel.
Hay fotografías, nombres de sociedades y una búsqueda sobre mi pasado. Deslizo el dedo hacia arriba.
Bruce llevaba investigándome desde antes de entrar en mi apartamento.
Una mano se cierra alrededor de mi muñeca.
Levanto la vista.
Sus ojos están completamente abiertos.
—¿Has encontrado lo que buscabas?
1Los pedazos caen sobre la mesa.Durante unos segundos solo escucho el sonido del papel al deslizarse sobre la madera.Bruce conserva una mitad entre los dedos. Mi firma aparece en la parte inferior, atravesada por el desgarro.—Puedo preparar otra copia.—Y yo puedo romperla otra vez.—No vas a rechazar la única posibilidad de conservar tu empresa solo para castigarme.—¿Todavía piensas que todas mis decisiones giran a tu alrededor?Su voz es baja, peligrosamente serena. Esa calma debería advertirme que retroceda.Nunca he sido buena retrocediendo.—Sé que estás enfadado.—No tienes idea de lo que estoy.—Entonces explícamelo.Bruce arroja el último pedazo sobre la mesa.—En menos de una semana he perdido el control de mi empresa, mi reputación y la posibilidad de entrar en un restaurante sin que alguien intente fotografiarme. Me han esposado delante de las cámaras por un delito que cometió mi padre y he descubierto que la mujer con la que pensaba casarme se acercó a mí porque lleva
A las nueve de la mañana, doce miembros del consejo de Fox Meridian ocupan sus lugares alrededor de la mesa.Tres representantes bancarios participan por videollamada. Los abogados se distribuyen junto a las paredes. Héctor no ha acudido, pero ha enviado a dos letrados para cuestionar cada documento que presentemos.Bruce se sienta frente a mí.Evelyn ocupa la silla a su derecha.No hemos hablado desde anoche.Expongo el pasaporte, los registros de Londres, el informe sobre las firmas y el origen de las impresiones. Después reproduzco una parte de la grabación de Héctor.Su voz llena la sala.«No necesitaba destruir a Bruce. Solo necesitaba que tú lo hicieras por mí».Cuando detengo el audio, nadie se mueve.—Las pruebas utilizadas para suspender a Bruce Fox fueron fabricadas —digo—. La firma de las autorizaciones antiguas fue copiada mientras él se encontraba en otro país. Los documentos se imprimieron en una oficina privada de Héctor Fox y el supuesto vínculo con la retención de Mat
A medianoche, la sala de juntas parece un laboratorio.Evelyn ha cubierto la mesa con lámparas, lupas, sobres transparentes y pequeños dispositivos cuyo funcionamiento no se ha molestado en explicarme. Los documentos originales permanecen bajo una lámina protectora.Bruce está sentado junto a la ventana. Se ha duchado y cambiado de ropa en una de las suites privadas del edificio. Lleva pantalones oscuros y una camisa negra que se ajusta a sus hombros con una precisión que dificulta concentrarse.No debería continuar deseándolo después de verlo salir de una celda a la que yo ayudé a enviarlo.Pero el deseo carece de moral.—¿Vas a seguir observándolo toda la noche? —pregunta Evelyn sin levantar la vista.—Estoy mirando la ventana.—Bruce está delante.—No es culpa mía que ocupe tanto espacio.Él
Bruce sale del juzgado a las cuatro y diecisiete de la tarde.La fiscalía ha aceptado su libertad provisional mientras autentifica la grabación de Héctor y revisa las nuevas pruebas. No puede abandonar Nueva York, debe entregar el pasaporte y continúa formalmente investigado.No es libertad.Solo es una celda más grande.Espero al otro lado de la calle porque Evelyn consiguió una cosa: hacerme dudar de si acercarme sería una forma de aliviarlo o de castigarme menos.Daniel sale primero. Después aparece el abogado.Bruce cruza las puertas unos segundos más tarde.Lleva la misma camisa de ayer, arrugada y abierta en el cuello. La sombra oscura sobre su mandíbula debería hacerlo parecer derrotado. En cambio, le concede una aspereza que despierta recuerdos demasiado íntimos.Recuerdo esa barba rozando mis muslos.Recuerdo su boca obligá
No duermo.Paso la noche en mi despacho, rodeada de documentos que demuestran la inocencia de Bruce y de recuerdos que demuestran mi culpa.A las siete de la mañana sigo llevando la misma ropa. La cadena del anillo me ha dejado una marca roja alrededor del cuello y el café se ha enfriado sin que recuerde haberlo probado.El informe del perito permanece abierto frente a mí.Firma reproducida mediante un modelo original.Durante diez años confundí una copia con una confesión.Llaman a la puerta, pero no espero a responder antes de que Daniel entre acompañado por una mujer a la que nunca he visto.Es alta, elegante y peligrosamente serena. Lleva un traje color marfil que parece diseñado para obligar a los demás a revisar su propia ropa. El cabello oscuro le cae sobre un hombro en ondas pulidas y sus labios, pintados de rojo, se curvan con una seguridad que reconozco demasiado bien.Es la misma clase de seguridad que yo utilizaba antes de que Bruce descubriera quién soy.Daniel cierra la
Bruce no se levanta cuando entro.Está sentado al otro lado de la mesa, con las mangas dobladas hasta los antebrazos. La luz blanca de la sala marca el cansancio de su rostro, pero no consigue volverlo menos atractivo.Incluso herido conserva esa presencia que me hizo desearlo antes de saber si podía permitírmelo.Dejo la carpeta frente a él.—El perito ha confirmado que las firmas fueron copiadas.Bruce no la abre.—Daniel ya me lo ha contado.—La autorización del pago a mi madre y la transferencia relacionada con Mateo contienen exactamente el mismo modelo. Quien preparó las pruebas recientes utilizó una copia de la firma antigua.—Lo sé.—Bruce, esto puede desmontar una parte importante de la acusación.—También puede demostrar que llevabas diez años persiguiendo al hombre equivocado.Su tono







