เข้าสู่ระบบEl calor aparece entre mis piernas con una rapidez que me enfurece. Me apoyo contra
el escritorio y cruzo los brazos, intentando recuperar el control de una conversación que ya no sé quién dirige. —Nos besamos una vez, Bruce. No te concede ningún derecho sobre mí. —Lo sé. La respuesta me desconcierta. Esperaba que discutiera. Que utilizara su apellido, su dinero o la seguridad de un hombre al que pocas mujeres han rechazado. Bruce se acerca, pero se detiene antes de tocarme. —No tengo derecho a prohibirte que cenes con nadie —continúa—. Pero he visto demasiadas veces lo que hace mi padre cuando una mujer le dice que no. —¿Y qué hace? Durante un instante, algo oscuro atraviesa su expresión. —Se asegura de que no pueda volver a decírselo. La amenaza escondida en sus palabras me devuelve a la hoguera. Una mano cerrada alrededor de mi muñeca. Mi espalda contra un árbol. Una voz masculina diciéndome que dejara de fingir que no lo deseaba. —¿Cuántas? —pregunto. Bruce frunce el ceño. —¿Cuántas qué? —Mujeres. ¿A cuántas has visto salir dañadas después de estar cerca de tu padre? —Las suficientes para saber que no quiero verte convertida en una de ellas. Ya lo soy. La respuesta sube hasta mi garganta, pero consigo tragármela. —¿Y qué hiciste para ayudarlas? La pregunta lo alcanza como una bofetada. Bruce retrocede medio paso. —No siempre supe lo que estaba ocurriendo.—No te he preguntado cuándo lo supiste.
—Tenía veinte años cuando empecé a comprender qué clase de hombre era. Veinte años. La misma edad que tenía cuando su firma apareció en los documentos utilizados para silenciar a mi madre. —¿Y después? —insisto. —Después intenté alejarme de él. —Alejarse no es lo mismo que detenerlo. Su expresión se endurece. —No sabes lo que he hecho. —Tienes razón. No sé nada de ti. —Pero estabas dispuesta a besarme. —Para eso no necesitaba conocer tu biografía. Bruce me sujeta por la cintura y me atrae contra él. El movimiento es rápido, pero no violento. Podría apartarlo. Ambos lo sabemos. Sus dedos permanecen sobre mi cuerpo mientras espera a que decida. No lo aparto. —¿También me besaste para conseguir algo? —pregunta. —Quizá. —¿Qué querías? Su boca queda a pocos centímetros de la mía. —Descubrir cuánto tardabas en perder el control. —Ya tienes la respuesta. —No. Todavía sigues hablando. Bruce me besa. Esta vez no existe la sorpresa del primer contacto. Su boca cae sobre la mía con el hambre de un hombre que lleva toda la mañana imaginando repetirlo. Mis manos encuentran sus hombros. Una de las suyas asciende por mi espalda y se hunde en mi cabello. El teléfono comienza a sonar sobre el escritorio.Bruce no se detiene.
Yo sí. Me aparto lo suficiente para mirar la pantalla. Héctor Fox. Bruce sigue mi mirada. —No contestes. Acepto la llamada. —Señor Fox. La mano de Bruce continúa alrededor de mi cintura. Su pulgar se mueve lentamente sobre la piel que queda entre mi blusa y la falda. —Espero no interrumpir nada —dice Héctor. Miro a su hijo. Bruce puede escuchar la voz de su padre en el silencio del despacho. —Depende de lo que quiera. —Confirmar nuestra cena. Mi hijo tiene la costumbre de intentar quedarse con todo aquello que despierta mi interés. Los dedos de Bruce se tensan. —Quizá debería dejar que la mujer elija con cuál de los dos quiere quedarse. Héctor guarda silencio durante un segundo. —Las mujeres no siempre saben qué les conviene. Siento el cuerpo de Bruce endurecerse contra el mío. —Yo nunca he tenido ese problema —respondo. —Mañana a las nueve, entonces. Tengo algo que contarle sobre Bruce. Algo que probablemente cambie la forma en que lo mira. Héctor termina la llamada antes de que pueda preguntar. Bruce me quita el teléfono de la mano. —¿Qué te ha dicho? —Que mañana me contará uno de tus secretos. —Mi padre no conoce mis secretos.—Parece bastante convencido.
—Lo único que intenta es separarte de mí. —No puede separar lo que nunca ha estado unido. Los ojos de Bruce se oscurecen. —Repítelo. —No somos nada. Me besa antes de que pueda pronunciar una palabra más. Esta vez soy yo quien pierde el control. Tiro de su camisa y siento el calor de su piel bajo los dedos. Bruce me levanta y me sienta sobre el escritorio. Varias carpetas caen al suelo, pero ninguno de los dos se molesta en recogerlas. Su boca desciende por mi cuello. —Dime que esto tampoco significa nada. Cierro los ojos cuando sus labios alcanzan el punto sensible bajo mi oreja. —No significa nada. —Mentirosa. Alguien llama a la puerta del despacho. —Valeria —dice mi asistente desde el pasillo—, los representantes de Collins han llegado. Bruce se aparta con dificultad. Su respiración está tan alterada como la mía. Miro la hora. Tengo una negociación dentro de tres minutos y la blusa desabrochada hasta el pecho. —Tienes que marcharte. —Ven conmigo. —¿Adónde? —A cualquier sitio donde no haya una puerta detrás de la que estén esperando seis abogados. Debería echarlo. En lugar de eso, recojo la chaqueta y abro la puerta privada que comunica mi despacho con el ascensor reservado para los socios.—Tienes cinco minutos para conseguir que no me arrepienta.
Bruce sonríe por primera vez desde que Héctor envió el mensaje. —No voy a necesitar tantos. Veinte minutos después entramos en mi apartamento. No recuerdo el trayecto. Solo sus dedos rozando los míos en el ascensor, su rodilla tocando la mía dentro del coche y la certeza de que estoy a punto de cruzar una línea que no figuraba en ninguno de mis planes. Scot nos observa desde el sofá y decide que no somos lo bastante interesantes como para levantarse. Bruce cierra la puerta. El sonido retumba en mi pecho. —Todavía puedes pedirme que me marche —dice. Dejo caer la chaqueta al suelo. —¿Siempre hablas tanto antes de besar a una mujer? Bruce recorre la distancia entre nosotros. Me besa contra la puerta. Sus manos descienden por mi cintura y me acercan a un cuerpo que ya no puede esconder lo que desea. Introduzco los dedos bajo su camisa y noto cómo se contraen sus músculos. Mi teléfono vibra dentro del bolso. No quiero mirarlo. Vuelve a vibrar. Bruce se aparta apenas unos centímetros. —Tu admirador es insistente. Saco el teléfono. Otro mensaje de Héctor. «Antes de entregarte a mi hijo, deberías descubrir qué clase de hombre es realmente. Mañana te enseñaré las pruebas». Una parte de mí desea preguntar qué significa. La otra está demasiado ocupada mirando la boca de Bruce. Bloqueo la pantalla.—¿Qué quería? —pregunta.
—Nada importante. Bruce sostiene mi mirada. Sabe que miento. —Esta noche no quiero más mentiras, Valeria. Esa es la única cosa que no puedo prometerle. Camino hacia el dormitorio y abro la puerta. —Entonces no hagas preguntas cuyas respuestas puedan estropearla. Bruce se queda inmóvil. El deseo y la desconfianza luchan en sus ojos. —Si entro, no voy a fingir que esto no significa nada. —Si no entras, mañana cenaré con tu padre y quizá descubra todos esos secretos que no quieres contarme. La provocación produce exactamente el efecto que esperaba. Bruce cruza la puerta. La cierra detrás de él. Y mientras su boca vuelve a encontrar la mía, comprendo que el hombre al que pienso traicionar está a punto de entregarme su cuerpo, su confianza y, si juego bien mis cartas, todo lo que necesito para destruirlo.1Los pedazos caen sobre la mesa.Durante unos segundos solo escucho el sonido del papel al deslizarse sobre la madera.Bruce conserva una mitad entre los dedos. Mi firma aparece en la parte inferior, atravesada por el desgarro.—Puedo preparar otra copia.—Y yo puedo romperla otra vez.—No vas a rechazar la única posibilidad de conservar tu empresa solo para castigarme.—¿Todavía piensas que todas mis decisiones giran a tu alrededor?Su voz es baja, peligrosamente serena. Esa calma debería advertirme que retroceda.Nunca he sido buena retrocediendo.—Sé que estás enfadado.—No tienes idea de lo que estoy.—Entonces explícamelo.Bruce arroja el último pedazo sobre la mesa.—En menos de una semana he perdido el control de mi empresa, mi reputación y la posibilidad de entrar en un restaurante sin que alguien intente fotografiarme. Me han esposado delante de las cámaras por un delito que cometió mi padre y he descubierto que la mujer con la que pensaba casarme se acercó a mí porque lleva
A las nueve de la mañana, doce miembros del consejo de Fox Meridian ocupan sus lugares alrededor de la mesa.Tres representantes bancarios participan por videollamada. Los abogados se distribuyen junto a las paredes. Héctor no ha acudido, pero ha enviado a dos letrados para cuestionar cada documento que presentemos.Bruce se sienta frente a mí.Evelyn ocupa la silla a su derecha.No hemos hablado desde anoche.Expongo el pasaporte, los registros de Londres, el informe sobre las firmas y el origen de las impresiones. Después reproduzco una parte de la grabación de Héctor.Su voz llena la sala.«No necesitaba destruir a Bruce. Solo necesitaba que tú lo hicieras por mí».Cuando detengo el audio, nadie se mueve.—Las pruebas utilizadas para suspender a Bruce Fox fueron fabricadas —digo—. La firma de las autorizaciones antiguas fue copiada mientras él se encontraba en otro país. Los documentos se imprimieron en una oficina privada de Héctor Fox y el supuesto vínculo con la retención de Mat
A medianoche, la sala de juntas parece un laboratorio.Evelyn ha cubierto la mesa con lámparas, lupas, sobres transparentes y pequeños dispositivos cuyo funcionamiento no se ha molestado en explicarme. Los documentos originales permanecen bajo una lámina protectora.Bruce está sentado junto a la ventana. Se ha duchado y cambiado de ropa en una de las suites privadas del edificio. Lleva pantalones oscuros y una camisa negra que se ajusta a sus hombros con una precisión que dificulta concentrarse.No debería continuar deseándolo después de verlo salir de una celda a la que yo ayudé a enviarlo.Pero el deseo carece de moral.—¿Vas a seguir observándolo toda la noche? —pregunta Evelyn sin levantar la vista.—Estoy mirando la ventana.—Bruce está delante.—No es culpa mía que ocupe tanto espacio.Él
Bruce sale del juzgado a las cuatro y diecisiete de la tarde.La fiscalía ha aceptado su libertad provisional mientras autentifica la grabación de Héctor y revisa las nuevas pruebas. No puede abandonar Nueva York, debe entregar el pasaporte y continúa formalmente investigado.No es libertad.Solo es una celda más grande.Espero al otro lado de la calle porque Evelyn consiguió una cosa: hacerme dudar de si acercarme sería una forma de aliviarlo o de castigarme menos.Daniel sale primero. Después aparece el abogado.Bruce cruza las puertas unos segundos más tarde.Lleva la misma camisa de ayer, arrugada y abierta en el cuello. La sombra oscura sobre su mandíbula debería hacerlo parecer derrotado. En cambio, le concede una aspereza que despierta recuerdos demasiado íntimos.Recuerdo esa barba rozando mis muslos.Recuerdo su boca obligá
No duermo.Paso la noche en mi despacho, rodeada de documentos que demuestran la inocencia de Bruce y de recuerdos que demuestran mi culpa.A las siete de la mañana sigo llevando la misma ropa. La cadena del anillo me ha dejado una marca roja alrededor del cuello y el café se ha enfriado sin que recuerde haberlo probado.El informe del perito permanece abierto frente a mí.Firma reproducida mediante un modelo original.Durante diez años confundí una copia con una confesión.Llaman a la puerta, pero no espero a responder antes de que Daniel entre acompañado por una mujer a la que nunca he visto.Es alta, elegante y peligrosamente serena. Lleva un traje color marfil que parece diseñado para obligar a los demás a revisar su propia ropa. El cabello oscuro le cae sobre un hombro en ondas pulidas y sus labios, pintados de rojo, se curvan con una seguridad que reconozco demasiado bien.Es la misma clase de seguridad que yo utilizaba antes de que Bruce descubriera quién soy.Daniel cierra la
Bruce no se levanta cuando entro.Está sentado al otro lado de la mesa, con las mangas dobladas hasta los antebrazos. La luz blanca de la sala marca el cansancio de su rostro, pero no consigue volverlo menos atractivo.Incluso herido conserva esa presencia que me hizo desearlo antes de saber si podía permitírmelo.Dejo la carpeta frente a él.—El perito ha confirmado que las firmas fueron copiadas.Bruce no la abre.—Daniel ya me lo ha contado.—La autorización del pago a mi madre y la transferencia relacionada con Mateo contienen exactamente el mismo modelo. Quien preparó las pruebas recientes utilizó una copia de la firma antigua.—Lo sé.—Bruce, esto puede desmontar una parte importante de la acusación.—También puede demostrar que llevabas diez años persiguiendo al hombre equivocado.Su tono