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Capítulo 5: El Imán 2

作者: Déesse
last update 公開日: 2026-04-26 20:38:20

Valentina

Una mezcla de desafío y hastío me invade. El miedo está ahí, sí, pero está cansado. Agotado por tres días de vigilia. Jalo la silla frente a él, la madera raspa el suelo con un ruido estridente. Me siento, tiesa, las manos apoyadas planas sobre mis muslos para que no vea que tiemblan. Lo miro por fin a la cara.

—¿Qué quiere?

Estudia mi rostro, como un cartógrafo estudia un territorio nuevo.

—Tienes mala cara. No duermes.

—Eso no le incumbe.

—Todo lo que brilla en la oscuridad me incumbe, Valentina. Y tú brillas, incluso apagada. Es exasperante.

Aprieto las mandíbulas.

—Escuche, señor Diego. No sé a qué juego juega. Pero no estoy interesada. Ni en sus dramas, ni en su… mundo. Sirvo cervezas, vuelvo a casa, y punto. Usted no me interesa.

Las palabras caen en un silencio de hielo. Espero cólera. Espero amenaza. Espero ese frío terrible que vi en sus ojos cuando le habló a El Ratón.

Sonríe. Una verdadera sonrisa, amplia, que ilumina su rostro con una belleza devastadora y mentirosa. Parece sinceramente divertido.

—Eres una mentirosa muy mala, ángel. Es hasta conmovedor. —Toma un sorbo de tequila—. Tú a mí me interesas. Mucho.

—¿Por qué? ¿Porque tuve miedo? ¿Porque no le sonreí como todas las otras?

—No. Porque tuviste miedo, sí, pero no huiste. Porque me estás mirando en este momento con odio y curiosidad en los ojos. Una mezcla poderosa. —Se inclina hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa. La distancia entre nosotros se reduce peligrosamente. Puedo ver las estrías doradas en sus iris negros, las minúsculas cicatrices en el labio superior—. Porque cuando te hablé de negrura y luz, tus pupilas se dilataron. No de miedo. De reconocimiento. Viste de lo que hablaba. En ti. A tu alrededor.

—Desvaría.

—Seré un monstruo, Valentina, pero no estoy loco. Veo muy claro. Y te veo a ti. A ti, que sueñas con pintar cielos cuando tu propio horizonte es un muro de ladrillos mugrientos. A ti, que dices que no te intereso, pero que te has quedado sentada. Que no has gritado. Que no has llamado a la policía después de la otra noche —y no me digas que es por prudencia, una no va al dentista cuando tiene un lobo en su cocina.

Cada palabra es un martillo que clava un clavo de verdad. Me siento desnudada, anatomizada.

—¿Qué quiere? —repito, mi voz más débil.

—Te dije lo que quería. Te lo lancé como un desafío. Ahora te lo digo como una promesa. —Su voz baja aún más, se vuelve confidencial, casi íntima—. Te tengo en la mira, Valentina. No como a una presa. Todavía no. Como a un fenómeno. Esa chispa que se niega a apagarse en el barro… me pregunto cuánto tiempo va a durar. Si se va a extinguir en un soplo, o si va a incendiarse y quemarlo todo a su alrededor. Incluso a sí misma.

Un escalofrío que nada frío explica me recorre. No es miedo. Es excitación. Una excitación oscura, prohibida, que sube desde las profundidades de mi ser y que detesto al instante.

—No puede obligarme a jugar a su juego.

—Yo nunca obligo a nadie. Expongo las reglas. Muestro lo que está en juego. Y espero. —Se recula, se recuesta en su silla, retomando su aire de depredador relajado—. La seducción, ángel, no es solo flores y palabras dulces. Es un combate. Es mostrarle al otro la parte de nosotros mismos que más desea poseer, o destruir. En este momento, te estoy mostrando mi territorio. Puedes entrar en él, o quedarte en el borde mirando. Pero que sepas que ahora que te he visto… el borde ya no es un lugar seguro.

Termina su vaso, se levanta. Deja un billete doblado en dos sobre la mesa. No es para pagar la bebida. Es un mensaje.

—La vida es demasiado larga para vivirla en la grisalla, Valentina. Vas a terminar aburriéndote de tu propia luz.

Gira sobre sus talones y camina hacia la salida. Pero esta vez, se detiene frente a la puerta. Sin volverse, dice, lo suficientemente alto para que yo lo oiga por encima del ruido del televisor:

—A propósito, mandé llevar flores para la hija de El Ratón. Lirios blancos. Para su funeral. La vida está llena de esos contrastes, ¿no crees? La negrura puede tener gestos de luz. Y la luz… —Gira por fin la cabeza, un perfil afilado en el marco de la puerta—. La luz puede tener sed de sombra.

Y desaparece.

Me quedo sentada, petrificada, mucho tiempo después de su partida. El billete sobre la mesa parece arder a través de la madera. Termino por levantarme, por acercarme. Lo despliego con una mano que apenas obedece.

No es un billete. Es una reproducción, en papel grueso, de un cuadro. «Noche estrellada» de Van Gogh. Los torbellinos celestes, la violencia de los astros, el pueblo apacible abajo. Al reverso, escrito con una caligrafía firme y elegante en tinta negra:

«Para tus cielos inmensos. Empieza por mirarlos. D.»

Estrujo el papel, la rabia y una emoción indefinible atenazándome la garganta. Quiero arrojarlo, romperlo. Pero mis dedos se niegan. Aprietan el papel contra mi palma.

Tiene razón. Soy una mentirosa muy mala.

Y él, más que nunca, me tiene en la mira.

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