登入Antes de que Teresa terminara, una chica joven salió de la sala de exploración detrás de ella.—Mamá.Al oír la voz tierna de la muchacha, el gesto triunfal de Teresa se suavizó de golpe.Raquel miró hacia allí y reconoció enseguida a Nerea Peralta, la hija de Teresa. Llevaba un informe médico en la mano y estaba tan pálida que no debía de encontrarse bien.Teresa, que hasta entonces se había burlado de Raquel, se giró de pronto y se llevó a Nerea.El apresuramiento de sus pasos los delató.Raquel, sin embargo, nunca había sentido curiosidad por los asuntos ajenos, así que no les prestó atención.Al cabo de un momento, Teresa regresó sola. Probablemente había dejado a su hija al cuidado de alguien.Se acercó de nuevo a Raquel con una malicia que no encajaba en su rostro bien cuidado.—Señorita Domínguez, creo que debería saber qué decir y qué no.Raquel había previsto su vuelta. Una sonrisa leve se le dibujó en lo
Al llegar a la clínica, Lucía miró a su alrededor con el ceño fruncido y preguntó en voz baja:—¿Por qué no vamos a la Cleveland Clinic? ¿Esta pequeña es de fiar?Raquel respondió con calma:—No es conveniente.En la Cleveland Clinic había gente que conocía a Violeta. Cuando aún no pensaba que pudiera estar embarazada, había ido allí a hacerse una revisión.Ahora que necesitaba resolverlo con discreción, no podía volver. ¿Y si alguien la veía y se lo contaba a Violeta?Para evitar cualquier imprevisto, Raquel había decidido abortar en aquella clínica pequeña.Lucía fue a inscribirla y a pagar la consulta.Mientras esperaban, se sentaron en un banco.Lucía no dejaba de volverse hacia ella.Raquel no pudo contenerse:—¿Por qué me miras tanto?Los ojos de Lucía se humedecieron un poco.—Me preguntaba cuándo te habías vuelto tan fría.Raquel se quedó desconcertada. ¿Fría?—Este niño también es tuyo —susurró Lucía.Raquel apoyó la mano en el vientre sin darse cuenta.Sí, el niño también
Las palabras de Raquel calmaron un poco a Lucía. Sabía que Raquel siempre había sido razonable. Debería haber previsto este desenlace. Aun así, le daba pena.Se mordió el labio.—Pero… ¿de verdad te da igual?Raquel respondió con indiferencia:—¿Sirve de algo protestar?No le daba igual. Había intentado ver si algo podía cambiar. La realidad le había dado una bofetada y le había dicho que dejara de hacerse ilusiones.—¿Vendrás conmigo a la clínica mañana? —Raquel se detuvo y esbozó una sonrisa amarga—. No quiero ir sola.Lucía asintió.—Claro. Soy tu mejor amiga. Aunque esté ocupada, haré hueco. No hacía falta que lo pidieras.Raquel sonrió.—Entonces comamos.Parecía serena, sin rastro de descontento.Al verla así, a Lucía le dieron ganas de llorar.Antes de la quiebra, Raquel era una chica feliz y despreocupada. Ahora estaba ansiosa, indecisa, contenida.—Raquel, si te sientes mal, llora. Aquí no hay nadie. Soy tu mejor amiga. Puedes ser vulnerable.Raquel se quedó inmóvil.¿D
Bajo la mirada fría de Diego, Raquel se sintió incómoda. ¿No había venido con Inés a la hora de comer? ¿Por qué no estaba ahora en el despacho?Perdida en sus pensamientos, no oyó lo que Ángel le preguntaba. Recobró el hilo a tiempo y respondió. El informe terminó pronto. Ángel se ofreció a marcharse.Diego asintió con frialdad.Cuando Ángel se volvió hacia la puerta, Diego clavó los ojos en Raquel. Antes, oculta detrás de Ángel, había podido eludir su mirada. Ahora ya no.Justo al llegar a la puerta, Ángel se giró de nuevo.—Raquel, ¿te recojo mañana a mediodía otra vez?Raquel se quedó desconcertada.Diego arqueó una ceja.—Señor Reyes, ¿le importa si hablo un momento con Raquel? —preguntó Ángel.Raquel frunció el ceño, sin entender qué pretendía.Antes de que pudiera reaccionar, Diego respondió con voz glacial:—Mejor no. Son horas de trabajo.Ángel pareció sorprendido, pero añadió:—Entonces vendré a buscarla al salir.Y se fue.El despacho quedó envuelto en un silencio dens
Ángel regresó de golpe al presente. Alzó la vista y contempló a Raquel al otro lado de la mesa. Iba vestida con sencillez, el cabello castaño recogido a la altura de los hombros y el rostro desnudo de maquillaje. Aquella palidez serena inspiraba una extraña compasión. Ángel sabía, con una certeza amarga, que jamás podría competir con Diego.Cuando la familia Domínguez quebró, recorrió medio país pidiendo ayuda. Nadie se la ofreció. Carecía de influencias. Un consejero delegado incluso le dijo, sin tapujos:—Ángel, tienes talento y un futuro brillante. Ven a trabajar conmigo. Elige con inteligencia.Muchos, en lugar de tenderle la mano, intentaron apartarlo.—Los Domínguez no volverán a levantarse. Aunque alguien los ayude ahora, jamás recobrarán su antiguo esplendor.—Piensa en ti. No eres de esa familia. No tienes por qué hundirte con ellos.Ángel sintió un frío que le caló hasta los huesos. De camino a casa sopesó sus opciones. Llamó a Raquel y le ofreció recogerla.Cuando llegó
—Tienes razón.—Claro. ¿Dónde se ha visto a una esposa rica trabajando de secretaria?—Pero no entiendo. ¿Por qué un matrimonio falso?—He oído que la señorita Domínguez y el señor Reyes se criaron juntos. Él le pidió matrimonio después de que su familia quebrara, probablemente para protegerla y que nadie la humillara. El señor Reyes es un hombre de verdad.—También he oído que el señor Reyes ha estado esperando a Inés. Son muy dulces.Raquel escuchaba con calma, como si no hablaran de ella.Poco después se detuvo el coche de Ángel. Bajó la ventanilla y apareció su rostro apuesto.—Sube.Raquel entró.Tras un largo silencio, aquellos se recobraron.—¿Esa era… la señorita Domínguez?—Sí…—¿Nos habrá oído?—Tranquila. Solo es lo que hemos oído. Y no nos ha desmentido. ¡Debe de estar nerviosa!—A lo mejor no sabía cómo. Al fin y al cabo, todos hemos visto a Inés en el asiento del señor Reyes.La conversación siguió mientras el coche se alejaba.Raquel subió la ventanilla sin expresión y







