MasukAlguien está cayendo de forma silenciosa...
Adolfo.Desisto de avanzar, y en su lugar, bajo para ir hacia el campo de tiro. Danniel me abre la puerta de la mansión, como si hubiera sabido que saldría, pero ni siquiera lo miro. Al estar afuera observo el perfecto piso de cemento, pero eso no resulta un gran alivio justo ahora.En cuanto me acerco al campo, visualizo a Derek entrando al almacén. Aprieto la mandíbula, entro también, pasándole por un lado porque voy directo a las escopetas.Puedo sentir el peso de las cosas que no se han dicho.Tomo una escopeta, municiones, y un par de orejeras, luego salgo del almacén, me posiciono mientras dejo que la culata presione mi hombro herido; por un momento es molesto, pero en cuanto miro a los objetivos y disparo, parte de la presión comienza a bajar.En un momento, cuando cargo, presiento algo detrás de mí. Me muevo con cautela, casual, y noto a Derek con los brazos cruzados observándome.Aquí es donde hablamos.Pero ni siquiera sé qué decirle.¿Que debería dejar de ser tan impulsivo?
Corinne.No sé qué es lo que estoy haciendo mal.Hizo que todo el mundo me ayudara, pero ni siquiera me dedicó una mirada mientras me curaban. Y desde entonces, hasta ahora que puedo ver el cemento secar, ni siquiera lo he visto.Espero que se esté recuperando. Pero también espero que no esté molesto conmigo por alguna razón.Ya descubrí lo que siento cuando está molesto, y no es bonito.—¿Corinne? Hoy vamos al pueblo, ¿crees estar lista para caminar tranquila? —me cuestiona Misha.Miro mis pies envueltos en gasas y con sandalias. Ha pasado una semana. Ha cicatrizado. Solo es una molestia soportable. Sin embargo…—No lo sé… Creo que caminar demasiado no me hará bien —expreso—. Gracias por invitarme.Misha hace una sonrisa a boca cerrada. Una de las chicas, la morena de nombre Luisa, me codea mientras desayunamos en la gran mesa.—Pues te traeremos algo del pueblo.—Mereces una recompensa por haber ayudado al Don —menciona su amiga castaña, Rutt.Bajo la mirada hacia mi comida y niego c
Adolfo.Mátalos a todos.No dejes ningún cabo suelto.Ellos traerán problemas.Quería hacerlo. En serio. Pero Malcom, mi contacto con el FBI, no me dejó. Viajamos a Latinoamérica, montamos una cacería de casi 48 horas con su gente; pero justo cuando nos desharíamos del jefe del difunto Paul, el que pensábamos que era la cabeza del grupo, nos encontramos con algo mucho más grande.Resulta que están aliados con la mafia rusa. Y aunque no le temo a nadie ni nada, soy realista; su red, acceso y defensa son mucho más enormes y profundos que el río amazonas. Sabía que sería una sentencia no jugar bien las cartas.Así que pude hacer que el jefe del difunto Paul, Richard, me comunicara con el ruso. Alek Sidorov. Le dejé claro lo que estaba pasando, Paul y Richard habían querido estafarme con dinero falso, mi hombre impulsivo acabó con Paul y todo se salió de control. No quería persecuciones, el error venía de ellos, no podían culparme por tomar represalias al respecto.Alek Sidorov confesó que
Corinne.Misha nos calma a todas después de que ayudamos en lo que podemos. Nos dice que estamos a salvo, y que los hombres estarán bien.Pero no puedo dejar repetir en mi cabeza la imagen de Adolfo herido, y peor aún, en su mirada indescifrable.Theressa se acuesta en su cama, y en cuestión de segundos, la escucho sollozar. Mi pecho se hunde. Trago hondo, y, tampoco queriendo estar sola, le murmuro que venga a mi cama. Ella avanza y nos colocamos frente a la otra. Pronto toma mi mano.Se siente incómodo, pero también bien.—¿De verdad crees que estaremos bien? —cuestiona en un hilo de voz.—Sí —respondo.Porque Adolfo lo prometió. Y quiero creerle.Despierto con el corazón desbocado, y las imágenes de la sangre fresca en mi cabeza. Theressa se remueve a mi lado, y suelto un exhalo.Rapido me doy cuenta que son horas del día gracias al reloj. La verdad, no dormí nada. Pero no puedo seguir en cama. Me encargo de asearme de pies a cabeza, y bajo hacia la cocina.Algunas chicas están comi
Adolfo.Mis hombres y yo nos acercamos al lugar de entrega. El dron está volando por los aires, casi imperceptible. Le muestra a Danniel todo el terreno. No hay rastro de nuestros aliados. Entramos al estacionamiento abandonado. Estacionamos las camionetas.Derek es el primero en salir. Mira a todos lados, y cuando nuestros hombres despejan, salgo.En días normales, mi mejor amigo me diría algo como “espero que este idiota traiga algo bueno”, pero Derek se mantiene callado a mi lado mientras caminamos a un sitio estratégico.Escucho por el radio a mis hombres afuera decir que nuestro cliente se acerca y respiro. Los vemos llegar. El hombre con quien hicimos el negocio, Paul, que no es el jefe principal, sale.—Don Adolfo —saluda Paul—. Por fin cara a cara.Estuvo insistiendo en conseguir un lote de nuestras armas, unas que conseguimos gracias a al ex agente del FBI, pero yo tenía que saber el por qué las querían, para qué las utilizarían, pues si cruzan una línea, podría meterme en pr
Adolfo.Siento la mirada en mí, y al girarme un poco, la encuentro.Esa chica.Corinne.Con su cabello negro con hondas amarrado a una cebolla descuidada que deja mechones de pelo tocando sus hombros, clavícula marcada, piel pálida.Dándome las miradas que todas las chicas me dan.Vuelvo la vista al closet.De repente estoy indeciso por cuál camisa ponerme.La escucho andar por la oficina. El sonido del trapeador absorbiendo el jugo que derramé sin querer tras discutir con Derek. Resulta que me enteré que no solo mató al padre de Nancy, sino que su esposa embarazada salió herida tras querer interferir en su muerte.Le he ordenado a uno de mis hombres mantener a la familia vigilada para ofrecer ayuda cuando lo necesiten. Y no lo hago por el bastardo hombre, lo hago por la memoria de Nancy y las mujeres de la familia.Termino eligiendo una camisa de lino, negra. La abotono mientras me doy vuelta hacia la silla también afectada por el jugo.La chica está inclinada hacia abajo, limpiándol







