LOGINElisa Soteira.La noche en que todo cambió, estaba cortando raíces de achicoria detrás de la casa. El cielo permanecía despejado y la luna iluminaba el campo. Freya no estaba allí para advertirme. Eso era una de las cosas que más extrañaba: su voz. A veces sentía ese calor tibio en el pecho, recordándome que todavía estaba conmigo, pero no hablaba. No había vuelto a hacerlo desde que me sostuvo en la corriente.Primero escuché un rugido. No fue un sonido fuerte. Fue profundo. El aire vibró dentro de mis huesos, y las vacas de Nara comenzaron a gemir como si acabaran de descubrir que la vida era injusta. Miré hacia las montañas. Algo negro descendió desde las nubes. Al principio pensé que era una tormenta, pero luego vi las alas.El dragón era enorme. Sus escamas absorbían la luz en lugar de reflejarla, y cada movimiento de sus alas levantaba polvo del campo. Tenía dos cuernos largos, ojos dorados y una cola que arrasó la cerca antes de que pudiera decidir si debía correr o fingir que
Elisa Soteira.Volver al reino mortal después de varios meses debería haber sido sencillo. Uno pensaría que, después de morir, ser llevada a un panteón divino, aprender a respirar en un cuerpo que ya no recordaba del todo como propio y escuchar a tres diosas discutir sobre mi destino como si yo fuera una pieza defectuosa, cruzar una puerta sería la parte fácil.Uno pensaría muchas cosas antes de descubrir que los dioses tienen un pésimo sentido de la hospitalidad.El panteón de Hera no tenía amaneceres. Tenía cambios de luz, lo cual no era lo mismo. Un amanecer llegaba con la promesa de que el día comenzaría; la luz del panteón simplemente aparecía entre las columnas, se derramaba sobre los jardines y desaparecía cuando alguna deidad decidía que ya había iluminado bastante.A veces duraba unas horas. A veces permanecía durante semanas. Una vez, mientras intentaba dormir, la bóveda pasó de negro a dorado y luego volvió a ser negra tres veces antes de que pudiera cerrar los ojos.Durant
Benjamín Drake. Yo seguía mirando el círculo de hilo, el lugar exacto donde el panteón había aparecido. Martha había preparado el ritual para marcar el umbral sin cruzarlo. Todos habíamos estado de acuerdo. Pero Artemisa tenía razón: desde que Michael desplegó el dibujo de la escalera sobre la mesa, había imaginado hundir las manos en la luz, romper lo que protegía el panteón y atravesar la abertura antes de que volviera a cerrarse. Había imaginado llegar hasta Beth, tomarla entre mis brazos y regresar con ella, aunque el mundo se partiera detrás de nosotros. Fenrir también lo había imaginado. —¿Qué sucedería si rasgáramos el velo? —pregunté. Hécate giró el rostro hacia mí. —¿Eso es lo que planeaban? —Acordamos no hacerlo. —No te he preguntado qué acordaron. No pude sostenerle la mirada. Las tres diosas se separaron. La luz de las lunas se mezcló en el centro de la sala y formó una superficie oscura, lisa como un lago. Hécate colocó una mano sobre ella. —El triple velo no es
Benjamín Drake. Martha no pronunció el nombre con reverencia. Lo dijo como quien reconoce una sentencia. Tres figuras cruzaron el umbral. La primera era alta, con una altura que se sentía más como una presencia que como una medida. Su cabello era de un negro absoluto y caía desordenado sobre sus hombros. Tenía la piel pálida y unos ojos de plata que veían todo a la vez. En una mano llevaba una antorcha que ardía con una llama negra y blanca al mismo tiempo, y de su cintura colgaban tres llaves: Hécate. La segunda tenía el cabello blanco plateado, del color exacto de la luna en una noche de invierno, los ojos azules y la piel blanca como la nieve antes de que el mundo la tocara. Entre los dedos sostenía un hilo de plata que parecía no tener principio ni fin: Selene. La tercera tenía el cabello rojo intenso, lleno de rizos indomables, y unos ojos verdes que evocaban la madurez de los bosques que habían sobrevivido siglos sin ser talados: Artemisa. A las tres las conocía. Había cami
Benjamín Drake. Michael regresó al palacio al anochecer, casi dos meses después de haberse marchado. Lo supe antes de verlo. Fenrir levantó la cabeza dentro de mi mente y clavó la atención en las puertas principales. No percibió el vínculo de Beth; ese lazo había muerto con ella, y ambos conocíamos demasiado bien la diferencia entre una conexión rota y una presencia que se negaba a desaparecer. Lo que Fenrir sintió fue la misma alteración que había reconocido en el límite sur: una corriente de tiempo desplazándose por debajo de la realidad. —Ya están aquí —dije. Ámbar apartó la vista de los planos que revisábamos sobre la mesa del consejo. Martha, sentada frente a ella, cerró el grimorio que llevaba casi una hora sin leer. Ambas habían regresado del norte el día anterior, sin avisar. Josef se había quedado con las manadas. Cuando le pregunté a Martha por qué habían vuelto, se limitó a contarme que, tres noches atrás, el río que cruzaba el campamento de los aquelarres había corrid
Michael Nox. La primera noche dormimos en una casa abandonada al borde de un camino comercial. La brújula permaneció inmóvil hasta poco antes del amanecer. Entonces algo comenzó a girar dentro del cristal, aunque no había ninguna aguja. Era un remolino de luz pálida, tan fino como un cabello. El aire se hizo más denso. Durante un segundo, escuché una respiración al otro lado de las paredes. —¿Beth? —pregunté. Dominico abrió los ojos. —No la llames. La voz no respondió. El remolino se detuvo apuntando hacia el oeste. Dos días después llegamos a un cruce donde tres caminos llevaban a lugares distintos. En una piedra encontramos un símbolo idéntico al de la lámina de plata: una corona sobre una puerta. Debajo, alguien había escrito una frase en una lengua que ninguno de los dos conocía. Dominico la copió en su cuaderno. —Podemos buscar una traducción en el monasterio de las Tres Mareas. —Está al sur. —La brújula apunta al oeste. —Entonces iremos primero al monasterio. —Eso no e







