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El Apellido Moretti

Author: Annery
last update publish date: 2026-09-22 09:07:48

La ventana de la habitación principal daba a un patio interior de mármol blanco rodeado por altos muros cubiertos de hiedra. Desde el tercer piso, el lugar parecía una fortaleza impenetrable, aislada del resto del mundo por capas de vegetación, hombres armados y un silencio sepulcral que resultaba aterrador.

Isabella no podía dejar de mirar las manos de Dante mientras él se abotonaba una camisa de seda negra sobre las vendas que ella misma le había colocado unas horas antes. Eran las manos de un cirujano de la muerte: precisas, sin un solo temblor, capaces de arrebatar una vida con la misma naturalidad con la que sostendrían una copilla de cristal.

—El apellido Moretti... —murmuró ella, sintiendo cómo el nombre le dejaba un gusto amargo en la lengua—. Los periódicos llevan años hablando de tu familia. Los incendios en los puertos, los jueces comprados, las ejecuciones en pleno centro...

Dante no se giró de inmediato. Ajustó los puños de la camisa con una calma exasperante antes de volverse hacia ella. A la luz tenue de la mañana que se filtraba por los cortinados pesados, su figura resultaba imponente. Los ojos grises, despejados al fin del velo de la fiebre, la examinaban como si estuvieran evaluando el valor de una pieza en un tablero de ajedrez.

—No creas todo lo que leen los civiles en la prensa, Isabella —dijo él, con esa voz grave que parecía retumbar en el piso de madera—. La verdad suele ser bastante más sangrienta. Y mucho menos poética.

Un escalofrío violento le recorrió a Isabella la columna vertebral. El pánico, que hasta entonces se había mantenido al margen bajo la anestesia del deber profesional y el agotamiento, irrumpió con la fuerza de un torrente helado. Se dio cuenta, con desgarradora claridad, de la magnitud del error que había cometido. No había salvado a un hombre herido en un atraco desafortunado. Había devuelto a la vida al monstruo más peligroso del mapa criminal de la región.

Dio un paso atrás instintivo, buscando la distancia que el espacio cerrado de la habitación le negaba. Su espalda chocó contra el borde de la mesa de noche, haciendo sonar levemente la lámpara de bronce.

—Tengo que salir de aquí —articuló ella, intentando que el temblor de su mentón no delatara la tormenta interna que la devoraba—. No formo parte de tu mundo. Atendí una emergencia porque soy médica, nada más. Si me dejas irme ahora, no diré una sola palabra. Me iré del país si es necesario.

Dante cruzó el espacio que los separaba con pasos lentos, medidos. No había prisa en sus movimientos, solo la certeza absoluta de que el control de la situación le pertenecía por entero. Se detuvo a menos de medio metro de ella. El aroma a antiséptico mezclado con su loción amaderada envolvió a Isabella, creando una atmósfera sofocante.

—Te estás engañando a ti misma —dijo él, bajando la vista hacia los puños apretados de la mujer—. Crees que puedes cruzar la frontera entre tu mundo limpio y el mío simplemente cruzando la calle. Pero la sangre de los hombres de la familia rival no se quita tan fácil de las manos, doctora. Y la tuya ya está manchada.

—¡Yo no maté a nadie! —exclamó ella, alzando la cara con una valentía nacida del puro miedo—. ¡Tú fuiste quien les disparó en mi consultorio!

—Y tú fuiste quien me escondió en la penumbra mientras ellos buscaban mi cabeza —replicó él, inclinándose apenas hacia adelante, lo suficiente para que su sombra la cubriera por completo—. A ojos de la ley, eres mi complice. A ojos de los Moretti de la facción rival, eres mi talón de Aquiles. O la primera vida que van a cobrar para enviarme un mensaje.

Isabella sintió que las piernas amenazaban con doblársele. La imagen de la clínica destruida, el olor a pólvora en la sala de urgencias y la frialdad con la que Mateo —no, Dante— había apretado el gatillo volvieron a su mente en una ráfaga cegadora. Todo lo que había construido en los últimos cinco años, la pequeña reputación de integridad y el refugio que representaba su trabajo, había saltado por los aires en cuestión de minutos.

—¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó en un susurro, sintiendo que las lágrimas de impotencia le escocían los ojos, aunque se negó rotundamente a dejarlas caer—. Si solo soy un cabo suelto, habrías podido dejarme ahí a mi suerte.

Dante alzó una mano. Isabella se tensó, esperando un golpe o un agarre brusco, pero el contacto de sus dedos con la piel de su mandíbula fue extrañamente medido. La yema de su pulgar acarició el borde de su pómulo con un roce firme pero cuidadoso, una caricia que tenía el peso de una cadena.

—Porque no dejo que nadie destruya lo que me pertenece —respondió él, fijando sus ojos de acero en los de ella—. Y desde el momento en que metiste tus manos en mi torso para sacarme esa bala, te convertiste en mi responsabilidad. En mi propiedad.

—No soy una cosa de tu propiedad —espetó ella, echando la cabeza hacia atrás para liberarse de su toque, aunque el calor de sus dedos pareció quedar grabado en su piel.

Una sombra de diversión, tan efímera que casi pareció una ilusión óptica, cruzó los rasgos duros de Dante.

—Te equivocas, Isabella. En este mundo, todo lo que salvo o lo que protejo me pertenece. Puedes llamarlo deuda de vida, puedes llamarlo condena. Me da igual. Pero de esta casa no sales sin mi permiso. Y créeme... ese permiso no lo vas a obtener pronto.

Antes de que ella pudiera responder con la rabia que le abrasaba el pecho, tres golpes secos en la puerta de madera interrumpiaron el duelo de miradas.

—Adelante —ordenó Dante sin apartar la vista de la médica.

La puerta se abrió y entró un hombre maduro, de cabello cano cortado al ras y una cicatriz profunda que le dividía la ceja izquierda. Vestía un traje impecable y llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo. Al ver a Isabella, se detuvo un segundo, mostrándole un respeto silencioso pero distante antes de dirigirse a Dante.

—Don Dante —dijo el hombre con una reverencia inclinada de cabeza—. El perímetro está despejado, pero la policía ha acordonado la clínica en el distrito sur. Las noticias locales están empezando a hablar del incidente. Lo presentan como un ajuste de cuentas entre bandas rivales.

—¿Limpiaron el lugar? —preguntó Dante, volviendo a su tono frío y ejecutivo.

—Todo lo que pudiera vincularlo a usted o a la doctora fue eliminado antes del amanecer —contestó el hombre—. Sin embargo, sabemos que la gente de Enzo estuvo vigilando la zona antes del ataque. Es solo cuestión de tiempo para que rastreen la identidad de la médica que atendió el lugar esa noche.

Isabella escuchaba la conversación como si fuera una condena leída en un idioma extranjero. Enzo. Conocía ese nombre por los titulares de los periódicos: el líder sanguinario del clan enemigo que disputaba el control de las rutas del norte. El solo pensamiento de que esos criminales estuvieran buscando su nombre le provocó una náusea violenta.

—Preparen el ala oeste para ella —dispuso Dante sin vacilar—. Que tenga todo lo que necesite, pero no debe salir de los límites de la propiedad. Nadie entra ni sale sin mi autorización personal. Si un solo hombre de Enzo se acerca a tres kilómetros de este perímetro, quiero sus cabezas en una bandeja.

—Entendido, Don Dante —el hombre asintió y miró a Isabella—. Doctora, si me hace el favor de acompañarme, le mostraré sus aposentos.

Isabella miró a Dante. El hombre permanecía de pie junto a la gran ventana, perfilado contra la luz del sol, luciendo ya no como el paciente indefenso al que había cosido horas atrás, sino como el señor absoluto de aquel imperio de sombras.

—Esto es un secuestro —dijo ella, con la voz temblando por el odio y la desesperación.

Dante giró la cabeza levemente, mirándola de reojo.

—Esto es supervivencia, doctora. Agradéceme que siga siendo yo quien decida tu destino y no los hombres que enviaron a matarme.

Sin esperar respuesta, le dio la espalda y comenzó a examinar los documentos que su colaborador le tendía sobre la mesa de trabajo.

Isabella apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Supo que discutir en ese momento era inútil; la fuerza bruta y el poder estaban de su lado. Siguió al hombre de cabello cano por los pasillos laberínticos de la mansión, sintiendo cómo el lujo de la tapicería, las pinturas antiguas y los candelabros de bronce solo servían para dorar las barrotes de la jaula en la que acababa de quedar atrapada.

Al llegar a una amplia habitación amueblada con elegancia clásica, el hombre le cedió el paso.

—Mi nombre es Marco, doctora —dijo el anciano con voz neutra antes de cerrar la puerta—. Si necesita algo para sus cuidados personales o material médico, solo pídalo a través del intercomunicador. El Don ha ordenado que no le falte nada.

—Dile a tu Don que se vaya al infierno —replicó ella.

Marco no inmutó el rostro.

—Muchos lo han deseado antes que usted, doctora. Pero el Don es quien gobierna el infierno. Descanse.

El sonido del cerrojo al echarse desde el exterior resonó en la habitación vacía como el golpe de un mazo de justicia.

Isabella se quedó sola en el centro de la gran alfombra turquesa. Caminó hacia el balcón, pero comprobó de inmediato que las ventanas de cristal reforzado tenían cierres de seguridad que solo se abrían unos pocos centímetros para permitir el paso del aire. Al mirar hacia abajo, vio a dos guardias armados patrullando los jardines con perros de caza con correa corta.

Se dejó caer en el borde de la cama, cubriéndose el rostro con las manos. El terror que la invadía no era solo por las armas, ni por la amenaza de la mafia rival que ahora la buscaba. Era algo más profundo, un vértigo oscuro que le oprimía el pecho al recordar la mirada de Dante Moretti.

Había visto la muerte de cerca muchas veces en su profesión, pero jamás había estado tan cerca de un hombre que la dominara con tanta facilidad, que la reclamara como suya sin pedir permiso y que la hiciera sentir, en medio del pánico más absoluto, una peligrosa e inexplicable atracción hacia las sombras que lo rodeaban.

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