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Capítulo 4

Penulis: Angela-Rossi23
last update Tanggal publikasi: 2026-06-23 18:57:57

El pulso de Alexander Vance rara vez se alteraba ante una crisis imprevista, pero la audacia de su nueva asistente había logrado romper la rutina blindada del piso cuarenta. Nadie —ningún socio, ningún director de división— le había dado la espalda en mitad de una orden directa.

—Atrevida —murmuró entre dientes, la mandíbula tensa mientras dejaba caer el auricular con un golpe seco sobre la superficie de granito.

Su primer impulso, dictado por el instinto de control que regía su imperio naviero, fue ordenar la desactivación inmediata de su credencial en los molinetes de la entrada. Sin embargo, al mirar de reojo a través de las mamparas de cristal, se detuvo. Emma no estaba huyendo. De pie junto a su mesa, con el teléfono apretado contra la oreja y la mano libre cubriéndose la boca, su cuerpo temblaba bajo el saco desgastado.

Quince minutos más tarde, la puerta se abrió con timidez. Emma entró al despacho con el rostro pálido pero la barbilla en alto.

—Aceptaré la rescisión inmediata de mi periodo de prueba si así lo considera necesario, señor Vance —dijo con rigidez mecánica.

—¿Qué fue exactamente eso, señorita Ross? ¿Una urgencia real o una falta de respeto a las normas de la compañía? —preguntó él, cruzando los brazos con una severidad contenida—. En este despacho no se cuelga el teléfono cuando se me está hablando.

—Tuve que elegir entre la disciplina de su oficina y una emergencia que no podía ignorar —respondió Emma, con la voz firme a pesar de la tensión—. Si eso infringe sus reglas, despídame ahora mismo.

Antes de que Alexander pudiera replicar, un pitido agudo interrumpió el ambiente: la alerta crítica en el servidor principal indicaba un fallo en el sistema de logística. La urgencia técnica cortó la discusión de tajo.

—Vuelva a su puesto y saque los respaldos físicos de la ruta B —ordenó él con frialdad, apartando temporalmente el incidente—. Si el sistema no responde en una hora, tendremos un problema mayor.

Eran las ocho de la noche cuando el silencio volvió a instalarse en el piso cuarenta. Al salir de su despacho, Alexander vio la luz encendida en la recepción. Emma seguía allí, rodeada de expedientes, con los ojos rojos por la fatiga.

—¿Por qué sigue aquí, señorita Ross? Su turno terminó hace horas.

—Terminaba de archivar los respaldos —respondió con voz pastosa, sin levantar la vista—. No quería dejar el escritorio desordenado para mañana.

Alexander se acercó en silencio y observó la precisión de su trabajo.

—Hizo un trabajo excepcional hoy, Emma —dijo, usando su nombre de pila por primera vez.

Ella levantó la vista de golpe. Al dar un paso para alcanzar una carpeta, el dorso de los dedos de Alexander rozó accidentalmente la piel de su muñeca. Una descarga eléctrica y sutil recorrió el aire, trayendo consigo un fugaz eco a jabón neutro y lluvia. Emma retiró el brazo con un sobresalto.

Alexander la miró fijamente, con el ceño levemente fruncido.

—Señorita Ross... ¿Nos hemos visto antes de ayer? Su rostro me resulta familiar de una manera extraña.

Emma contuvo el aliento, sintiendo que el suelo se desvanecía. ¿Lo recuerda? ¿Y si sabe lo de Boston?, pensó despavorida por un segundo. Pero de inmediato sacudió la idea mentalmente, obligándose a la razón: No. No puede ser. Estoy exagerando. Pasaron cuatro años, la luz era pésima y yo solo fui una camarera anónima en una tormenta. Es solo paranoia mía.

—Trabajé en el sector logístico de Boston hace años, sí, pero en el puerto comercial, muy lejos de los círculos financieros que usted frecuenta —respondió con una calma fingida—. Las caras cansadas se parecen todas, señor Vance.

Alexander la estudió en silencio, analizando su expresión sin encontrar una grieta evidente. No tenía pruebas de nada; solo una molesta y persistente sensación de déjà vu.

—Dejaremos los fantasmas a un lado por hoy —concedió él con sequedad—. Pero mañana a las siete quiero el informe completo sobre mi mesa. Puede retirarse.

Emma recogió sus cosas a toda prisa y salió del edificio.

Al quedarse a solas, Alexander se sirvió un trago de whisky y sacó del bolsillo el pequeño llavero en forma de faro que había encontrado por la mañana. Lo giró entre los dedos, preguntándose por qué esa mujer parecía remover los cimientos de una memoria que llevaba años sepultada, mientras en su interior una duda silenciosa empezaba a tomar forma.

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