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2 —La Trampa de Georgina

ผู้เขียน: Alicia Books
last update วันที่เผยแพร่: 2024-12-27 08:40:22

Capítulo 2— La Trampa de Georgina

Emanuel golpeó la puerta con furia. Una. Dos. Tres veces.

El sonido retumbó en la noche silenciosa, un eco de su rabia contenida. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Su respiración era errática. No solo era rabia: era pánico. La traición lo carcomía desde adentro.

Dentro de la casa, había un murmullo. Luego, pasos apresurados.

La puerta se entreabrió con cautela.

Y allí estaba ella.

Georgina López se apoyó contra el marco de la puerta, con el cabello despeinado y los labios hinchados, como si acabara de levantarse. Sus ojos destilaban sorpresa… y una pizca de fastidio. Demasiada calma para alguien que no tenía nada que ocultar.

—Emanuel… ¿qué haces aquí?¿Vos no tenes que estar acá?

Su tono era una mezcla de incredulidad y molestia.

Él no respondió. No podía.

Porque detrás de Georgina, en la penumbra del pasillo, estaba él.

Ismael.

Su hijo.

Descalzo, con el torso desnudo, con una expresión de desconcierto en el rostro. No parecía sorprendido de verlo. Y eso fue lo que más lo golpeó.

El estómago de Emanuel se contrajo con violencia.

No podía ser cierto.

Pero estaba allí.

En esa casa.

A esa hora.

Como si no hubiera nada que explicar.

Los ojos de Ismael se abrieron de par en par al verlo.

—Papá…

La palabra sonó ahogada. No como una disculpa. Tampoco como una sorpresa.

Emanuel sintió un zumbido en los oídos. La sangre le golpeó las sienes. El whisky en su sistema apenas amortiguó el impacto de la escena.

Su propio hijo.

¿Con ella?

¿Desde cuándo?

¿Desde antes… o desde que él mismo había cometido el error?

Georgina chasqueó la lengua y suspiró, como si la situación le resultara molesta.

—Mierda, Emanuel… ¿qué esperabas encontrar?

El piso pareció abrirse bajo sus pies.

—Dime que no es verdad —su voz salió rota, áspera—. Dímelo.

Ismael no dijo nada.

Bajó la mirada.

Ese silencio fue la confirmación más cruel.

Emanuel sintió náuseas. Un mareo violento lo sacudió. La imagen de su esposa muerta cruzó su mente como un reproche silencioso.

Georgina, en cambio, sonrió.

—Oh, Emanuel… —murmuró, cruzándose de brazos—. ¿De verdad creíste que eras el único hombre en mi vida?

La rabia lo consumió en un segundo.

No pensó.

No midió.

No se detuvo.

Empujó la puerta con violencia y entró en la casa, acortando la distancia entre él y su hijo.

—¡¿Cómo pudiste, Ismael?! —rugió—. ¡¿Desde cuándo?!

Ismael levantó la mirada. No retrocedió. Y eso fue peor que una confesión.

—No es lo que pensás…

—¡¿Entonces qué demonios es?! —la voz se le quebró—. ¡¿Me vas a decir que esto no es nada?!

Su hijo apretó los puños.

—Papá, escúchame…

Pero Emanuel ya no escuchaba.

La rabia le nubló todo. El alcohol, el miedo, la culpa acumulada.

Y en un impulso lleno de furia y dolor… le dio un puñetazo.

El impacto resonó en la casa como un trueno.

Ismael cayó de espaldas.

El ardor le recorrió los nudillos.

No le importó.

Lo que le importó fue la certeza brutal de que había cruzado una línea que no sabía si podría deshacer.

Georgina corrió hacia Ismael y se interpuso entre ellos.

—¡¿Estás loco, Emanuel?!

—¡Vos hiciste esto! —le escupió—. ¡Vos lo metiste en el medio!

Georgina lo miró. Sus labios temblaron.

Y entonces… rió.

Una risa venenosa. Cínica. Triunfante.

—Oh, Emanuel… —susurró—. Vos solo terminaste lo que empezaste.

La visión se le nubló.

El cuerpo le falló.

Los rostros se desdibujan.

Todo giró.

Oscuridad.

Emanuel abrió los ojos de golpe.

Un jadeo violento escapó de su boca. El corazón le latía desbocado. El sudor frío le empapaba la espalda.

No estaba en la casa de Georgina.

Estaba en su auto.

Había dormido frente a su casa.

Nunca había bajado. Nunca había tocado la puerta.

Había sido un sueño.

Un maldito sueño.

Se llevó las manos al rostro, intentando estabilizar la respiración.

—Dios…

Se acomodó en el asiento. El temblor seguía ahí. Demasiado real para ignorarlo.

Pero algo no encajaba.

Miró el celular.

Tenía una llamada perdida.

De Ismael.

A las 02:17.

El pecho se le cerró.

—No…

Encendió el auto y lo condujo hasta su casa.

Al llegar, el garaje estaba vacío.

El auto de Ismael no estaba.

Eso jamás pasaba.

Entró con torpeza, encendió la luz y marcó el número de su hijo.

Sonó una vez.

Dos.

Tres.

La llamada se cortó.

Ismael no contestó.

Emanuel sintió un escalofrío en el cuerpo.

El sueño ya no parecía solo una pesadilla.

Parecía una advertencia.

Respiró hondo.

Tomó una decisión.

No iba a preguntar,ni siquiera iba a acusarlo todavía.

No podía explotar.

Iba a descubrir la verdad.

Incluso si esa verdad lo destruía.

Fuera cual fuera.

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ความคิดเห็น (1)
goodnovel comment avatar
Elsa
pobre hombre
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