Masuk—¡Eso! —soltaron todos, muertos de la emoción.Elsa, que siempre estaba en todo, fue volando a la recepción por un banco alto y luego buscó en la bodega un pedestal para el micrófono que un cliente había dejado olvidado. Marcos se acomodó la guitarra, se sentó y soltó un par de acordes para tantear el sonido. Sus dedos largos se deslizaban por las cuerdas con una soltura natural, dejando que las notas fluyeran. Poco a poco, el relajo de la gente se fue apagando hasta que no se escuchó ni un alma.Todos estaban picados de la curiosidad, esperando el primer verso.En cuanto vibró el primer acorde, Noelia sintió que el mundo se detenía. La melodía no era nada rebuscada. Tenía ese aire relajado y nostálgico del blues, con un ritmo pausado, como el agua de un río que corre en silencio bajo la noche.—No me sale nada que decir, cuando todo se apaga, y cae el sol. Y sigo aquí, desvelado... porque te quedaste con mi corazón.Empezó a cantar y su voz... era otra cosa. Se escuchaba mucho más
Cuando terminaron de acomodar los ingredientes, Noelia se dio la vuelta para ir al salón por el carbón, pero se dio cuenta de que Marcos se le había adelantado: ya traía las dos cajas en las manos. Se había quitado el saco y estaba ahí, acuclillado con total naturalidad. Abrió una de las cajas y, con unas tenazas, empezó a acomodar los trozos de leña frutal en la parrilla.—¡Señor Leiva! Pero, ¿cómo se va a poner usted a hacer esto? —Danilo, un abogado joven que estaba cerca, corrió a intentar quitarle las tenazas—. Déjeme a mí, yo me encargo de todo.—Danilo —el abogado que era su mentor le hizo una seña discreta—. Ven para acá un momento.—¿Qué pasa?Lo llevó a un lado y le susurró al oído: —¿Qué, no tienes tantito sentido común?Danilo se quedó desconcertado: —Vi que el jefe estaba haciendo el trabajo pesado y quise echarle la mano. ¿Eso no es tener sentido común?—¿A poco no te das cuenta de que el señor Leiva quiere quedar bien con la señorita Bustos?Danilo abrió los ojos como
Nicolás era sumamente atento y carismático. En poco tiempo, ya se había echado al bolsillo a todas las abogadas. Noelia, al ver que él tenía la situación bajo control en el patio, aprovechó el respiro para ir a la cocina y revisar que los ingredientes de la parrillada estuvieran en su punto.Apenas dio la vuelta en la esquina con su lista en la mano, se estrelló de lleno contra un pecho firme y alto.—¡Ay! —exclamó Noelia por la sorpresa.Estuvo a punto de perder el equilibrio y dar un paso en falso, pero el hombre la sujetó de los brazos para estabilizarla. Al alzar la vista, se topó con Marcos. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba él ahí parado. El viento le había despeinado un poco el flequillo y su mirada era un témpano de hielo.—¿Qué hace aquí? —preguntó Noelia en cuanto recuperó el balance y se soltó de su agarre, poniendo distancia.—¿Por qué permitiste que él fuera tu ayudante? —soltó Marcos, con un coraje que apenas podía contener.Noelia tardó unos segundos en captar que
La mujer que tenían enfrente no era la damisela indefensa que algunos se habían imaginado, ni mucho menos una "femme fatale". Lo que proyectaba era una belleza segura de sí misma, con una elegancia de esas que no necesitan esforzarse para destacar.Ese magnetismo no venía de un maquillaje cargado, sino de un encanto natural que parecía nacerle desde adentro. Sus rasgos eran finos, logrando un equilibrio perfecto entre la delicadeza y un aire decidido y fresco. Sus ojos tenían algo especial, un brillo tan nítido que daban la impresión de guardar un secreto propio, y su mirada era transparente y honesta. Para rematar, cuando sonreía, se le marcaban unos hoyuelos encantadores.Todos llegaron a la misma conclusión: con razón Marcos no había podido olvidarse de una mujer así.—Juraba que al señor Leiva le habían tomado el pelo, pero ya veo que el que salió ganando fue él —murmuró uno de los abogados.—Es increíble. Pensé que con lo bien parecido que es el jefe, cualquier mujer terminaría
El día del convivio del despacho amaneció con un clima inmejorable. Aunque el sol de invierno no calentaba demasiado, sus rayos dorados bañaban el lugar y hacían que el patio se viera iluminado y lleno de vida.Cerca del mediodía, una caravana de camionetas ejecutivas se fue estacionando frente a la posada. De ellas bajó un grupo de hombres y mujeres arreglados de pies a cabeza, destilando esa seguridad y aplomo que caracteriza a la élite citadina. Algunos bajaban sus maletas, otros no soltaban sus laptops. En cuestión de minutos, el aire del patio se llenó de una mezcla de perfumes de diseñador y café de especialidad.—¡Vaya! Este aire... —una abogada de unos cuarenta años respiró hondo, cerrando los ojos con deleite—. Es otro mundo comparado con Montelargo. Se siente súper limpio, como recién lavado. Nada que ver con el smog de allá.—¡Tienes toda la razón, hasta se siente un toque dulce! —le hizo eco un colega que venía a su lado—. Anoche estuve revisando contratos hasta las tre
Noelia no contaba con que, incluso a través de la pantalla, Marcos se daría cuenta de que se le habían subido los colores. Se hizo la desentendida, como si no hubiera escuchado el comentario, y trató de recuperar la compostura sosteniéndole la mirada.—Si no tiene más dudas sobre la logística de las actividades, señor Leiva, voy a colgar.Marcos estaba a punto de despedirse cuando vio, por el reflejo del video, que una sombra se acercaba a Noelia. Era Nicolás. En cuanto se dio cuenta de que él la estaba buscando, a Marcos no le hizo ninguna gracia y sintió un pinchazo de coraje.—Espere un momento, señorita Bustos, todavía tengo un par de puntos que quiero agregar —soltó él, cambiando el tono de inmediato.—Está bien, dígame. Lo anoto para que no se me pase nada.—Primero, para las bebidas, aparte de lo que ya anotó, consígame un café de altura de cosecha limitada. Tengo un colega que es fanático de eso. Y de los frutos secos, nada de almendras. Cámbielas por nueces de la zona, pero
La sala estaba a oscuras; solo había una lámpara de pie prendida en la esquina. Marcos estaba sentado en el sofá. Con esa poca luz, aunque se le veía la cara seria, en los ojos se le notaba que estaba aguantándose la rabia.—Al final, ¿eres entrenadora de golf o de cartas? —preguntó, con un tono car
—Alejandro, primero, gracias por el halago; segundo, es cierto que el señor Montes me consiguió el trabajo aquí, pero entre él y yo no hay nada de lo que te imaginas; y, por último, si estoy aquí es porque tengo talento de verdad.—¿Talento de verdad? Hablas muy segura. ¿Te atreves a competir conmig
Cada vez que Noelia se acercaba, lo veía parado frente a la estufa, con una camiseta sin mangas, salteando la comida; con la espalda y el pecho mojados de sudor.A ella no le importaba que estuviera todo sudado: entraba corriendo y lo abrazaba con fuerza por la cintura, por la espalda. Él le pedía q
Durante esos días, Marcos estuvo viviendo en Altavista Residencial. No tenía muchas cosas; con tres maletas lo guardó todo.Cuando volvió a la villa, ordenó lo mínimo, y enseguida se llevó a Noelia para salir otra vez.Esta vez fueron al supermercado.Justo enfrente del conjunto residencial había un