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Capítulo 5

作者: Sofí Valiente
Cuando regresó del jardín, Noelia empezó a contactar de nuevo a abogados. Para no toparse con Marcos, evitó a propósito a todos los especialistas en divorcio del Grupo Jurídico Horizonte Global.

Sin embargo, después de consultar por todas partes, descubrió que varios despachos conocidos de Montelargo no estaban dispuestos a aceptar su caso.

Era comprensible.

El padre de Pablo era el alcalde; con todo su poder e influencia, ningún abogado se atrevía a enemistarse con la familia de Pablo por los honorarios de un divorcio.

Tras pasar todo el día haciendo llamadas, por fin al anochecer Noelia logró contactar a una abogada del Grupo Legal Constancia llamada Irene Rojo, que dijo estar dispuesta a llevar el caso.

Las dos acordaron verse al atardecer en una cafetería, un lugar que eligió Irene, quien comentó que ahí era más tranquilo. Luego de dejar a Cecilia al cuidado de Alicia, Noelia tomó un taxi para ir a la cita. Cuando llegó, Irene ya estaba ahí.

—Señora Bustos, el viaje debió ser cansado. Tome primero un poco de café para entrar en calor —dijo Irene con una sonrisa y una actitud amable.

Agarró la cafetera y sirvió café en la taza de Noelia.

—Gracias.

Noelia agarró la taza sin tomar de inmediato. Solo después de ver que Irene se bebía su café de un trago, dio un pequeño sorbo. Una vez que terminaron de saludarse, entraron en el tema principal.

Cuando Irene se informó sobre la situación matrimonial entre Noelia y Pablo, le preguntó:

—Dice que su esposo la maltrató. ¿Tiene pruebas directas, como grabaciones de cámaras o testigos?

—No.

Era la primera vez que Pablo le pegaba. Obviamente no sabía de antemano lo que iba a pesar, así que no grabó nada.

—Aunque no tengo pruebas directas, llamé a la policía. Hay un registro de la intervención.

Irene revisó el informe policial.

—Cuando llegó la policía, ¿su esposo no estaba en la casa?

—No. Sabía que iba a llamar a la policía y se escapó antes.

—Eso significa que la denuncia por violencia doméstica fue unilateral y sin pruebas —Irene alzó una ceja—. Entonces, ¿cómo demuestra que su esposo de verdad la agredió? ¿No cabe la posibilidad de que él ni siquiera estuviera presente y que usted lo haya inventado para acusarlo falsamente?

Noelia se quedó paralizada; un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué sugiere con eso?

—Sugiero que su esposo en realidad no la agredió. Usted lo acusó para obtener más bienes en el divorcio.

—¡Eso no es cierto!

—Si es cierto o no, usted lo sabe mejor que nadie.

—Si, como abogada, se cree con el derecho de juzgar a su cliente tan rápido, entonces no hay nada más que hablar.

Noelia agarró su bolso y se dispuso a irse. Apenas se puso de pie, sintió un fuerte mareo; su visión se volvió cada vez más borrosa. De repente, la cara sonriente de Irene empezó a multiplicarse y balancearse frente a sus ojos.

—Estoy… mareada. Le puso algo al café...

—Yo no hice nada. Señora Bustos, no me acuse —dijo Irene, y dio la vuelta a la mesa para sujetarla del brazo—. Puede que tenga hipoglucemia. Descanse un momento y se le pasará.

El mundo empezó a girar.

Noelia se desplomó; su nuca golpeó el reposabrazos de la silla. No sintió mucho dolor, porque una sensación de entumecimiento le recorrió el cuerpo de inmediato. Antes de perder por completo la conciencia, vio a Irene parada a su lado, mirándola fijamente. Ya no sonreía; solo quedaba la pura indiferencia de alguien que solo hace su trabajo.

—Ya lo confirmé. No tiene pruebas de violencia doméstica —dijo Irene, con un tono un poco complacido—. Tal como me indicó, el objetivo ha caído...

En ese instante, Noelia lo comprendió. A esa mujer... la envió Pablo.
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