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Capítulo 4

Sofí Valiente
Marcos salió del estacionamiento subterráneo en su auto. En el cruce de la calle, vio otra vez a Noelia con su hija.

Una mujer y una niña, tomadas de la mano, caminaban rápido bajo los árboles. La pequeña, de unos cinco o seis años, llevaba dos trencitas; la luz de la mañana hacía brillar levemente los adornos de las ligas.

—Marcos, ¿y si algún día tenemos una hija? Yo le hago trenzas todos los días y tú la vas a llevar al jardín. Quiero que sea feliz con nosotros.

—Está bien. Mejor si la hija se parece a ti.

—Que se parezca a papá.

—Eso también me parece bien.

Los recuerdos llegaron de golpe, como si alguien hubiera abierto un baúl olvidado.

Casi podía respirar la nostalgia.

¿Y después?

Después, ella tuvo una hija con otro hombre…

Noelia dejó a Cecilia en el jardín. Se quedó en la puerta y no se fue hasta que la vio entrar al salón.

Al otro lado de la calle, frente al jardín, había un Rolls-Royce Cullinan estacionado.

Al principio, Noelia creyó que era algún padre dejando a su hijo y no le hizo caso. Pero cuando cruzó la calle, el Cullinan negro, imponente y silencioso, pisó un charco junto a la banqueta y se detuvo exacto a su lado.

La ventana bajó despacio.

En el asiento del conductor estaba Marcos; de perfil se veía atractivo, pero con la poca luz, también muy serio.

—Señorita Bustos —la llamó, burlándose sin disimulo.

—¿Qué haces aquí?

—Pasaba por aquí.

Si solo iba pasando, Noelia no tenía nada que decir.

Dio un paso para irse y escuchó a Marcos hablar de nuevo:

—Tu hija es muy bonita.

A Noelia se le encogió el corazón. ¿Por qué decía eso de la nada?

¿Había notado algo?

—Mi hija es bonita y se parece a mí. ¿No puede ser?

Marcos la miró más intensamente. Que se parecía a ella era obvio.

En ese entonces, por la Universidad de San Isidro, ¿quién no conocía la belleza de Noelia?

Los que la veían decían que tenía un brillo imposible de ignorar: no era una luz tranquila como la de la luna, sino como el sol del mediodía en pleno verano, fuerte y abierto. Cuando sonreía, llamaba todavía más la atención; se le marcaban los hoyuelos, y se veía radiante y encantadora.

En ese tiempo, Noelia era la muchacha de los sueños de muchísimos hombres.

—Solo estaba halagando a tu hija. ¿Por qué te pones nerviosa?

—No estoy nerviosa. ¿Quién te dijo que lo estoy?

La culpa hacía que Noelia solo quisiera escapar de la mirada de Marcos lo más rápido posible.

Cuando vio que intentaba irse de nuevo, Marcos sacó el brazo por la ventana y la agarró con fuerza del brazo.

—¿Otra vez quieres escapar? La señorita Bustos que antes se me pegaba como chicle, ¿cómo es que ahora huye apenas me ve?

Marcos apretaba con los dedos a través de la tela delgada, y Noelia sintió bien la fuerza de sus nudillos y el calor de su palma.

El Cullinan llamaba demasiado la atención; la gente alrededor no dejaba de mirar.

—Marcos, este es el jardín de mi hija. ¿Qué quieres lograr haciendo esto conmigo aquí?

—Nada. Solo avisarte de algo: tu disculpa de ayer no la acepto.

Mientras hablaba, Marcos apretó la mano de repente. Noelia no alcanzó a reaccionar y chocó contra la puerta del conductor. Él aprovechó para agarrarla de la nuca, se inclinó un poco desde la ventana y le murmuró al oído:

—Además, señorita Bustos, no tienes derecho a decir "estamos en paz".

Dicho eso, la dejó ir de repente.

Al perder la fuerza con la que Marcos la sostenía, Noelia cayó sentada al suelo.

Quedó hecha un desastre.

El motor del Cullinan rugió bajo y el auto se alejó, dejándola sola, sentada en el suelo, tragando polvo.

—¡Marcos, estás enfermo! —gritó Noelia.

¡Este tipo estaba loco! ¡Buscarle problemas a primera hora de la mañana!
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