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Capítulo 14: La reunión

Author: Sephora
last update publish date: 2026-09-15 05:00:23

La mañana de la reunión llegó lapidaria. Me había vestido para la ocasión con un cuidado que no supe si era vanidad o puro instinto de supervivencia. Elegí un vestido granate, sobrio en apariencia pero cortado con la precisión suficiente para no dejar ninguna duda sobre las curvas que escondía debajo de esa elegancia, la tela ciñéndose a la cintura y cayendo después en una línea limpia hasta mis rodillas. Me recogí el pelo en un moño bajo, impecable, y me maquillé con trazos mínimos pero exacto
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    Isabella se acercó unos pasos más, deteniéndose a una distancia calculada, ni muy cerca ni muy lejos, la distancia exacta de quien ya ha decidido que no hay ninguna amenaza real en la habitación. Su corto cabello negro se movio apenas, y sus ojos marrón avellana profundos se clavaron en mí, escrutándome. Tenía la misma edad que Cesare, y casi podía escuchar la rabia que sentía al estudiar detenidamente mi apariencia física. —Así que tú eres el motivo por el que Cesare ni me responde a las llamadas —dijo, con una sonrisa que no le llegó a los ojos, recorriéndome de arriba abajo con la misma frialdad con la que se inspecciona un contrato antes de firmarlo, pero con un odio interno crepitante—. Debo admitir que esperaba algo... más. Aunque supongo que el atractivo pasajero nunca ha necesitado ser sofisticado. Alcé una ceja, perpleja ante un comentario tan vulgar. Sentí la vieja tentación de bajar la cabeza, de dejar que aquella mujer con generaciones de orgullo detrás me hiciera sentir

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    La mañana de la reunión llegó lapidaria. Me había vestido para la ocasión con un cuidado que no supe si era vanidad o puro instinto de supervivencia. Elegí un vestido granate, sobrio en apariencia pero cortado con la precisión suficiente para no dejar ninguna duda sobre las curvas que escondía debajo de esa elegancia, la tela ciñéndose a la cintura y cayendo después en una línea limpia hasta mis rodillas. Me recogí el pelo en un moño bajo, impecable, y me maquillé con trazos mínimos pero exactos —los labios en un tono oscuro a juego con el vestido, la mirada delineada lo justo para parecer serena en vez de asustada—, hasta que la mujer que me devolvió el espejo se pareció más a una modelo camino de una portada que a la chica que había llegado temblando a aquella casa hacía apenas unas semanas. Los tacones, altísimos y del mismo tono granate, añadieron los centímetros justos para sostenerme la espalda recta durante lo que fuera que me esperara al otro lado de aquella puerta.Cesare me

  • Seis Meses Siendo Suya   Capítulo 13: Cosas que nunca he hecho

    Volvimos de la sesión de fotos ya bien entrada la tarde, todavía con el subidón tonto de la risa compartida en el cuerpo, y lo que debería haber sido un final de tarde cualquiera se alargó de una forma que ninguno de los dos había planeado. Después de despedirnos temporalmente, Cesare apareció en la puerta de mi habitación pasadas las cuatro, todavía con la camisa del despacho pero sin la corbata, el primer botón desabrochado, con una expresión que no reconocí del todo —algo parecido a la indecisión, extraño en un hombre que normalmente sabía exactamente lo que quería antes de entrar en cualquier habitación y, claramente, tenía controlado el perfil que quería mostrar.—¿Interrumpo? —preguntó, señalando con la barbilla el libro abierto sobre mis piernas.—Depende. ¿Vienes a domarme, o a que hablemos de libros?Se apoyó en el marco de la puerta, cruzándose de brazos, con una sonrisa que no tenía nada del filo habitual.—¿Qué estás leyendo, bebé?Le enseñé la portada.—Cumbres Borrascosa

  • Seis Meses Siendo Suya   Capítulo 12: La sesión de fotos

    Cuando todavía estaba flotando en la nube tonta y confusa del desayuno de esa misma mañana, con la sensación extraña de que algo entre los dos acababa de cambiar de sitio sin que ninguno lo hubiera anunciado en voz alta, Cesare entró en mi habitación sin llamar, encontrándome enfrascada en el estudio.—Nos han pedido una sesión de fotos —anunció él, con el teléfono todavía en la mano y una expresión que oscilaba entre la resignación y algo parecido a la diversión—. Una marca de relojes. Por lo visto, lo de la gala corrió como la pólvora, y alguien de marketing decidió que hacíamos buena pareja para una campaña.—¿Literalmente porque somos guapos?—Literalmente. —Se encogió de hombros—. El dinero de esta familia no viene solo del miedo, Sephora. También viene de saber vender una imagen cuando conviene.Me alivió ver que una pequeña sonrisa sacudía las comisuras de los labios de Cesare. ¿Significaría aquello que la reunión con el Don ya estaba decidida? ¿Que mañana sería un día bueno? T

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    Me desperté tarde, todavía con el vestido de seda color champán puesto, arrugado sin remedio, con la vaga sensación de no haber dormido lo suficiente después de una velada como aquella.Lo primero que vi, nada más abrir los ojos, fue el ramo. No cualquier ramo —peonías blancas mezcladas con algo morado que no supe identificar, tan grande que apenas cabía sobre la mesita de noche—, colocado con un cuidado que no encajaba con la idea que tenía de cómo funcionaba el servicio de aquella casa. Junto al jarrón, doblada con precisión militar, había una caja larga y plana, y encima de la caja, una tarjeta.Como prometí. Lo de la corona tardará un par de días más —hay que encargarla. No te acostumbres a que cumpla todos tus caprichos con esta rapidez. — C.Abrí la caja con manos todavía torpes de sueño. Dentro, un vestido —no de fiesta, sino de los que una se pone para un día cualquiera y aun así siente que va vestida de domingo— en un tono verde botella que jamás habría elegido yo misma y que

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    La pregunta se quedó flotando entre los dos, en el aire cargado del despacho, mucho después de que dejara de sonar. El fuego de la chimenea proyectaba sombras inquietas sobre las paredes forradas de madera oscura, y el único otro sonido en la habitación era el hielo, deshaciéndose despacio en el vaso que Cesare todavía sostenía, como si el tiempo mismo se hubiera puesto de su lado para alargar aquel silencio todo lo posible.Poco a poco, sosteniendo un silencio tenso e imposible de interpretar, lo vi dejar el vaso en la mesita junto a la butaca, sin prisa, sin apartar los ojos de mí ni un segundo. Su mano trazó entonces una línea invisible hasta mi cabeza, acariciando primero un mechón de pelo antes de hundirse por completo en mi cuero cabelludo. Las yemas de sus dedos ardían, arremolinándose por mi melena con una precisión que no tenía nada de casual, como si llevara toda la noche memorizando exactamente dónde quería tocarme primero. Cedí a su tacto con un suspiro que no intenté disi

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