Mag-log inMientras en Italia Alejandro caminaba de un lado a otro en su habitación, asaltado por las dudas y preguntándose si aquel matrimonio por contrato era una locura, en México, Rodrigo estaba listo para ejecutar la transformación de su "diamante en bruto".
-Francesco, ella es Ana Laura, la chica de la que te hablé -dijo Rodrigo al presentarla ante Francesco Cerati, un reconocido y extravagante estilista italiano que tenía su elegante salón en Acapulco. -¿Es en serio? -preguntó Francesco, dando vueltas alrededor de ella como si examinara una estatua antigua cubierta de polvo. -Necesito que la transformes. Vuélvela elegante, sofisticada... ¡Preciosa! -ordenó Rodrigo mientras se servía una copa de vino. Ana Laura se sentía como un experimento en un laboratorio. Francesco tocaba su cabello, miraba sus manos curtidas por el trabajo y se quejaba del descuido de su piel. -¡Oiga! ¿Puede o no puede? -le espetó Ana Laura, perdiendo la paciencia-. Porque ya no soporto tantas quejas. Rodrigo soltó una carcajada; le encantaba el fuego que ella aún conservaba bajo su timidez. -¿De qué te ríes? -preguntó Francesco, poniéndose una mano en la cintura en pose de indignación-. ¡Está muy descuidada! -Ya lo sé, por eso te busqué -respondió Rodrigo cruzando las piernas-. Manos a la obra. Durante dos semanas, Ana Laura vivió un calvario de belleza. Cabello, cutis, uñas. Pasó días enteros con gorros térmicos y mascarillas. En la clínica, la gente la miraba con extrañeza cuando iba a visitar a su hermano. -¿Qué es eso, hermana? -preguntó Diego, señalando la extraña gorra de aluminio. -Esto es parte de tu recuperación, hermano -mintió ella, besando su frente-. Haría cualquier cosa por ti. -¿Qué estás haciendo por mí? -preguntó él con su carita cansada. -Tú no te preocupes. Solo lucha y sé valiente, ¿de acuerdo? Al día siguiente, Francesco la metió en una cápsula de vapor. -¿Esto para qué es? -preguntó ella con miedo. -Para limpiar tu piel. ¡Parece que te la han tostado al sol, qué horror! -dijo él encendiendo la máquina. Cuando salió, sentía que la piel le ardía. Luego, la llevó a un jacuzzi lleno de espuma. -¿Y esto qué es? -preguntó ella, abrumada. -¡Ay, no! ¿Tengo que explicarte todo? -dijo él con un gesto teatral-. ¡Entra ya! -añadió mientras le quitaba el camisón. -¡Oye! ¿Qué haces? -Tranquila, no me gustan las mujeres. -De eso me di cuenta al segundo de conocerte -replicó ella, entrando al agua temerosa. Después de un mes de tratamientos, clases de etiqueta, lecciones de arte y cultura general, Ana Laura era otra persona. Francesco llegó con un vestido negro de corte impecable y zapatos de tacón con brillantes. -¡Aquí tienes! Estás preciosa. Pareces otra, no la "mugre con vida" que entró aquí. -Oye, ¡no te pases! -le advirtió ella, aunque al verse al espejo, apenas se reconoció. Tenía el cabello suelto y sedoso, su piel morena brillaba con salud y sus dientes habían sido blanqueados a la perfección. Afuera, Rodrigo esperaba ansioso. Cuando la puerta se abrió y Ana Laura apareció, él se quedó perplejo. La copa de vino casi se le resbala de la mano. -¡Wow! ¿Es en serio? ¿Es ella? -preguntó asombrado. -¡Es ella! ¿Cómo quedó? -presumió Francesco. -Hermosa es poco. Ana Laura, yo sabía que eras linda, pero esto... esto es otra cosa. Días después, Alejandro aterrizó nuevamente en México. Bajó del avión privado con la chaqueta al hombro y el ceño fruncido. -¡Alex! Bienvenido -dijo Rodrigo haciendo una reverencia burlona. -Ya deja las bromas. ¿Dónde está ella? -En mi departamento. Espero que no te desmayes cuando la veas. Ana Laura esperaba en la habitación, caminando de un lado a otro. Al ver llegar el auto por la ventana, el corazón le saltó en el pecho. Empezó a comerse una uña por los nervios, pero se detuvo al instante. "¡No! Las voy a dañar", se recordó. Rodrigo abrió la puerta del departamento y Alejandro entró mirando a su alrededor con impaciencia. -¿Dónde está? -¡Cálmate! Alex... te presento a tu futura esposa: ¡Ana Laura de Barcherotti! Ana Laura salió de la habitación. Llevaba el vestido negro que resaltaba sus curvas y su elegancia natural. Alejandro se quedó congelado. Sus ojos recorrieron cada detalle: la suavidad de su piel, la profundidad de sus ojos café claro, la seguridad que ahora proyectaba su porte. Tuvo que tragar en seco. -¿Eres Ana Laura? -preguntó con una voz que no parecía la suya. -Sí, soy yo -respondió ella, bajando la mirada. Su presencia la intimidaba tanto como la primera vez. Alejandro no podía dejar de verla. El contraste entre la niña del mercado y esta mujer sofisticada era casi irreal. -¡Rodrigo, tenías razón! -dijo sin salir de su asombro-. Nunca imaginé que se vería así. Está... hermosa. Rodrigo sonrió con satisfacción, pero Ana Laura seguía mirando hacia abajo. Sabía que su belleza era solo el envoltorio de un contrato, y que el hombre frente a ella no era su salvador, sino su dueño por los próximos dos años.George caminaba por la oficina con el corazón pesado. Ver a Victoria en el colegio, aunque fuera por unos instantes, había sido suficiente para reabrir una herida que creía estar cicatrizando. Sabía que ella había elegido a Liam, pero el sentimiento se negaba a morir. Lo que él no sospechaba era que alguien lo observaba desde las sombras, lista para usar su dolor como un arma. En casa, la atmósfera era radicalmente distinta. Victoria llegó del bufete y saludó a Liam con la calidez que solo el amor verdadero desprende. -¿A dónde fuiste, amor? -preguntó él mientras ella se servía un café. -Fui al bufete. Quería asegurar mi lugar para cuando estés recuperado. -No tienes necesidad de trabajar ahí, Victoria. Yo puedo darles todo lo que necesiten. Ella sonrió, se acercó y se sentó con delicadeza sobre las piernas de Liam. -Me gusta sentirme útil, Liam. Siempre he trabajado y... De pronto, Victoria se quedó muda. Sintió un movimiento bajo ella. -¿Acabas de mover las piernas? -p
Albert Hansel abandonó el departamento de su hijo con una indignación que apenas podía contener. Para él, Victoria no era más que un error que amenazaba el prestigio de los Hansel. Al llegar a la residencia que compartía con Elisa en la ciudad, descargó su furia. -¿Cómo pudiste permitir que una muchacha tan corriente se convirtiera en la mujer de nuestro hijo? -le recriminó a su esposa. -¿Crees que no lo intenté? -replicó Elisa, sirviéndose una copa de vino con manos temblorosas-. ¡Me opuse, pero Liam y Heidy jamás me escuchan! -¡Últimamente bebes demasiado! -sentenció Albert. -¡Bebo porque esta situación me supera! -estalló ella-. Me preocupa el niño; es idéntico a Liam y muy inteligente, pero se está criando al lado de esa mujer que no tiene modales ni educación. ¡Solo mira el nombre que le puso! Albert se desabrochó el saco, respirando con dificultad. -El nombre es lo de menos, Elisa. Es la clase, los modales... es nuestro nieto y no quiero que crezca rodeado de gent
Albert Hansel abandonó el departamento de su hijo con una indignación que apenas podía contener. Para él, Victoria no era más que un error que amenazaba el prestigio de los Hansel. Al llegar a la residencia que compartía con Elisa en la ciudad, descargó su furia. -¿Cómo pudiste permitir que una muchacha tan corriente se convirtiera en la mujer de nuestro hijo? -le recriminó a su esposa. -¿Crees que no lo intenté? -replicó Elisa, sirviéndose una copa de vino con manos temblorosas-. ¡Me opuse, pero Liam y Heidy jamás me escuchan! -¡Últimamente bebes demasiado! -sentenció Albert. -¡Bebo porque esta situación me supera! -estalló ella-. Me preocupa el niño; es idéntico a Liam y muy inteligente, pero se está criando al lado de esa mujer que no tiene modales ni educación. ¡Solo mira el nombre que le puso! Albert se desabrochó el saco, respirando con dificultad. -El nombre es lo de menos, Elisa. Es la clase, los modales... es nuestro nieto y no quiero que crezca rodeado de gent
Las semanas en el departamento de Liam transcurrieron entre terapias y una convivencia que sanó las grietas del pasado. Victoria se convirtió en su roca, renunciando temporalmente a su rutina para ser su enfermera, su apoyo y su guía. Una mañana, al llevarle el desayuno, notó la sombra de la duda en el rostro de Liam. -¿Qué te pasa, amor? -preguntó ella, dejando la bandeja en la mesa de noche. -Estaba pensando... ¿y si no vuelvo a caminar? ¿Qué clase de vida voy a darte así? Victoria se sentó en el borde de la cama y tomó su mano con firmeza. -Vas a volver a caminar, estoy segura. Pero incluso si esto fuera permanente, quiero estar contigo. Te amo, Liam. Ya no quiero perder más tiempo en rencores. El accidente me hizo ver que la vida es un suspiro y no quiero pasarlo lejos de ti. Liam la miró con los ojos empañados. -Perdóname. Si pudiera retroceder el tiempo, jamás te habría dejado. Perdí tantos años... tantos besos que eran para ti. -Eso ya no importa -susurró el
Emocionado por la sorpresa que había preparado para Victoria, Liam conducía hacia su casa con una certeza renovada. Estaba convencido de que esta noche lograría reconquistar a la única mujer que había amado de verdad. El cielo, sin embargo, se cerraba en un gris plomizo; nubarrones espesos amenazaban con una tormenta inminente. Deseando llegar antes de que la lluvia arruinara sus planes, Liam aceleró. En su distracción, no vio la señal de alto. El impacto fue brutal. Otro vehículo lo embistió de costado, proyectándolo fuera de la vía hasta chocar violentamente contra un muro de concreto. Liam quedó inconsciente, con el rostro sobre el volante ensangrentado, mientras las sirenas de la ambulancia comenzaban a rasgar el aire de la ciudad. Victoria llegaba a casa agotada. La ruptura profesional con George la había dejado emocionalmente vacía, pero había algo más: una punzada de angustia en el pecho, un presentimiento oscuro que no la abandonaba. Solo el abrazo de Juan Manuel lo
Victoria se metió en la cama esa noche con una sonrisa grabada en el rostro. Los besos de Liam seguían quemando en su piel y, al cerrar los ojos, fue inevitable que el deseo la venciera. Soñó con él, soñó que hacían el amor con la misma pasión desbordante de años atrás, sintiendo que el tiempo no había pasado y que sus cuerpos aún se pertenecían. A la mañana siguiente, al llegar al colegio con Juan Manuel, sus ojos se iluminaron al ver el auto de Liam. -¡Papá! -gritó el niño, lanzándose a sus brazos. -¡Qué pesado estás hoy! -bromeó Liam, llenándolo de besos. Sin embargo, el momento de felicidad se congeló cuando Victoria vio bajar del auto a una mujer de una elegancia gélida y sofisticada. Era Elisa Hansel, quien caminaba hacia ellos con paso firme, evaluando todo a su alrededor. Liam, notablemente tenso, le pidió a Victoria que se acercara. -Ella es mi mamá. Vino conmigo para conocer a Juan Manuel -dijo él, sin rastro de entusiasmo en su voz. -Mucho gusto, señora -sal







